Hay
personas que hablan de sí mismas como si lo hicieran de una divinidad. Todos conocemos alguna. Son ridículas y aportan muy poco a los demás. Consideran su vida
de tanto interés que con solo cuarenta años escriben su autobiografía y ven
normal que todos nos postremos ante ellas. Muchas, además, han tenido
una existencia fácil. Sordas a cualquier vocación posible, deambulan por la
vida como quien lo hace por un pasillo ancho y bien iluminado.
Y luego están las otras.
Steven Spielberg, uno de los directores
más importantes de todos los tiempos, un señor que entiende y domina la
industria del cine como pocos, se ha decidido a contar su infancia y su adolescencia
cuando ha cumplido los setenta y seis años. Lo hace con honestidad y con la asunción que los años dan de
hechos que en la adolescencia resultan inasumibles. Un quinceañero enamorado
del cine descubre gracias a esta pasión un secreto de su madre tan grave que
desestabilizaría la vida de cualquier hijo. Este hallazgo casual se convierte
en uno de los hitos dramáticos del relato. Se trata de un descubrimiento que debía atormentar a Spielberg, quien, como buen creador, no podía dejar de revivirlo de forma
artística: era una cuestión de salud mental. Y lo hace ya mayor, cuando
la vida le ha dotado de las herramientas necesarias para hacerlo y se han
producido los fallecimientos necesarios, sobre todo el de su padre, Arnold
Spielberg, un señor inteligentísimo, pero poco imaginativo, que murió hace poco
con ciento tres años. Todo en la vida de los Spielberg ha resultado excesivo. Aunque
la película debe calificarse de honesta, no cabe pensar que sea completamente
fiel a la realidad, ninguna autobiografía lo es. En ella se ha suprimido la
existencia de algunos miembros de la familia que nunca fueron especialmente
queridos por el director, licencia que todo creador posee y facilita el relato.
Los ciento cincuenta minutos de la película, un metraje poco habitual, pasan con una velocidad pasmosa gracias al dominio del ritmo que Spielberg posee. En ella asistimos al proceso que lleva a un niño a enamorarse del cine y a convertirlo en el centro de su vida por pura necesidad expresiva, un proceso en el que tienen mucho que ver los mayores que lo rodean, sobre todo su madre, una persona de fuerte temperamento artístico, y algunos ancianos que realizan funciones de mentores, tan necesarios en un joven con talento. Entre estos cabe destacar un tío abuelo, con el que se ve obligado a compartir su cuarto una noche, y uno de los directores de cine más conocidos, John Ford, ya en el ocaso de su vida. Con este último, un hombre generoso, mantiene un breve diálogo en el que se regala al espectador una de las directrices básicas del encuadre artístico de paisajes y se determina el final del relato, abierto, luminoso y esperanzado. Su papel está interpretado por David Lynch. Las palabras de Ford, más o menos, son las siguientes:
«Cuando llegues a la conclusión de que poner el horizonte en la parte superior de un cuadro, o en la parte inferior de un cuadro, es mejor que ponerlo en el medio del cuadro, algún día podrás llegar a ser un buen creador de imágenes».
Si le gusta el cine, y asistir al proceso de formación de una personalidad artística, no lo dude: Los Fabelman es su película.
En la
imagen, el director con los actores principales en un descanso del rodaje. (Foto
EPC).
Víctor
Espuny.