lunes, 8 de junio de 2020

Sobre la lectura, de Marcel Proust


(APIC / GETTY IMAGES)

Antes de comenzar su obra catedralicia, así llama Mauro Armiño a La recherche, Marcel Proust estuvo años dedicado, junto a su madre, a la traducción de The Bible of Amiens de John Ruskin, influyente pensador e historiador del arte a quien el célebre escritor francés debe gran parte de su peculiar estilo: ese «fraseo largo y adornado» tan característico, generador de subordinadas interminables; el gusto por la descripción pormenorizada de los detalles más nimios, alguno de los cuales, en una suerte de reivindicación de lo frágil, de lo pequeño, puede asumir un protagonismo inesperado; y la consolidación de un yo narrativo sólido, imperturbable, poseedor de un punto de vista personal pero de alcance privilegiado. Poco antes de ver publicada la traducción de la obra de Ruskin mencionada, un texto mayor, Marcel Proust centró su dedicación en la traducción de otros textos del autor británico. Como prólogo de uno de ellos escribió el delicioso texto titulado Sur la lecture, traducido y anotado por Armiño y motivo de estas líneas.
            Sobre la lectura contiene observaciones muy valiosas sobre el acto de leer buenos libros, algunas quizá discutibles, pero la mayoría de una brillantez, de una agudeza intelectual, inusual, propia de un genio. Muchas son memorables. El hecho de la comunicación, por ejemplo. Proust defiende que la relación que se establece entre el autor y el lector es de amistad, aunque solo sea en un sentido, de «una amistad sincera, y el hecho de que se dirija a un muerto, a un ausente, le apresta algo de desinteresado, de casi conmovedor» (p. 69). Considera que el acto de leer a los grandes autores, a los clásicos, nos convierte en personas privilegiadas, capaces de tener a nuestra disposición las palabras de las personas más brillantes que han existido, posibilidad que no debemos dejar escapar. Nuestra vida es muy corta y debemos emplear nuestro tiempo de lectura, siempre amenazado por enojosas interrupciones y servidumbres materiales, en los mejores libros. La lectura es un viaje, un viaje en el tiempo y en el espacio. Leer una obra literaria escrita hace siglos, en su variedad lingüística original, se entiende, es como visitar en la actualidad una ciudad construida en la Edad Media: vivimos experiencias similares al pasear por sus calles y al leer una obra escrita en esa época, sentimos el mismo goce estético, la misma sensación de plenitud. Proust habla también de sus lecturas infantiles. Curiosamente, recuerda más el momento de leer, dónde estaba, qué luz tenía, quién le interrumpía, que la lectura en sí misma, el título. Para él, desde niño, leer fue siempre una manera de vivir con más intensidad. En sus palabras: «Quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creímos dejar de vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido» (pág. 39).
Resulta evidente que la inmensa mayoría de nosotros no posee, ni de lejos, la sensibilidad que Proust tenía. Sus textos, repletos de hallazgos artísticos, son de gran interés

Marcel Proust, Sobre la lectura, Madrid, Ediciones Cátedra, 2015. Edición y traducción de Mauro Armiño. [Sur la lecture, publicado por primera vez en La Renaissance Latine, 1905].

No hay comentarios:

Publicar un comentario