jueves, 26 de diciembre de 2019

Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé


El autor (F.: agenciabalcells.com)

Uno de los principales dramas vividos en Andalucía durante la segunda mitad del siglo XX —especialmente, por su intensidad, entre 1950 y 1980— fue la emigración. Cualquier persona curiosa puede comprobarlo en las estadísticas de población. Los pueblos andaluces del interior no han llegado a desaparecer, no eran tan pequeños como otros muchos castellanoleoneses, manchegos o aragoneses que sí han desaparecido, pero vieron cómo miles de familias los abandonaban en busca de una vida supuestamente mejor. Los colegios se vaciaron. Cada año, al comenzar el curso, los maestros verificaban la desaparición de varios de sus alumnos. Era un goteo, un chorreo a veces, imparable. Los andaluces partían en busca de un sueldo bajo pero continuo durante todo el año, algo que no tenían en Andalucía, donde el empleo era estacional, y con su esfuerzo y su humillación levantaron, entre otros lugares, Cataluña. Allí, sobre todo durante las primeras décadas, la gran mayoría de esos andaluces emigrados vivieron en condiciones infrahumanas, primero en barracas y luego en bloques de pisos levantados en pocos meses y sin ningún tipo de planificación ni servicios. Como ha demostrado Manuel Peña Díaz, pueblos cercanos a Barcelona como La Llagosta, habitados durante siglos por pequeños agricultores, vieron una inmejorable oportunidad de enriquecerse dejando llegar a todas estas familias empobrecidas, dispuestas a trabajar donde fuera y a vivir en míseras condiciones. Sus huertas o pequeñas fincas de labor fueron vendidas a precio de oro para levantar polígonos industriales y edificios de viviendas, que de la noche a la mañana surgieron separados por calles aún de tierra y algunos de ellos sin abastecimiento de agua durante meses. Los miembros de esas familias de propietarios de los pueblos regentaban los ayuntamientos y se ocuparon de dejar bien claro quiénes eran catalanes y quiénes no los domingos a la salida de misa en los bailes de sardana, esos círculos cerrados, a veces excluyentes, y en muchas ceremonias organizadas con planteamiento segregacionista. Los recién llegados no hablaban catalán, no eran catalanes. Cuando uno lee sobre esos años —algunos descendientes de aquellos inmigrantes han podido estudiar y han vuelto la mirada con valentía y ánimo iluminador hacia esa época abominable—, piensa en todas aquellas personas que se vieron obligadas a dar aquel paso en busca de dinero y dignidad y a menudo encontraron sueldos de miseria y trato degradante. Ellos eran murcianos, xarnegos, nunca ciudadanos como los otros, dignos de las mismas consideraciones. No hay que generalizar, desde luego, pero Cataluña no parece una tierra de agradable acogida, por desgracia.
            De ese drama humano tratan algunas de las mejores novelas de Juan Marsé (Barcelona, 1933). Hace un mes comentaba La oscura historia de la prima Montse y hoy le toca el turno a Últimas tardes con Teresa, anterior a aquella. Esta me ha gustado más, si cabe, por su temática, puramente nacional, sin veleidades parisinas, y sobre todo por la construcción del personaje protagonista, Manolo Reyes, el Pijoaparte. Nacido en Ronda, guapo, bien plantado, abandona un pueblo en el que no ve futuro y, después de recalar en la Costa del Sol, donde trabaja de albañil y camarero, viaja a Barcelona, donde vive su hermanastro. Allí es acogido a regañadientes y sobrevive como puede protegido por un hampón homosexual ya mayor que se prenda de él nada más verlo. La acción principal transcurre a mediados de los años 50. Atraído por las mujeres, el Pijoaparte conoce a muchachas de la alta sociedad barcelonesa y consigue enamorarlas gracias a su arrojo y, en general, a su atractivo personal, concebido gracias a mil experiencias que no suelen estar al alcance de los miembros de las clases acomodadas. El narrador, producto de un Marsé poseedor de una aguda conciencia social y tal vez tocado por el resentimiento, realiza una feroz crítica de los hijos de familias adineradas que, aquejados a su vez de problemas de conciencia por el trato que reciben los obreros de las fábricas de sus padres, simpatizan con las ideas comunistas. Los presenta como universitarios que juegan a hacer la revolución, que corren delante de la policía por puro deporte. Marsé no tiene piedad de ellos y, en un desahogo verbal, los llama «señoritos de mierda» (pág. 331). El autor realiza también una curiosa personación en su novela cuando se dibuja en ella como un coge culos, un aprovechado que disfruta metiendo mano a las mujeres en el bullicio de fiestas o verbenas. «Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano» —dice una muchacha a otra—. «El domingo pasado me pellizcó a mí y luego me dio su número de teléfono por si quería algo de él, qué te parece el caradura» (pág. 360). Para el lector capaz de trasladarse con éxito a la mentalidad de aquellos años, no ser históricamente presentista, y considerar las cosas como eran en aquella época en España, no como son hoy —cuando una persona así es inmediatamente denunciada a la policía—, esta broma del autor puede resultar divertida. La venganza de ese coge culos verbenero llamado Marsé recae en Teresa Serrat, el mayor objeto del deseo del protagonista, y ese día la más guapa del baile. Pero no todo en la novela es crítica social. Esta viene acompañada de un romance auténtico, límpido, resplandeciente, de esos que solo se viven una vez, de los imposibles socialmente pero basados en pura atracción física. Por último, destacar la escena del primer amanecer en el cuarto de Maruja, donde el lector constata hasta dónde llega la ambición inicial de Manolo Reyes, aún no atenuada por la irrupción del amor, ese milagro.
            En cuanto a cuestiones técnicas, el narrador es muy clásico, omnisciente y en tercera persona, pero muy efectivo. El último capítulo, al estilo de «Qué pasó con…», recuerda la forma de acabar alguna célebre novela decimonónica, como Los Maia, de Eça de Queiroz.
En definitiva, una obra de forma muy clásica que trata pasiones de todas las épocas. Muy recomendable.

Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, Barcelona, Debolsillo, 2015 (Edición levemente corregida por el autor. La original es de 1966).

Manuel Peña Díaz, «La LLagosta: el catalanismo franquista y la inmigración andaluza», en Andalucía en la historia, nº 28, abril-junio de 2010, Centro de Estudios Andaluces (Sevilla), págs. 28-31.

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