domingo, 19 de julio de 2026

Cortesía irlandesa

Fotograma de Aterriza como puedas

Volar es una de las imprudencias mayores que las personas podemos cometer: no estamos preparados para ello. Por eso, cuando tengo que hacerlo, cuando no me queda más remedio porque quiero viajar a un lugar lejano y usar otro medio de transporte supone consumir en el camino más de la mitad de las vacaciones, los días anteriores al viaje son una auténtica tortura. No como, no duermo, y cuando lo hago tengo pesadillas en las que los accidentes aéreos ocupan un lugar central. Esto ha sido así desde que tengo uso de razón. Pero últimamente he desarrollado una estrategia que me está ayudando mucho. ¿Qué es lo que más temo? El dolor. ¿Y qué es imprescindible para sentir dolor? Estar vivo. Así que la solución a esos miedos está ahí: las probabilidades de sobrevivir a un accidente aéreo son mínimas. Cuando un avión se estrella muere hasta el tato. Y una vez muerto, ¿qué pasa? Que ya no puedes sentir dolor. Así que ahora embarco más tranquilo. Simplemente pienso que voy a morir ese día. Ya está. La nada. Silencio absoluto hasta el fin de los tiempos.

Pero no nos ponen las cosas fáciles. Los periódicos existen, y uno tiene la mala costumbre de leerlos. Hace unas semanas, justo cuando mi mujer y yo estábamos a punto de volver a España, leí en ellos que un pasajero de un vuelo de Ryanair había estado a punto de morir succionado por una fuerza descomunal que lo atraía hacia la ventanilla del avión. En el caso de los Airbus A320, las aeronaves más usadas por la compañía de bajo coste irlandesa, el cristal de este orificio ventanil es de aproximadamente treinta y cinco por veinticinco centímetros. Gracias a la voluntad y la fuerza de su vigorosa señora, y a la ayuda de otros pasajeros, el viajero en cuestión no salió despedido del aparato, empujado por la presión descomunal que experimenta el avión a gran altura, aunque alguna parte de su anatomía debió quedar empotrada en la ventanilla. Por supuesto, el piloto tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en un aeropuerto cercano. Allí se constató que el cristal de la ventanilla había sufrido el golpe certero de una pieza que había salido despedida de uno de los motores. En el texto de la noticia no se aclaraba si el pasajero succionado había resultado herido o había continuado viaje con el resto del pasaje, aunque a partir de ahí no creo que volara muy tranquilo. Cerré el periódico. Tres días después teníamos que coger un vuelo de Raynair. Un sudor frío empezó a mojar mi frente, y no empecé a sentir convulsiones porque con los años he desarrollado cierto nivel de autocontrol. Hice un esfuerzo de supervivencia y me prometí no pensar más en el asunto mientras estuviera con vida.

Llegó el día de la vuelta. Una vez en la sala de embarque, y tras constatar que el vuelo solo llevaba una hora de retraso, fui feliz: por fin iba pasar el mal trago. Después de llevar veinte minutos en pie, los pasajeros, que llenábamos la sala de embarque, fuimos conducidos como rebaño por una escalera descendente que nos llevaba a la pista. Estuvimos parados en la escalera más de media hora a pleno sol. En julio, al mediodía. Luego, cuando por fin volvimos a movernos y pisamos la pista, nos condujeron a la cercana escalerilla para subir al avión. Este era de la compañía Lauda. Las azafatas y los azafatos llevaban en sus camisas el mismo nombre comercial. La cosa todavía podía empeorar, estaba claro. Mientras el avión se llenaba, todos tan apretados como si fuéramos piojos en costura, y antes de poner los móviles en modo avión, miré qué información podía encontrar de esta compañía. No debí hacerlo. Resultó ser maltesa, y de bajo coste. No tengo nada contra las sociedades que están dadas de alta en Malta, faltaría más, pero leí con preocupación que era una compañía con la que Ryanair subcontrata servicios. No solo te hacen pagar por elegir asiento y llevar —llevarla tú— una maleta de cabina, sino que además te meten en un avión anterior a la época en la que se rodó Aterriza como puedas para tener más margen de beneficio; seguro que Michael O'Leary viaja en un cómodo jet privado. Pero la cosa no quedaba ahí. La compañía Lauda lleva el apellido de su fundador, Niki Lauda, el célebre piloto de Fórmula 1 que sufrió un gravísimo accidente en 1976. Miré a mi mujer, pobrecita, que siempre se traga mis marrones, y ella también fue consciente del embolado en el que nos habíamos metido. No había vuelta atrás. Así que nos dimos la mano con tanta fuerza que despareció la circulación —se pusieron blancas— mientras el avión, víctima de prematuras turbulencias, sobrevolaba a duras penas los alrededores de una ciudad centroeuropea y sus motores sonaban a cascajo y herrería vieja. Nos parecía que la ventanilla del avión vibraba de forma anormal y que íbamos a la muerte segura. Entonces me acordé de mis pensamientos sobre el dolor y supe que en caso de accidente se acabarían todos. 

 

sábado, 29 de marzo de 2025

Pensamientos secretos, de David Lodge

Lodge en su casa de Birmingham. 

Foto de Sophia Evans.


            Publicada en 2001 en Reino Unido y en 2002 en España, esta novela de David Lodge (1935-2025) cuenta los sucesos de las vidas de varios integrantes del claustro de una universidad británica durante el primer semestre del año 1997. Se trata de la universidad de Gloucester, calificada como ficticia por el autor en la primera página. Los protagonistas del relato son Ralph Messanger, un intelectual ya en la cincuentena, muy atractivo y activo sexualmente, y Helen Reed, una mujer también atractiva con poco más de cuarenta años y recién enviudada, que llega a la universidad como profesora invitada por un semestre. Messanger, casado con una mujer rica, es el líder de la universidad, el más prestigioso de sus miembros. Acostumbrado a conseguir todas las mujeres que desea, con Helen encuentra una serie de obstáculos que irán cayendo con el paso de los meses y la existencia de hechos favorables sobrevenidos. Pero la historia no acaba ahí ni favorablemente para Messenger, que recibirá un justo castigo por la insensibilidad y la prepotencia que ha demostrado siempre. Como otras novelas de Lodge ya leídas, Pensamientos secretos está escrita haciendo uso de variedad de técnicas —intercambio epistolar, diarios, distintos puntos de vista narrativos, cambios de primera a tercera persona, etc.— que proporcionan al relato una amenidad y una penetración difíciles de conseguir de otra manera. Helen es profesora de escritura creativa y la novela dedica capítulos enteros a ejercicios de sus alumnos, algunos de ellos brillantes y realmente divertidos. Messenger es el jefe de una institución de la universidad dedicada al estudio de la conciencia humana y de la Inteligencia Artificial, presente en la novela casi treinta años antes de su llegada a la sociedad actual. Tanto Messenger como Helen representan dos polos opuestos en la recepción de esta tecnología. Helen, más cálida y humana, duda mucho de la capacidad de humanizarse de los robots, simples máquinas, artefactos fríos, y Messenger entiende la vida de las personas en términos solamente tecnológicos, cree con absoluta seguridad en los beneficios que las ciencias cognitivas van a suponer para la vida de las personas, a las que cree poder analizar en términos puramente científicos. Él duda de todo lo irracional y todo lo intangible, y ella defiende la existencia de lo intangible, lo pasional y lo indescriptible, incluso del alma. Es la misma polémica que ha existido siempre entre mecanicistas y animistas, pero llevada a una novela amena y enriquecedora.

            Pensamientos secretos es menos conocida que las novelas de Lodge más humorísticas, como Intercambios, pero es también quizá más profunda que aquellas, te deja mejor sabor de boca por tratar con más seriedad temas fundamentales. Es también más intelectual, como si el autor hubiera estado menos pendiente de entretener y más de formar a los lectores, al menos de hacerlos pensar.

 

David Lodge, Pensamientos secretos, Barcelona, Anagrama, 2008. [Thinks…, Londres, 2001]. Traducción de Jaime Zulaika.

 

Víctor Espuny.


sábado, 22 de marzo de 2025

Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna, de Henry Kamen

            Para el español educado en la religión católica y con pocas lecturas en el ámbito de la historia de las religiones, el protestantismo ha sido siempre un terreno incierto. De ahí que lecturas como esta vengan a llenar un hueco en su formación. En Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna, el historiador e hispanista británico Henry Kamen (1936) realiza un interesante paseo por los principales países europeos una vez surgido el fenómeno del protestantismo. Como el lector sabe, al menos de oídas, el protestantismo es de naturaleza proteica y fecunda. Una vez que Lutero alzó la voz contra Roma y el catolicismo a principios del siglo XVI, las escisiones, transformaciones y desvinculaciones del proyecto inicial fueron incontables. Luteranos, calvinistas, hugonotes, unionistas, trinitarios, antitrinitarios, anabaptistas, cuáqueros, socinianos, erastianos, anglicanos… Las denominaciones y las iglesias más o menos afortunadas nacieron durante los siglos XVI y XVII como la hierba después de la lluvia, de manera imparable y por todos lados de Europa menos en los países más señaladamente católicos, sobre todo en España. Aquí los herejes eran otros: los judíos y los musulmanes. En Castilla hubo conatos de protestantismo en el siglo XVI que fueron cortados de manera expeditiva por la Inquisición, hechos históricos recogidos de manera magistral por Miguel Delibes en su novela histórica titulada El hereje. La lucha contra el heterodoxo quedó aquí reducida a la persecución del islamista y el hebreo practicantes, demostrando una intolerancia poseedora de un componente racista y xenófobo que no existió en países como la actual Holanda, Inglaterra o los principados alemanes. Se podría argüir que sí, que la hubo, por ejemplo, en la persecución de irlandeses católicos por parte de los ingleses, o de los españoles —católicos— por parte de los flamencos, pero en ninguno de estos casos se daba el componente racista. No existían grandes diferencias en la fisionomía, el traje o las costumbres entre británicos e irlandeses, o entre flamencos y españoles, pero sí entre cántabros y magrebíes, por ejemplo, diferencias que acentuaban un enfrentamiento potenciado por la mala vecindad que hemos mantenido con los habitantes del Magreb. En los países protestantes hubo señalados pensadores que abogaron por la tolerancia, y con sus escritos, influyentes en sociedades donde la lectura de la Biblia en los hogares había potenciado la instrucción, consiguieron la extensión del irenismo, de un pacifismo bienhechor y humanista que acabó inclinando a la sociedad por la aceptación del venido de fuera y con pensamientos y religión distintos. A esto habría que añadir un factor aún más determinante: la sed de hacer negocios. El capitalismo, como sabemos, surgió en países protestantes y vino de la mano de los comerciantes. Muchos antes de las descomunales acumulaciones de capital producidas por la Revolución Industrial, de la que tanto habría que escribir, existió el enriquecimiento por el comercio. Los holandeses y los ingleses eran grandes navegantes y negociantes que ponían por encima de cualquier otra consideración el afán de lucro, lo que llevaba a mirar a los demás como posibles clientes, proveedores o socios comerciales, con independencia de la religión que profesasen. Además, algunas corrientes troncales, como el calvinismo, no consideraban censurable el préstamo con intereses, actividad considerada de hebreos en los países católicos, vetada para los cristianos. Los comerciantes de los países mayoritariamente protestantes no hacían ascos a tratar con cualquiera, para entendernos, ni tenían que acudir a un confesor porque sus escrúpulos de conciencia les decían que habían obrado mal. Tampoco tenían en la costa de enfrente, muy cerca, a unos pueblos que estaban dispuestos a asaltar sus puertos para quemar cosechas, vandalizar viviendas, secuestrar personas y pedir rescates por ellas. Cuando se expulsa a los moriscos a comienzos del siglo XVII, una decisión sumamente perjudicial para nuestra economía —sobre todo para los territorios de la actual comunidad valencia—, se consideró, entre otras razones aún más irracionales y poco pragmáticas, el carácter de los moriscos como quintacolumnistas, pues pensaban con seguridad que estaban en contacto con los otomanos asentados en Argel que pirateaban las costas levantinas. Kamen da las claves para entender las diferencias entre el sur, y el centro y el norte de Europa. Hubo también afinidades, por supuesto. En Inglaterra fueron quemadas por herejía cerca de trescientas personas en tiempos de María Tudor (1553-1558) y lo mismo podría decirse del reinado de Isabel I (1558-1603), cuando fueron condenados a muerte casi doscientos católicos, y otros cuarenta fallecieron en prisión. El avance de las posiciones tolerantes e irenistas, objeto principal del libro de Kamen, posibilitó la convivencia entre los fieles de las distintas religiones. Esto unido a los deseos de hacer negocios. En su obra sobre el libre comercio —Of a Free Trade (1648)—, Henry Parker escribía «que era obligación del Estado hacerse cargo de la religión y fomentar la libertad religiosa como un elemento esencial para comerciar sin trabas». Escribe Kamen que «los viajeros protestantes creían que la pobreza de España e Italia era consecuencia directa de su catolicismo intolerante, y que la creciente prosperidad de Inglaterra provenía de su actitud liberal hacia los disidentes» (pág. 218). Es posible que tuvieran razón, pero hay que entender las circunstancias de cada país, siempre determinantes. 

 

Henry Kamen, Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1987. Traducción de María José del Río.

 

Víctor Espuny.

sábado, 15 de marzo de 2025

El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham

 

Foto: © Archivo EFE/Keystone

Creo que no resulta comparable la reseña escrita por alguien que tiene formación literaria profunda con la pergeñada por alguien que solo lee y escribe por placer. Me encuentro en este último grupo, aunque puedo asegurarles que mis reseñas despiertan en mí interés real a la hora de escribirlas. El tiempo de su redacción se convierte en un período en el que solo puedo estar agradecido a la existencia de las palabras y a los procesos que hacen posible la escritura. Para mí resulta completamente misterioso el mecanismo por el que las palabras se forman en la mente y el cerebro manda una orden a los dedos para que se muevan sobre el teclado y opriman la tecla justa. O para que la mano mueva el bolígrafo y este dibuje letras sobre el papel. Luego, una vez escrita la reseña, pierdo interés por ella y no entiendo cómo nadie puede tenerlo, pues mis textos, por muy inspirado que esté ese día, son nada, solo aire, al lado de la peor de las novelas.

            El filo de la navaja (1944), de William Somerset Maugham (1874-1965), no es una obra maestra, ni Maugham fue agraciado con el Nobel de Literatura. Pero esta novela tiene algo que te atrapa desde el principio: su honestidad. El autor no juega con la credulidad del lector ni con su atención, no le escamotea información. Desde la primera página está poniendo en duda la pertinencia de escribir el libro y explica al lector por qué la escribe. Si conoció o no realmente a las personas que aparecen en el libro no es algo que en realidad nos importe. Nosotros, al abrir las novelas, vamos buscando la narración de una historia con sentido, coherencia y verosimilitud, y El filo de la navaja posee las tres. No es una obra que aporte técnicas narrativas innovadoras, ni temáticas o tramas complejas, pero llena esa necesidad que los humanos tenemos de escuchar historias. En sus cuatrocientas páginas aparecen decenas de personajes secundarios, pero los que de verdad importan al autor y al lector son solo tres: Larry, Elliott e Isabel. Existe un cuarto, el mismo Maugham, que aparece con su nombre y su profesión de escritor; a través de sus ojos lo vemos todo. La acción comienza en 1919 y finaliza en los años cuarenta.

            El nombre completo de Larry es Laurence Darrell. (Llama la atención el parecido del nombre del personaje con el del novelista británico Lawrence Durrell. En los años cuarenta Durrell aún no había publicado El cuarteto de Alejandría, su famosa tetralogía, pero contaba con más de treinta años y era relativamente conocido. Si la elección del nombre del importante personaje de la novela de Maugham es o no un guiño a Durrell es algo que no puedo determinar, aunque no parece descabellado que lo sea por la relación que ambas personas —la real y la inventada— poseen con la India, entonces colonia británica y siempre cuna de espiritualidad. En cualquier caso, aviso al lector de la existencia de los libros de un hermano de Durrel, de nombre Georges, que satisfarán a los que buscan el humor en las novelas, esa señal de inteligencia que a menudo resulta tan escasa. De Georges Durrell cabe recomendar Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes. Y ahora volvamos con Larry). Según las descripciones del personaje que posee la novela, muy generoso con ellas, es un muchacho de ojos negros y mirar muy profundo, atractiva sonrisa, reservado y nada materialista. La conducta que se espera de él debido a su cuna, su educación y sus medios sería la convencional, pero él se rebela desde su infancia y busca sobre todo lo espiritual. No conoce el egoísmo. Es un personaje que compensa el materialismo del resto de personajes y muy atractivo en sí mismo. Viajero, trabaja en lo que sea necesario para seguir su búsqueda de lo absoluto y se ocupa poco de su apariencia exterior. Algunos episodios de su vida recuerdan otros de personas notables, como el pintor Vincent van Gogh y la pensadora y escritora Simone Weil, capaces de abandonar todas las comodidades que tenían a su alcance y ponerse físicamente al lado de los que sufren, realizando los mismos penosos trabajos y viviendo en las mismas miserables condiciones. A Larry no se le conocen vicios.

            El nombre completo de Elliott es Elliott Templeton. Al comienzo de la narración está en la cincuentena. Es un hombre muy ambicioso y un esnob. Solo parece capaz de compartir su tiempo con personas ricas o pertenecientes a la nobleza. Es un solterón que cuida su aspecto exterior hasta extremos exquisitos, tanto que a algunos pueden parecer ridículos. Posee un patrimonio muy saneado, un capital que ha conseguido reunir gracias a su intermediación en operaciones de compraventa de arte y en inversiones afortunadas. Ama y conoce la pintura hasta la irrupción de las vanguardias, poseyendo como límite aceptado y aplaudido la pintura impresionista. Vive entre Paris, Londres, Chicago y la Riviera Francesa, como muchos de los personajes de la novela, aunque es Larry quien ve más mundo. Elliott cumple la función de protector de los personajes más jóvenes, a los que intenta aconsejar e introducir en sociedad. Cree estar en posesión de la verdad y ser el único capaz de saber cómo hay que hacer las cosas. De apariencia soberbia, en el fondo resulta amable y generoso.

            Isabel es sobrina de Elliott, hija de una hermana, viuda a la sazón de un diplomático. Al comienzo de la novela ella y Larry son novios, pero Isabel será incapaz de seguir a Larry en su búsqueda de lo espiritual porque ama el lujo y no está dispuesta a prescindir de las comodidades que le proporcionaría su matrimonio con un pretendiente trabajador y adinerado. Larry, y este dato es importante, pretende emplear su tiempo en lo que él llama holgazanear —esto es: no tener jefe ni trabajo convencional—, algo que escandaliza a Elliott y a su hermana y desconcierta a Isabel, que solo puede entender la vida de un norteamericano como la de una persona activa dedicada a ganar más y más dinero. Finalmente, y como era previsible, Isabel opta por el pretendiente adinerado y se pasa la vida enamorada hasta los huesos de Larry. La misoginia de Maugham crea en Isabel un personaje memorable por su carácter ambicioso, calculador y malvado: Isabel no duda en estorbar de la manera que sea necesaria cualquier relación seria que Larry vaya a emprender con otra mujer. Isabel gana atractivo físico con el paso de los años, pues compensa con disciplina y artificio las carencias propias de su naturaleza.

            En el capítulo de mujeres de la vida de Larry y del mismo Maugham —la introducción del escritor como personaje de la novela resulta llamativa—, destaca Suzanne Rouvier. Gracias a ella la novela se adentra en la vida de los pintores en Montmartre y vivimos el nacimiento de la vocación por la pintura de muchas de las modelos de aquellos famosos cuadros. Después de haber pasado tanto años como colaboradoras y amantes de los pintores, conocían a los marchantes y los dueños de galerías. También conocían las técnicas pictóricas y se atrevían a pintar, algunas con éxito. La vida de Suzanne, con sus altibajos y la pérdida de facultades como modelo que traen las enfermedades y la edad, debió ser muy parecida a las de personas reales del París comprendido entre 1870 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

            Para concluir, solo agregar que el El filo de la navaja resulta una novela recomendable, inspirada por buenos propósitos y creadora de un personaje que debía figurar —ya lo hace, me imagino— en la galería de personajes célebres por su atractivo. Me refiero a Larry, por supuesto.

            De la vida de W. Somerset Maugham habría mucho que escribir por las limitaciones que tuvo que vencer y la fuerza de su carácter, que le llevo a realizar el sueño de convertirse en escritor célebre. Existe una novela suya, en parte autobiográfica, que me apunto para leer pronto, Servidumbre humana, llevada al cine, como muchas otras de sus narraciones.

 

William Somerset Maugham, El filo de la navaja, Barcelona, Penguin Random House (Debolsillo), 2024. [The Razor’s Edge, 1944; traducción de Fernando Calleja].


Víctor Espuny.

viernes, 7 de marzo de 2025

Tus pasos por la escalera, de Antonio Muñoz Molina

 

(Este artículo, con algunas variaciones, ya fue publicado anteriormente en otras páginas).


Vista de Lisboa. Fotografía de Deensel

Confieso mi admiración por la obra de Antonio Muñoz Molina. Lo he leído desde muy joven y ha sido uno de los pocos artistas que ha podido sentirse contrariado ante mi interés por hablar con él. El otro fue Hilario Camacho. Les cuento.

            Fue a principios de los noventa. No recuerdo si iba hacia Madrid o venía de allí, pero sí que viajaba en tren. Yo había leído ya Beatus IlleEl invierno en Lisboa y El jinete polaco. Las tres novelas me habían gustado, sobre todo la última. En aquella época Muñoz Molina se prodigaba bastante en los periódicos, sobre todo en El País, creo, y su imagen ya era conocida. Llevaba el pelo más o menos como ahora pero no tenía gafas y lucía un frondoso bigote. Había visto su foto infinidad de veces. Y viajábamos en el mismo vagón. Era emocionante.

No soy un cazador de autógrafos ni nada por el estilo, pero los buenos artistas me pierden. Yo iba leyendo —bueno, miento, no leía, solo estaba pendiente de él, tenía el libro abierto y poco más— y él también. No recuerdo qué leía, pero sí el aspecto de su libro, una publicación en papel biblia, muy fino, con los filos de las hojas dorados y un marca páginas de tela. El recuerdo ya es lejano, han pasado unos treinta años, pero creo que intenté hablar con él en la zona situada entre dos vagones. Era un hombre alto, más de lo que imaginaba. Había salido a fumar, creo, y yo también. Entonces, sacando fuerzas no sé de dónde porque soy muy tímido, le pregunté, así, sin mediar presentación ni introducción alguna, si era Antonio Muñoz Molina. Sé que era él, estoy convencido, pero él vería en mis ojos y en mi forma de comportarme algo que le encendió la señal de alarma y me dijo que no. Me dijo que no y se quedó tan pancho.

A pesar de aquella negación suya, muy comprensible —no quería que un admirador inoportuno y pesado le diera el viaje—, seguí leyendo sus novelas. Recuerdo Ardor guerreroBeltenebros y Sefarad. Ninguna como El jinete polaco.

Hoy quiero hablarles de su novela Tus pasos por la escalera. Está escrita en primera persona. Es el punto de vista del narrador-protagonista, el mismo que ocupa el lector: este lo sabe todo a través de la mirada de aquel. La acción transcurre en Nueva York y Lisboa. El protagonista lleva unos años en Nueva York y decide mudarse a la capital portuguesa más o menos tras la primera victoria de Trump en las elecciones norteamericanas. El lector vive con él el desembarco en una ciudad tan distinta, sus problemas con el idioma, con los funcionarios municipales, con carpinteros, electricistas y reparadores en general. Vive la admiración por la luz de Lisboa, por las vistas de una ciudad de colinas sembradas de casas blancas asomadas a una ancha lámina de agua azul. La acción dura hasta el mismo año 2019. Lo prueba una referencia a la investigación sobre la forma en la que murió el periodista Khashoggi (pág. 286). La novela es principal, y casi únicamente, una historia de amor, un amor que lo llena todo de forma casi obsesiva. Pero también es otras muchas cosas, como un intento de concienciar sobre la necesidad de respetar la libertad individual y de hacer reflexionar sobre los avisos del cambio climático. El protagonista, de nombre Bruno, acaba de llegar a Lisboa, donde va a preparar una nueva residencia para él y su pareja. Los dos están ya cansados de la vida en Nueva York. La llegada de Bruno a la capital portuguesa precede a la mudanza y la preparación de la casa mientras espera la llegada de Cecilia. Bruno solo tiene la compañía de Luria, un perro muy inteligente, pero esta le basta. Durante el tiempo de espera, muy indefinido —quizá semanas, quizá meses, quizá un año—, Bruno rememora los años vividos en Manhattan junto a Cecilia, la incomodidad de aquella ciudad, tan estimulante por otra parte, pero solo habitable durante unas pocas semanas de otoño debido a lo riguroso de su clima. Resultan impresionantes, para los que tuvimos la suerte de no estar allí aquel once de septiembre, los pasajes dedicados a la forma en la que se vivió en la zona baja de Manhattan durante las semanas posteriores al ataque a las Torres Gemelas, y curiosos los continuos paralelismos que Bruno establece entre Nueva York y Lisboa, las dos ciudades con monumentales puentes elevados cientos de metros sobre caudalosos ríos en su desembocadura en el mar, el mismo océano, por cierto. Da la impresión, solo la impresión porque ya sabemos que un literato puede ser ante todo un gran mentiroso —O poeta é um fingidor—, que Muñoz Molina habla por boca de Bruno en muchos pasajes y realmente está cansado de la vida en aquella ciudad norteamericana, algo perfectamente comprensible para cualquiera que haya estado allí y haya comprobado cómo lo tratan a uno en el JFK o cómo es el invierno, o el pleno verano, en aquella ciudad de mercaderes, hormigón y acero.

Cecilia trabaja investigando en el laboratorio las conexiones neuronales de los cerebros de animales y humanos. Es una persona apasionada por entender todos los mecanismos cerebrales. Esa pasión se la ha contagiado a Bruno, que nos transmite sus conocimientos sobre las percepciones de los sentidos. Destaca, como ejemplar en cuanto a redacción, el capítulo 25 (págs. 138-141), en el que se nos ilustra sobre la consideración del paso y la medición del tiempo en distintas culturas y civilizaciones.

Y mientras les cuento esto, Bruno, sentado junto a Luria, mira por la ventana y espera, los dos con la fidelidad obsesiva de los canes. No se lo pierdan.

 

Antonio Muñoz Molina, Tus pasos en la escalera, Barcelona, Seix Barral, 2019.

 

Víctor Espuny.