jueves, 2 de enero de 2020

El exilio interior. La vida de María Moliner, de Inmaculada de la Fuente


(Foto: El País)

Madrid. Madrugada de un frío día de 1952. Aún quedan varias horas para que amanezca y ya está encendida la luz del comedor en casa de la familia Ramón Moliner (Ramón es apellido). María Moliner, de cincuenta y dos años y madre de cuatro hijos, aprovecha para trabajar en el diccionario que está escribiendo antes de acudir a su trabajo como bibliotecaria. La mesa ha desaparecido bajo los diccionarios, los libros, los periódicos y los papeles desplegados. Una máquina de escribir ocupa el lugar central y en ella teclea María con amor hacia el descanso de su familia. A su marido, profesor de Física, no lo tiene cerca, está destinado en Salamanca y se ven cuando buenamente pueden. Esa soledad, efecto también de su retraimiento social tras la guerra incivil por el proceso de depuración que sufrió en los años cuarenta —proceso que la rebajó sensiblemente en su escalafón como funcionaria e hizo desparecer todos sus esfuerzos en pro de la modernización y el enriquecimiento de la red de bibliotecas públicas españolas, ella, que tan alejada estuvo siempre de las pasiones políticas—, la va ayudar en su trabajo. María es una persona voluntariosa, tenaz, aragonesa para más señas. Y tiene un plan. Quiere escribir un diccionario que nunca se ha escrito, una especie de enciclopedia filológica que tenga entre sus funciones ayudar a usar el español. Entradas de su diccionario como ser o estar serán de gran utilidad para personas que aprendan el español como segunda lengua y no tengan en la suya materna esas distinciones que tanto enriquecen nuestro idioma. Otras, como verbo —que ocupa en el diccionario más de cuarenta páginas y María tardó en escribir las vacaciones completas de dos veranos—, serán un tratado de gramática en sí mismas. ¡Dios, qué tarde se ha hecho! María tiene que salir para acudir a su trabajo, pero antes recogerá todo el material desplegado sobre la mesa, necesaria para que desayunen los hijos. Por la tarde, después de comer, volverá a desplegar el material y a sentarse para trabajar en su diccionario. Y así durante catorce años —el primer tomo de los dos de que se compone su obra se publicará en 1966—, en realidad hasta su muerte, pues la autora no dejará de añadir correcciones y mejoras a su diccionario hasta que esté en condiciones de trabajar. Durante los primeros años solo sabían de su trabajo la familia y alguna amiga, pero nadie del mundo de los filólogos académicos, miembros de esos grupos cerrados y bastante inoperantes. Alguien apiadado de su esfuerzo hizo llegar muestras de su trabajo a personas muy influyentes, el poeta y crítico Dámaso Alonso entre otras, que quedaron realmente admiradas, tanto que empezaron a moverse para conseguir que el diccionario fuera publicado. Cuentan que cuando María supo que su candidatura como miembro de la Real Academia Española, promovida tras la publicación del diccionario, había sido rechazada, se sintió aliviada porque no se veía con fuerzas para hacer el trabajo de tantas personas. Así era ella. 
            De todo esto y de mucho más trata el libro de la señora Inmaculada de la Fuente, cuya lectura recomiendo encarecidamente. No todos los exiliados salieron de España.

Inmaculada de la Fuente, El exilio interior. La vida de María Moliner, Madrid, Turner Publicaciones, 2018 (2ª ed., la 1ª es de 2011).

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