Fotograma de Aterriza como puedas
Volar es una de las imprudencias mayores
que las personas podemos cometer: no estamos preparados para ello. Por eso,
cuando tengo que hacerlo, cuando no me queda más remedio porque quiero viajar a
un lugar lejano y usar otro medio de transporte supone consumir en el camino
más de la mitad de las vacaciones, los días anteriores al viaje son una
auténtica tortura. No como, no duermo, y cuando lo hago tengo pesadillas en las
que los accidentes aéreos ocupan un lugar central. Esto ha sido así desde que
tengo uso de razón. Pero últimamente he desarrollado una estrategia que me está
ayudando mucho. ¿Qué es lo que más temo? El dolor. ¿Y qué es imprescindible
para sentir dolor? Estar vivo. Así que la solución a esos miedos está ahí: las
probabilidades de sobrevivir a un accidente aéreo son mínimas. Cuando un avión
se estrella muere hasta el tato. Y una vez muerto, ¿qué pasa? Que ya no puedes
sentir dolor. Así que ahora embarco más tranquilo. Simplemente pienso que voy a
morir ese día. Ya está. La nada. Silencio absoluto hasta el fin de los tiempos.
Pero no nos ponen las cosas fáciles. Los
periódicos existen, y uno tiene la mala costumbre de leerlos. Hace unas semanas,
justo cuando mi mujer y yo estábamos a punto de volver a España, leí en ellos
que un pasajero de un vuelo de Ryanair había estado a punto de morir succionado
por una fuerza descomunal que lo atraía hacia la ventanilla del avión. En el
caso de los Airbus A320, las aeronaves más usadas por la compañía de bajo coste
irlandesa, el cristal de este orificio ventanil es de aproximadamente treinta y
cinco por veinticinco centímetros. Gracias a la voluntad y la fuerza de su vigorosa
señora, y a la ayuda de otros pasajeros, el viajero en cuestión no salió
despedido del aparato, empujado por la presión descomunal que experimenta el
avión a gran altura, aunque alguna parte de su anatomía debió quedar empotrada
en la ventanilla. Por supuesto, el piloto tuvo que realizar un aterrizaje de
emergencia en un aeropuerto cercano. Allí se constató que el cristal de la
ventanilla había sufrido el golpe certero de una pieza que había salido
despedida de uno de los motores. En el texto de la noticia no se aclaraba si el
pasajero succionado había resultado herido o había continuado viaje con el
resto del pasaje, aunque a partir de ahí no creo que volara muy tranquilo.
Cerré el periódico. Tres días después teníamos que coger un vuelo de Raynair. Un
sudor frío empezó a mojar mi frente, y no empecé a sentir convulsiones porque
con los años he desarrollado cierto nivel de autocontrol. Hice un esfuerzo de
supervivencia y me prometí no pensar más en el asunto mientras estuviera con
vida.
Llegó el día de la vuelta. Una vez en la
sala de embarque, y tras constatar que el vuelo solo llevaba una hora de
retraso, fui feliz: por fin iba pasar el mal trago. Después de llevar veinte
minutos en pie, los pasajeros, que llenábamos la sala de embarque, fuimos
conducidos como rebaño por una escalera descendente que nos llevaba a la pista.
Estuvimos parados en la escalera más de media hora a pleno sol. En julio, al
mediodía. Luego, cuando por fin volvimos a movernos y pisamos la pista, nos
condujeron a la cercana escalerilla para subir al avión. Este era de la
compañía Lauda. Las azafatas y los azafatos llevaban en sus camisas el mismo
nombre comercial. La cosa todavía podía empeorar, estaba claro. Mientras el
avión se llenaba, todos tan apretados como si fuéramos piojos en costura, y
antes de poner los móviles en modo avión, miré qué información podía encontrar
de esta compañía. No debí hacerlo. Resultó ser maltesa, y de bajo coste. No
tengo nada contra las sociedades que están dadas de alta en Malta, faltaría
más, pero leí con preocupación que era una compañía con la que Ryanair
subcontrata servicios. No solo te hacen pagar por elegir asiento y llevar
—llevarla tú— una maleta de cabina, sino que además te meten en un avión anterior
a la época en la que se rodó Aterriza como puedas para tener más margen
de beneficio; seguro que Michael O'Leary viaja en un cómodo jet privado.
Pero la cosa no quedaba ahí. La compañía Lauda lleva el apellido de su
fundador, Niki Lauda, el célebre piloto de Fórmula 1 que sufrió un gravísimo
accidente en 1976. Miré a mi mujer, pobrecita, que siempre se traga mis
marrones, y ella también fue consciente del embolado en el que nos habíamos
metido. No había vuelta atrás. Así que nos dimos la mano con tanta fuerza que
despareció la circulación —se pusieron blancas— mientras el avión, víctima de
prematuras turbulencias, sobrevolaba a duras penas los alrededores de una
ciudad centroeuropea y sus motores sonaban a cascajo y herrería vieja. Nos
parecía que la ventanilla del avión vibraba de forma anormal y que íbamos a la
muerte segura. Entonces me acordé de mis pensamientos sobre el dolor y supe que
en caso de accidente se acabarían todos.




