sábado, 23 de mayo de 2020

Fotografías de la Plaza Mayor de Osuna (IV)


La primera fotografía ofrece una perspectiva poco habitual de la plaza. La abarca casi por completo. Fue hecha durante la tarde —las sombras así lo indican— de un día de primavera o verano: las personas fotografiadas, casi todas niños, parecen llevar ropa ligera. En la acera del Ayuntamiento hay aparcados automóviles, alguno de ellos de apariencia antigua, quizá de los años treinta. Posiblemente los taxis tuvieron su parada allí durante unos años.  En la esquina más septentrional de la plaza se observa el escenario, hecho de forja y con suelo de tablas —en otras épocas situado en el parque de San Arcadio—, donde la banda municipal amenizaba el paseo de los ursaonenses cuando el clima lo permitía, costumbre de pueblo civilizado y filarmónico.


            En el centro, lugar ocupado actualmente por una fuente cuyas piezas son de distintas épocas —la superior conserva bien visible la fecha de 1809, las otras parecen posteriores—, contemplamos, en su emplazamiento original, el busto que dedicó el Ayuntamiento a la memoria de don Francisco Rodríguez Marín. El monumento fue inaugurado el 4 octubre de 1943, festividad de San Francisco de Asís. El fallecimiento del estudioso ursaonense, ocurrido el 9 de junio de ese mismo año, convirtió el homenaje en póstumo pero acabó celebrándose. 1943, pues, nos indica el margen inferior para la datación de la fotografía. En cuanto a la datación por arriba, la fotografía es anterior al traslado de la estatua a su emplazamiento actual, hecho que tuvo lugar el 29 de mayo de 1968, justo después de la feria. Según la revista de feria de ese año, gracias al interés del Gobernador Civil, José Utrera Molina, y del alcalde ursaonense, Manuel Mazuelos Vela —que ocupó el puesto entre 1966 y 1972—, en ese momento se inicia la última reforma importante de la Plaza Mayor, que le dará un aspecto muy parecido al que tiene hoy día. Como vemos en la imagen, en la época en que se tomó el número de bancos de la plaza era mayor: en total, y suponiendo que la distribución fuera simétrica, cuarenta y ocho, exactamente el doble del actual. Puede observarse, además, que los bancos situados en el perímetro de la plaza no eran dobles, esto es, solo se podía tomar asiento en ellos mirando hacia dentro, circunstancia que ayudaría a una configuración un tanto peculiar, autónoma, de la vida de la plaza. Su última reforma importante, la que le diera el aspecto que vemos en la imagen, había sido realizada a lo largo de 1937.
Según se lee en las Actas Capitulares del Ayuntamiento Osuna, en la sesión de la Comisión Gestora celebrada 26 de mayo de 1937, presidida por Rafael Biedma Sedano, se habla de la instalación subterránea del tendido eléctrico destinado a las nuevas farolas de la plaza y en la de 11 de junio del mismo año se aprueban facturas relativas a la reforma de la misma por un importe de 2.464 pesetas. Para hacernos una idea de la importancia de esta cantidad, podemos tener en cuenta, por ejemplo, algún impuesto de la época. Los cines de verano que durante la Segunda República se montaban en la Plaza de Santo Domingo, llamada entonces del Capitán Galán, o en la misma Plaza de la República, la actual Plaza Mayor, pagaban cien pesetas mensuales por ocupación de la vía pública, y el de esta plaza se extendía por todo el espacio comprendido entre la acera de la plaza y la Iglesia de la Concepción. Imagino que la pantalla de este último se colocaba en la fachada trasera de la casa de los Cepeda. (Está por hacer, como tantas cosas, un estudio, puede ser un pequeño trabajo de investigación —creo que algunos particulares poseen material suficiente—, de la historia de los cines de Osuna, pues en los años pre-televisivos ocuparon un lugar fundamental en el esparcimiento de la población, fueron escenarios de romances y emociones que ayudaban a vivir. Fueron importantes espacios de sociabilidad hoy perdidos).
En cuanto a la datación de la imagen por el margen cronológico superior, tiene que ser anterior, como ya indicamos, a mayo de 1968, cuando, coincidiendo con una nueva reforma de la Plaza Mayor, se traslada el busto y se pone la fuente. De todas formas, el dato de la ausencia del seto, que en fotos de mediados de los sesenta vemos bien crecido,


indica que la primera imagen fue tomada en los años cincuenta, más exactamente con posterioridad a 1953, ya que en la revista de feria de ese año aparece una fotografía, en teoría de ese año, en la que puede contemplarse la estatua aun sin verja. No la he incluido aquí por la baja calidad de su reproducción. El aspecto de los elementos que rodean la estatua de don Francisco Rodríguez Marín, pues, se convierte en un dato muy valioso para datar cualquier fotografía de la plaza en el periodo comprendido entre octubre de 1943 y mayo de 1968. En conclusión, la fotografía que abre el artículo puede situarse con un margen de catorce años, entre 1954 y 1968.



Esta fotografía debió ser tomada alrededor de octubre de 1943. El señor que aparece en ella es Enrique Pérez Comendador, autor del busto, uno de los escultores más prestigiosos de la España de posguerra. Gracias a la acertada política de becas de estudios existente en la primera mitad de los años treinta, pudo pasar en Roma cinco años, temporada larga y provechosa, a juzgar por su obra. El busto de Rodríguez Marín fue una de sus primeras obras tras la vuelta de Italia. En la época de su realización, Pérez Comendador era Catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Tras la jubilación en ese puesto, ocupó el de director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, la misma institución de la que había recibido la beca y el mismo puesto que habían ocupado personalidades de la talla de Valle- Inclán o del también escultor Mariano Benlliure.
            En cuanto a Rodríguez Marín, en 2005 se cumplieron los ciento cincuenta años de su nacimiento, que tuvo lugar el 27 de enero de 1855, y el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, obra que estudió de forma apasionada y a la que dedicó trabajos de lectura obligada para cualquiera que quiera conocer bien la obra cervantina. La segunda parte, como ya sabemos, fue publicada en 1615. Los méritos de don Francisco son muchos, algunos de ellos poco conocidos. Fue director de la Biblioteca Nacional entre 1912 y 1930, lo que supone, desde 1712 hasta la fecha, el segundo periodo de tiempo más largo de toda la historia de la institución. Fue miembro de la Real Academia de la Lengua, donde ingresó en 1907.


Esta imagen corresponde aproximadamente a ese año. En ella contemplamos a una persona con expresión satisfecha, incluso arrogante, la correspondiente al hijo del dueño de un modesto taller de sombrerería de un pueblo sevillano que, con sólo cuarenta y dos años, ha conseguido algo que ni se había atrevido a soñar. Su irrefrenable vocación por el estudio de la historia y la literatura, amén de una cuidada red de contactos, le abrirían muchas puertas. Todo había empezado siendo niño, cuando don José Rodríguez-Buzón y el Padre Morillo, un cura un poco loco que guardaba, cuidadoso, los documentos antiguos en tinajas de barro, habían despertado en él el amor por las letras.
Durante los treinta y seis años en los que perteneció a la Real Academia, Rodríguez Marín tuvo de compañeros y, por lo tanto, de colegas a Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Ramiro de Maeztu, Pérez Galdós, Antonio y Manuel Machado, Azorín, Unamuno, Pío Baroja, Benavente, Ortega y Gasset y Menéndez Pidal, entre otros. Cuando hablamos de Rodríguez Marín lo estamos haciendo de uno de los intelectuales españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX español. Estaría bien no olvidarlo. 
Además de lo dicho, fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo del Tercer Centenario de la Muerte de Cervantes y, por tanto, fue responsable directo de la construcción del conocido Monumento a Miguel de Cervantes que se encuentra en la Plaza de España de Madrid, obra en la que también tuvo una actuación destacada el escultor marchenero Lorenzo Coullaut Valera. Vale la pena detenerse también en su faceta como estudioso de los cantos populares. Esta pasión le llevó intimar en su juventud con personajes como Luis Montoto, Joaquín Guichot, Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, los dos últimos abuelo y padre respectivamente del célebre poeta Antonio Machado; Machado Álvarez, que firmaba sus trabajos como Demófilo, fue el fundador de los estudios sobre folklore en España y amigo personal de don Francisco. Es muy probable que Rodríguez Marín ejerciera influencia también sobre el hijo de su amigo, niño que andando los años se convertiría en uno de los mejores poetas que ha dado Andalucía. Si comprueban las fechas, verán que en 1883, cuando los Machado se van a Madrid, don Francisco tenía veinticinco años y el hijo de su amigo sólo ocho. Manuel Machado, el otro hermano escritor, también era niño.
Esa afición por el cante, una de las manifestaciones culturales menos elitistas, llevó a Rodríguez Marín a escribir, entre otras obras de esta temática, los Cantos populares españoles, cinco tomos publicados entre 1882 y 1883, y un libro titulado El alma de Andalucía (1929), en el que pone a disposición de los lectores varios centenares de letras de coplas y cantes de tema amoroso, comentados y ordenados en apartados como “Ausencia”,  “Desdenes” o “Reconciliación”; los escogió entre los más de los más de veintidós mil que llevaba recopilados. Acompañado por el padre de los Machado, Rodríguez Marín acudía a menudo al café cantante que tenía en la calle Rosario de Sevilla aquel cantaor gigantesco criado en Morón y de padre italiano llamado Silverio Franconetti. Allí intimaban con Silverio, se divertían y recogían letras para sus obras. Así que no debemos pensar que Rodríguez Marín pasó toda la vida entre libros y papeles o era una persona altiva, de experiencias limitadas por prejuicios sociales. De hecho, en su juventud fue un gran defensor de los más necesitados, actitud que le llevó en su madurez a ser mucho más prudente, pues sus denuncias de abusos de algunos poderosos sobre los humildes le llevaron incluso a temer por su vida. El insigne polígrafo ursaonense jamás puso la pluma al servicio de unas ideas que no fueran las suyas: ni en su juventud, cuando siendo fuerte defendió al débil, ni en su vejez, cuando siendo débil buscó la protección del fuerte. Sus textos y acciones estuvieron siempre guiados por ideas de humanidad, bondad y justicia.


            Esta otra fotografía, tomada de la revista de feria de 1965, resulta útil para apreciar la forma de la plaza anterior a 1968, en particular cómo eran los bancos de su perímetro. Desde el primer momento llama la atención la altura de los mismos con respecto a la acera, característica disuasoria para los amigos de sentarse en el respaldar y poner los pies en la piedra, incívica, antihigiénica y peligrosa costumbre. Observen también, si lo desean, la desmesurada altura de una especie de farola visible cerca del ángulo de la plaza más cercano al fotógrafo. Llama la atención también la presencia de una mula, noble y paciente animal, cargada de serones de esparto donde transportar todo tipo de materiales. Nadie nacido con posterioridad a 1960, sobre todo en una ciudad, puede hacerse una idea de la importancia que tenía el ganado equino en el mundo del trasporte. Su manejo, reproducción y cuidado estaba a cargo de una parte importante de la sociedad, los arrieros, practicantes de un oficio que permitía una libertad de movimientos y una independencia impensables para cualquier jornalero. Algunos de estos arrieros llegaron a poseer pequeñas fortunas y gran influencia por el carácter esencial de su trabajo. En ápocas anteriores a la extensión del ferrocarril, muy tardía e incompleta según qué zonas, y, más tarde, de los vehículos a motor, la feria del ganado de Osuna, por poner un ejemplo, atraía compradores y vendedores de ganado de media España. Según el legajo 319 del Archivo Municipal, en 1922, cuando ya la competencia de medios modernos de transporte era apreciable, realizaron transacciones de ganado en la feria ursaonense personas procedentes de Tetuán, Madrid, Valencia, Alicante y todas las provincias andaluzas, en total de cerca de setenta localidades. En 1935 se llegaron a pagar 1.300 pesetas por mulas de tres años. La arriería ursaonense, importante sin duda, es otra parcela de la historia local merecedora de atención por parte de los historiadores. 
      

Nos movemos ahora al otro lado de la plaza. De esta fotografía sabemos seguro que fue tomada a principios de febrero de 1954, pues el día 3 de ese mes y año cayó en Osuna la mayor nevada que se recuerda. En el diario de un señor de la época, puede leerse: «Una intensa nevada jamás conocida cayó sobre esta población; desde las alturas de la Colegiata la perspectiva era maravillosa, gozándose de un espectáculo, con el blancor de la nieve, jamás conocido. La altura de la nieve en algunos sitios alcanzó más de medio metro, fenómeno no conocido ni recordado, por las personas más ancianas». De aquel invierno se conservan fotografías de calles nevadas en poblaciones como Écija o Sevilla, donde la nieve era casi desconocida. Las personas de la imagen posan para la foto a la entrada del comercio textil llamado “Los Caminos” cuyo interior presentaba en la época este aspecto.


A destacar el abundante comercio de telas, hoy casi perdido como resultado de la proliferación de la venta de trajes y vestidos ya realizados. Hace setenta años el precio de la ropa ya confeccionada —la ropa de sastrería— sólo estaba al alcance de personas acomodadas. La gran mayoría heredaba la ropa o vestía trajes y vestidos de confección casera realizados con técnicas muy antiguas, conocimientos que pasaban, y aún pasan, de generación en generación. Osuna posee un importante comercio textil desde el siglo XIX, reflejado en los últimos años en la creación de una marca, Álvaro Moreno, de proyección nacional. En el antiguo comercio de Los Caminos aprendieron el oficio grandes profesionales.


            Ahora vemos una fotografía que nos lleva a una cuestión bien distinta: el destrozo ocasionado por un camión en el edificio sede del Ayuntamiento. Según la abundante información sobre el asunto contenida en el legajo 221 del Archivo Municipal, el accidente tuvo lugar a las dos y media de la madrugada del día 22 de noviembre de 1968, cuando un camión frigorífico conducido por un vecino de la localidad segoviana de la Granja de San Ildefonso que circulaba «por la carretera de Sevilla-Málaga-Granada y con dirección a Sevilla […], al llegar al arco existente en el Ayuntamiento salida a Plaza de España enganchó la parte de arriba del camión del último arco viniéndose este abajo».
El arco siguió en pie, aunque, eso sí, sufrió graves desperfectos en su parte central, punto de apoyo de las tensiones de toda esta parte de la fachada. Según se observa, la gran mayoría de las dovelas se desprendió y se hizo necesario reforzar de manera urgente el espacio con puntales de madera, los únicos disponibles en la época. Para intentar impedir el paso de peatones, vehículos de dos ruedas y caballerías, en los primeros momentos se colocó una escalera de mano atravesada y en paralelo a la calzada. En la imagen se aprecian las columnas y los capiteles en las que se apoyaban las piedras del arco. También se aprecian apuntalados los dos primeros arcos del primer piso. Aparte del hecho de que una carretera general pasase por la Carrera, algo impensable hoy en día, cuando esa calle está abocada a la peatonalización o al colapso total de su tráfico, lo que más llama la atención de todo esto es la diferencia de daños sufridos por el edificio y el camión. Este, aunque con algunos desperfectos, pudo seguir su marcha, mientras el Ayuntamiento tuvo que alquilar un inmueble —el numerado en la actualidad como 2 de la Calle San Pedro—, al que se trasladó en abril de 1969, y no pudo volver al suyo hasta 1973, cuando finalizaron las largas y costosas obras de reconstrucción. Durante esos años, y según leemos en una carta que lleva fecha de enero de 1971 y que dirige el alcalde Mazuelos Vela a Florentino Pérez Embid, Director General de Bellas Artes, el pueblo permanece «dividido en dos sectores prácticamente incomunicados, con la consiguiente incomodidad para el vecindario, con un tráfico desviado que está causando grandes destrozos en otras vías municipales».
            Los planos del proyecto de la reconstrucción llevada finalmente a cabo están firmados por el arquitecto Rafael Manzano Martos, reputado profesional responsable también de la reforma de la Plaza Mayor contemporánea al accidente y de la solución a los problemas estructurales sufridos por la Colegiata. Algunos de los elementos del proyecto del nuevo Ayuntamiento, como un murete situado en la parte superior, desaparecieron en la obra ya acabada, decisión que despertó polémica y produjo un intercambio de cartas entre el Ayuntamiento y la dirección de Bellas Artes en Madrid, alguna de las cuales se conserva en el  legajo mencionado.
Hay que decir, una vez más, que la conservación de un edificio histórico de Osuna se debe al amor por su patrimonio de don Manuel Rodríguez-Buzón Calle. Este señor, que sería llamado a ocupar más altos destinos tras la brillante labor realizada en Osuna, se hallaba presente, en calidad de Teniente de Alcalde, en la sesión extraordinaria celebrada el 27 de noviembre para tratar el asunto. En ella se había tomado el acuerdo de derribar completamente esta parte del edificio para facilitar la comunicación entre la calle Asistente Arjona y la Plaza Mayor, entonces llamada de España. De todos los miembros de la corporación fue el único que se opuso a este infamante acuerdo, y aún fue más allá: pidió encarecidamente el dictamen previo del Arquitecto Titular de Bellas Artes, precisamente Rafael Manzano Martos, al que no se había podido localizar desde el día del accidente. Así, gracias al empeño de Rodríguez-Buzón, el edificio del Ayuntamiento de Osuna no siguió el camino de muchos inmuebles sevillanos de gran valor patrimonial que, precisamente en esos años, estaban siendo destruidos para levantar horrorosos edificios comerciales. Recuerden cómo eran la Plaza del Duque o la Plaza de la Magdalena antes de esa desgraciada fiebre destructora. Ese desprecio por los edificios antiguos fue un mal extendido por toda España. Ciudades poseedoras de armoniosos centros históricos, como Cartagena, Málaga, Murcia, Valladolid o Alicante, vieron muy mermada su belleza arquitectónica en aras del interés económico. Osuna se salvó. Hoy día es un museo al aire libre.


            Esta otra fotografía tuvo que ser tomada a finales de 1969 o principios de 1970. El proyecto de reforma de Manzano, felizmente localizado por Rodríguez-Buzón, lleva fecha de junio de 1969. Puede apreciarse hasta qué punto llegó el derribo del edificio. Entre otros detalles, se advierte, con las puertas abiertas para tomar la fotografía, el altar dedicado a la Virgen de la Inmaculada situado al final del pasillo de la primera planta. Parece haberse conservado de milagro.


            El 3 de abril de 1976, cuando el edificio del Ayuntamiento llevaba tres años reconstruido, Osuna recibió la visita del Jefe del Estado acompañado por su esposa, Sofía de Grecia. Iban de paso en un viaje en coche de Sevilla a Córdoba. Hicieron paradas al menos en Osuna, Estepa y Puente Genil. En la Villa Ducal apenas permanecieron cuarenta minutos, empleados en ser recibidos por las autoridades, entonces era alcalde Francisco Calle Jaldón, decir unas palabras desde un balcón del Ayuntamiento y, finalmente, saludar a un público muy entregado. Como vemos en la imagen, era un día lluvioso, pero aun así el público era muy numeroso. La fotografía puede resultar de interés a pesar de su mala calidad. Vemos el amplio espacio de seguridad creado en la puerta del edificio —que se rompería en los instantes finales de la visita— limitado por un cordón de guardias civiles con capote y tricornio. Tras ellos se agolpa la gente. Entre la multitud se observan pancartas cuya lectura resulta complicada pero debemos suponer de adhesión a los reyes: otra cosa no cabía en aquel momento, cuando Franco llevaba meses fallecido. A pesar de ello, y según puede constatarse en un vídeo de Miguel Arregui publicado en El Pespunte, las había reivindicativas: en una de ellas, sujetada por jóvenes, se leía «Pedimos para nuestros padres trabajo y vivienda». Los elementos verticales de la plaza, árboles y señales, fueron adornados para la ocasión con banderas y escudos nacionales. También fueron engalanados los balcones del Ayuntamiento y el Casino, incluso con grandes tapices. El gentío, muy numeroso, se pierde por la Carrera. Uno de los detalles más valiosos de la imagen, sin embargo, no está relacionado con la visita de los reyes. Se trata del estado en el que se encontraba el edificio de la esquina de la calle Luis de Molina con la Carrera, derribado en los meses previos. Su lugar, que tanta atención ha venido mereciendo en esta serie de artículos, fue ocupado por una construcción modélica por la armonía que guarda con el resto de la plaza. Osuna la Bella.  



Para saber más:

Archivo Municipal de Osuna.

El alma de Andalucía en sus mejores coplas amorosas, de Francisco Rodríguez Marín. Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1929.

Rodríguez Marín, Periodista (1880-1886), de Rodolfo Álvarez Santaló. Osuna, 1993.

«Rodríguez Marín, íntimo», de José Manuel Ramírez Olid, en Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, n. 8 (2006); págs. 9 a 13.

Vida y personalidad de D. Francisco Rodríguez Marín, “Bachiller de Osuna”, de Joaquín Ráyego Gutiérrez. Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 2002.

Sevilla. El Casco Antiguo. Historia, Arte y Urbanismo, de Diego A. Cardoso Bueno. Sevilla, Guadalquivir Ediciones, 2006.

El pasado de Sevilla, blog de Óscar García Scott. (elpasadodesevilla.com).

Feria de Osuna, revistas de diferentes años.

Números 1290, 1326, 1361, 1394 y 1430 de El paleto de don Manuel Ledesma Vidal (para la feria del ganado de Osuna entre 1931 y 1935).




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