A
menudo vamos al cine resignados, como a un lugar ya conocido y previsible. Son
pocas las buenas sorpresas. Deseamos asistir a la narración de una historia
conmovedora, pero en muchas ocasiones resulta desagradable, soez, violenta o
muy manida, de simple consumo: acabado el relato, uno salta del asiento como
escapando de un sillón de tortura y se echa a la calle, de la que no ha
conseguido desconectar en las dos últimas horas. Asistir a la proyección de una
película que te haga olvidar todo y te retenga sentado hasta agotar el último
título de crédito, hasta que se enciendan las luces y no quede más remedio que
volver al mundo exterior, resulta algo muy raro, extraordinario. Pero a veces
ocurre.
La
actriz Natalie Morales, estadounidense de ascendencia cubana, nos deja en su
primer largometraje como directora —Language
Lessons (2021)— una historia realmente conmovedora, de las que no se
olvidan. Y lo consigue con una extraordinaria economía de medios. Comparado con
el asignado a las grandes producciones de su país, el presupuesto de esta
película ha debido resultar irrisorio, posiblemente el equivalente al catering de un día de rodaje de
cualquier de esos films que vemos anunciados por todas partes y cuando vas a
verlos te dejan frío o directamente te desagradan. No reflejan emociones
relacionadas con el mundo de los afectos y ya sabemos lo importante que son. El
vacío dejado por los seres queridos y la soledad que sigue a su desaparición
pueden ser dos de los grandes motores de nuestra desdicha si no sabemos
gestionarlos adecuadamente. Y la película lo hace, nos enseña a hacerlo. (En
estos momentos hago malabarismos para no desvelarles nada crucial de
su argumento, algo fastidioso para cualquier lector de novelas o espectador de
cine, aunque la magia, como ya sabemos, no está en el qué sino en el cómo, no
en lo que se cuenta sino en la forma de contarlo). El número de actores de esta
entretenida y profunda película asciende al número de dos (Natalie Morales y
Mark Duplass). Dos son también sus guionistas (Mark Duplass y Natalie Morales)
y dos los productores (Mark Duplass y su hermano Jay). Este planteamiento minimalista
recuerda aquellos cortos grabados con los amigos en una tarde de domingo en los
que el papel de productor lo hace quien pone la casa o trae comida y café y
el protagonista con frecuencia es el director y guionista. Dicha economía de
medios materiales y humanos se une a la economía de medios expresivos y al
misterio de lo que ocurre fuera de cámara, siempre decisivo. Language Lessons tiene, además, la
virtud de conseguir que encontremos atractivo en las largas sesiones de Zoom a
las que nos hemos visto obligados durante los dos años de pandemia y se nos
haga corta una película contada solo a través de las cámaras de dos ordenadores
portátiles.
Una gozada para el espectador.
Hará bien en ir a verla.
La imagen es un fotograma de la película.
Víctor Espuny.