sábado, 31 de agosto de 2024

Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent

 

Establecimiento de la Malvarrosa (Las Provincias)

            Novela de muy fácil lectura, corta y amena. Cuenta los años del despertar a la vida sexual práctica de un jovencito de Villavieja, Castellón, que va estudiar a Tortosa y Valencia. Parece una autobiografía disfrazada de novela o, más bien, una autobiografía novelada, y seguramente lo sea. Está narrada en primera persona. La acción transcurre en los años cincuenta.

            El protagonista tiene un padre severo, de los de ordeno y mando, que crea en el muchacho una obligación de hacer lo que le pide. Y el padre, agricultor —naranjero— acomodado, quiere, desea, como una culminación de sus aspiraciones sociales, que su hijo sea sacerdote. Es por él que el hijo se engaña e intenta seguir un camino para el que no está llamado, pues sus pulsiones sexuales y su afán de ser independiente y vivir y conocer mundo son incompatibles con la vida célibe, recluida y obediente que llevan los sacerdotes. El paso por el seminario de Tortosa está contado muy a la ligera, como si quisiera ver solo por encima una época de su vida de molesto recuerdo. La misma sensibilidad del protagonista, sin duda superior a lo normal, le impide vivir la vida con la despreocupación y la materialidad de sus conocidos, que se entregan al comercio carnal en los prostíbulos sin atisbo alguno de remordimiento o repelús. Estas casas de putas, de frecuentación tan habitual para los varones de la época, están muy bien descritas, como también lo están el carácter y los impulsos de aquellas mujeres, obligadas a mercadear con su cuerpo para sobrevivir. Muy relacionada con estas visitas a las casas de lenocinio está en la novela la figura de Vicentico Bola, una especie de embaucador simpático, sin maldad, en el fondo noble y generoso, que disfruta haciendo creer a aquellas pobres mujeres que es una persona muy influyente y repartiendo con ellas, y sin tasa, su dinero. Es un hombre de físico extraordinario, una especie de armario ropero de ciento treinta kilos, con el que el lector pasa momentos realmente divertidos, sobre todo en aquella aventura de cambiar de alcalde un pueblecito del maestrazgo solo con su presencia y su fingida autoridad. Alrededor de su figura transcurre casi toda la novela, se abre y casi se cierra. Y digo casi porque el final está dedicado al momento culminante de la narración, el de la unión sexual del protagonista con alguien a quien realmente desea, momento lleno de simbolismo, pues la unión tiene lugar en la casa, entonces abandonada y vandalizada, de Blasco Ibáñez en la Malvarrosa y en un lecho conformado con publicaciones de Falange, revistas como Jerarquía y periódicos como El Español y Arriba, creando así una síntesis casi perfecta entre su mundo nuevo y su mundo antiguo, al que da el portazo definitivo con esta relación sexual y la rabia por los abusos sufridos de la mano del capitán general de Valencia en aquellos años, el tristemente célebre Joaquín Ríos Capapé.

            A destacar en esta novela, como en otros textos de Manuel Vicent, su plasticidad, la gran capacidad que posee para hacer sentir al lector lo que tiene delante, lo que ve, huele, escucha o toca en la narración, lo que han de percibir sus sentidos. Llama mucho la atención el uso frecuente del adjetivo empastado, propio de la crítica de pintura, cuando el autor se refiere a los atardeceres u otros espectáculos del firmamento.

            Una novela que usted seguramente ya habrá leído, pues fue un best seller en su época y adaptada al cine con el mismo título. Y si no la ha leído, ya tiene una novela nueva para su lista, que la vida es corta y conviene elegir bien qué leer.

 

Manuel Vicent, Tranvía a la Malvarrosa, Madrid, Santillana, 1994.

 

Víctor Espuny.

lunes, 26 de agosto de 2024

Una historia particular, de Manuel Vicent

Imagen de Vilavella, Castellón. (C. A. D.)

            El último libro de Manuel Vicent llegó a mis manos de manera poco premeditada. Cuando lo vi en el escaparate de una librería recordaba haber leído una excelente novela suyaBalada de Caín— y haber disfrutado con la sensualidad de sus textos periodísticos, en los que siempre había lugar para las sensaciones físicas, algo muy valorable en los escritores. Así que me lo llevé. Ya en casa descubro que es un libro recién editado, en mayo de este año. Además, su extensión es engañosa: tiene un poco más de doscientas páginas, pero un buen número de ellas están en blanco por acabar los capítulos en página impar y empezar siempre en par. Los capítulos, sin numerar, son cortos en su inmensa mayoría, de solo tres páginas, siguiendo las más extendidas normas de la escritura actual si quieres tener lectores, pues parece que solo tenemos tiempo y capacidad de concentración para lecturas de extensión muy reducida, en pequeñas pildoritas, quizá por la competencia del abominable mundo digital. Hay un momento del libro de Manuel Vicent (1936) en el que el autor se declara analógico, algo que también podemos decir algunos mucho más jóvenes.

            Una historia particular es una autobiografía novelada en algunos pasajes, de eso no me cabe duda. Aunque dudo mucho que el autor lea estas líneas, quiero hacerle llegar mi más sentido pésame por la muerte de su hijo Mauricio (1963), corresponsal muchos años en La Habana, persona que no aparece mencionada en el libro ni una sola vez. Vicent habla de una hija y unas nietas, pero jamás de su hijo. La muerte de un descendiente directo es uno de los sucesos de este mundo más difíciles de encajar. De todas formas, ese fallecimiento es muy reciente —murió en junio de 2023— y puede que acaeciese cuando el libro estaba ya en manos de los editores. Como decía, la inmensa mayoría de los capítulos tienen solo tres paginas con dos curiosas excepciones: el dedicado a los viajes y el dedicado a los perros que Vicent ha tenido en su vida. Llama la atención que estas dos posibilidades de la existencia, la tenencia de perros y la realización de viajes, sobre todo a destinos exóticos, sean dos de las costumbres más extendidas de los humanos occidentales. El amor hacia los perros de Vicent llega hasta el punto de escribir: «¿Qué otra cosa puede uno esperar de la vida sino que al final una perra te sea fiel, te recoja la pelota, te sonría cuando la acaricias y llore cuando te mueras?» (pág. 173). Estas palabras son ciertamente inquietantes, muy desesperanzadas. ¿Para qué, o mejor, dónde hemos quedado las personas en esta sociedad, tan fría, tan falta de empatía?

Para un lector de mediana edad, los capítulos del libro de mayor interés son aquellos centrados en el nacimiento y el desarrollo de publicaciones como La codorniz y Hermano lobo (págs. 73 a 76); en la vida parlamentaria de los tiempos de la Transición, cuando los comunistas entran por primera vez en el Congreso después de la muerte de Franco; y, cabalmente, los últimos, aquellos que hablan de la forma más sabia de vivir la vejez, estos, para mí, antológicos. Igualmente son recomendables, por provenir de vivencias muy particulares, capítulos como el dedicado al nacimiento de las galerías de arte contemporáneo en Madrid a finales de los años sesenta y principios de los setenta (págs. 85 a 88), parte de nuestra historia que finaliza con la irrupción de la galerista Juana de Aizpuru, persona de empuje y carácter notables, promotora, como el lector sabe, de la feria de arte contemporáneo ARCO.

Tras la lectura de Una historia particular a uno le queda la sensación de que Manuel Vicent es un hombre afortunado, que ha hecho de su vida exactamente lo que ha querido, pero a uno le queda también como un incómodo frío metido en el cuerpo, y un raro sabor en la boca.

 

Manuel Vicent, Una historia particular, Barcelona, Alfaguara, 2024.

 

Víctor Espuny.

 


sábado, 24 de agosto de 2024

El hereje, de Miguel Delibes

 

Valladolid según Civitates Orbis Terrarum (1572)

            El texto que comienzo a escribir está pensado para todos los lectores, pero aquellos que aún no han leído la novela, y encuentran un particular placer en la trama de las narraciones, en saber qué pasará con el protagonista, deben evitar leerlo. 

            El hereje (1998), novela del escritor castellano y vallisoletano Miguel Delibes (1920-1010), puede colmar distintas inclinaciones. Por un lado, la histórica. El hereje cuenta la vida de Cipriano Salcedo (1517-1559), personaje de ficción, y sus relaciones con personajes reales, todos, finalmente víctimas del auto de fe inquisitorial que tuvo lugar en Valladolid en mayo de 1559. Cipriano nace el mismo día que Lutero fija sus tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg, hecho considerado, en general, como acto fundacional de la reforma protestante y condicionante de la vida de Cipriano. La sacudida que supuso para las sociedades centroeuropeas la irrupción de esa nueva corriente religiosa llegó en forma de ondas a España, principalmente, según parece, a Castilla, donde se crearon dos centros de difusión más vitales por ser residencia de personas viajeras e ilustradas: Valladolid y Sevilla. Ambos centros de propagación de las ideas protestantes serán fulminados el mismo año —1559— por medio de autos de fe en los que fallecieron individuos de las más altas clases sociales, incluso miembros importantes de la Iglesia. Fueron quemados en la hoguera vivos aquellos que no habían abjurado públicamente de la «falsa religión», y muertos, ejecutados por garrote vil instantes antes de darlos a la pira, aquellos que sí lo habían hecho. El escarmiento tenía que ser ejemplar. Ya no se trataba de moriscos o judaizantes, personas con poco relieve social, sino de miembros conspicuos de la sociedad. Según Marcel Bataillon en su magna obra Erasmo y España, medidas tan bárbaras se tomaron con la anuencia del papado, que veía en esos focos españoles un claro peligro de propagación de la falsa religión en la siempre fiel España, reserva de la fe. Los lectores saben como yo que en aquellos años finales del reinado de Carlos I se truncó el esplendoroso camino que llevaba nuestro país en el campo intelectual, cuando aún era posible la celebración de conferencias como la que tuvo lugar en Valladolid en 1527, el mismo año del lamentable saco de Roma, para dilucidar quiénes tenían razón, si los partidarios de las ideas de Erasmo o aquellos defensores de las doctrinas apostólicas y romanas, las más tradicionales, valedores a ultranza de las indulgencias, la confesión oral y todo el aparato ceremonial de la Iglesia de Roma. También por esas fechas, aunque más avanzado el siglo —en 1550—, se celebró en la ciudad del Pisuerga una junta de teólogos y pensadores donde se dilucidó la naturaleza de los indios de América, pues había una corriente contraria a considerarlos como personas y, por tanto, tan respetables como el resto de ellas, todos lo respetables, eso sí, que podía ser en aquella época cualquiera que no perteneciera al alto clero o a la nobleza, poco, la verdad. Cabe recordar también que en aquellos primeros prometedores años del reinado, Carlos I tenía cerca de él al lingüista Juan de Valdés y aún más cerca a su hermano Alfonso de Valdés —secretario del Emperador—, que dio a la imprenta obras tan definitivas en la crítica del papado romano como el Diálogo de Mercurio y Carón. Los dos hermanos eran entusiastas erasmistas, defensores de instaurar aires nuevos en la Iglesia, y el mismo Emperador, en su juventud, estuvo muy influenciado por las ideas de Erasmo. Luego todo se torció.

Pero la inclinación que más colma la lectura de la novela es la literaria. Decía Miguel Delibes que él era narrador, y por lo tanto constructor de hombres, paisajes y pasiones. También decía que era hombre de palabras, no de letras. Aludía con esta frase al origen oral de los relatos, contados por fabuladores —en la mayoría de los casos ayunos completamente de letras, analfabetos— desde tiempo inmemorial. Estas afirmaciones suyas, concentradas en un discurso de apenas seis minutos pronunciado en un acto académico ya al final de su vida, son tan lúcidas y exactas que no me he resistido a copiarlas aquí. Constructor de hombres, paisajes y pasiones. Teodomira, Minervina y, sobre todo, el mismo Cipriano Salcedo son creaciones que quedan impresas para siempre en el corazón de los lectores de El hereje. Pero sobre todo Cipriano. Desde que nace uno lo sabe en peligro. Su padre no lo quiere, lo detesta, lo llama asesino porque su madre muere de sobreparto cuando él nace. Es ahí donde aparece un ama de cría, Minervina, que va a estar toda la vida pendiente de él para protegerlo, y con quien Cipriano consumará el amor de la forma más freudiana que imaginarse pueda, uniéndose a una madre postiza que es su madre verdadera. Si esto lo añadimos a que en el momento de la consumación Cipriano es apenas un adolescente que ha pasado casi toda su infancia en una casa de expósitos por disposición de su cruel padre, la acción misma de la unión sexual con la persona que le ha dado el pecho y lo sacó adelante se vuelve más emotiva. Entre las actividades de los expósitos se encontraba obtener limosnas gracias a la exposición de cadáveres de supuestos familiares a los que era necesario enterrar. Esta costumbre, que hoy nos parece muy lejana por insalubre, tuvo continuación al menos hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando aún se practicaba incluso en Madrid. Decía también Delibes que era constructor de pasiones, ya lo hemos visto, y de paisajes. Es ahí, en el paisaje, en la descripción detallada que hace el autor de la naturaleza, de los riscos, los páramos, los animales y los sembrados, donde más pueden disfrutar las personas que viven en ciudades, alejados del campo. Aquí encuentra uno también la descripción de prácticas cinegéticas, como la caza de la perdiz con reclamo o del conejo con hurón, acciones que pueden parecer poco aptas para personas sensibles, pero que los cazadores asumen como naturales desde su infancia. Ambas han sido maneras de buscar el alimento desde que existe la humanidad, forman parte de nuestra cultura y aparecen descritas en los relatos fieles a la realidad, como este de Delibes, que ya sabemos lo cazador que era.

Mas hay que poner un pero a la novela o, mejor dicho, puede ponérsele un pero: el lenguaje de los diálogos. Este no resulta fiel al de la época, el siglo XVI. Entonces nadie decía, por ejemplo, «con escapadas frecuentes al entorno rural» ni «Wittenberg me sorprendió por su actividad editorial» (ambas citas de la página 30). El uso de estructuras sintácticas y palabras actuales está tan extendido en los diálogos de la novela que parece algo intencionado, aunque no tenemos al autor con vida para consultarle. De todas formas, pasadas las primeras páginas uno se sumerge de tal manera en la acción y las descripciones que se relaja y olvida esas presuntas imperfecciones. No voy a ponerle faltas a una obra monumental, como esta, escrita cuando don Miguel tenía casi ochenta años, fruto de un gran trabajo de documentación y de redacción tan esforzada que cobró al autor, como es sabido, el pago de su salud.

Cipriano Salcedo y sus nobles compromisos —consigo mismo, con sus compañeros de conventículo y con los olvidados por la fortuna—, van a tener siempre un lugar de privilegio en nuestro compartimentado corazón, cada vez más lleno de héroes literarios inolvidables.

 

Miguel Delibes, El hereje, Barcelona, Ediciones Destino, 2023. Prólogo de Víctor del Árbol. 441 páginas.

 

Víctor Espuny.

viernes, 16 de agosto de 2024

Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina

Detalle de la cubierta del libro

«Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida» (copiado de antoniomuñozmolina.es). Fiel a esta creencia, compartida por este humilde escribidor-reseñador, el autor ubetense nos regala en Carlota Fainberg, una novela de lectura realmente absorbente, un ejemplo más de esa afirmación, acompañada de una descripción de la vida en los aeropuertos, de la decadencia de los establecimientos de hostelería históricos y arruinados y, entre otras cosas, de cómo el feminismo extremado y la excluyente dictadura queer se han hecho dueños de muchos departamentos universitarios de estudios humanísticos, sobre todo de los reservados a los estudios literarios, donde si no eres mujer o lesbiana u homosexual declarado, o das preponderancia y mayor visibilidad a las autoras sobre los autores, tu carrera está acabada o, al menos, se enfrenta a un duro hándicap (dificultad, desventaja, inconveniente, impedimento, obstáculo, escollo, estorbo o tropiezo). El protagonista-narrador, homodiegético, por tanto, se llama Claudio, de nacionalidad española, y es profesor en una universidad estadounidense. Debido al mal tiempo invernal se ve atrapado durante horas en el aeropuerto de Pittsburg, de donde pretende trasladarse a Buenos Aires para participar en un congreso o reunión de colegas y leer un trabajo sobre un soneto de Borges. Allí conoce, se le pega, un español con ganas de hablar, un individuo que al principio le cae fatal por resultar una confirmación viviente de todos los tópicos sobre el español poco cultivado —bebedor, mujeriego y machista —, pero luego se revela como un gran contador de historias. Gracias a su relato, versado sobre una aventura erótica pasada en la capital argentina, las horas se hacen más cortas en el aeropuerto asediado por la nieve. Una vez que las pistas se abren y las instalaciones vuelve a funcionar, los dos se separan y entonces ocurre quizá lo mejor de la novela, corta, de apenas ciento setenta páginas, porque Claudio comienza a darse cuenta de que no es tan distinto como se veía del español que contribuyó a amenizar la espera en el aeropuerto realizando una de las aficiones más primitivas y necesarias de los hombres: contar y escuchar historias. En días como hoy, y escribiendo textos como este, recuerdo a mi madre, pobrecita, que lleva casi veinte años enterrada. Fue ella la que me aficionó a la literatura contándome Los tres cerditos, Garbancito o Caperucita: sembraba, sin ella saberlo, la mejor de las simientes en la mente de su hijo. 

Si quiere leer un libro ameno, escrito en algunos pasajes en un castellano entreverado de anglicismos —un curioso espanglish perfectamente inteligible—, si quiere conocer la dramática y tórrida historia de Carlota Fainberg, no lo dude: su libro es este.

Gracias, don Antonio, una vez más.

 

Antonio Muñoz Molina, Carlota Fainberg, Barcelona, Seix Barral, 2024. (El relato original fue publicado por entregas en El País en 1994. Ha conocido otras ediciones anteriores).

 

Víctor Espuny.


miércoles, 14 de agosto de 2024

El camino, de Miguel Delibes

 

Molledo (turicantabria.com)

       Miguel Delibes escribió está emocionante y entrañable novela de formación y crecimiento alrededor de 1950, cuando aún tenía treinta años. No sé si será determinante la edad que uno tiene para escribir sobre la infancia. Puede pensarse que la edad mejor para ello sea la vejez, por aquello de que uno, cuando se hace mayor, recuerda con más claridad las vivencias antiguas que las recientes. De cualquier modo, en este caso claramente no es así.

          Esta novela se lee casi de un tirón por la amenidad de sus episodios, repartidos en capítulos que pueden leerse de manera independiente. Un narrador en tercera persona que usa de manera casi exclusiva el punto de vista del protagonista, Daniel, el Mochuelo, cuenta los recuerdos que le vienen a la memoria a un niño de once años, el mismo Daniel, cuando está a punto de abandonar el valle y la aldea donde se ha criado para ir a la ciudad, obedeciendo las disposiciones paternas. El título de la novela viene de una homilía pronunciada por don José, el párroco, en el que este santo varón habla del camino que Dios ha dispuesto para nosotros y debemos seguir para cumplir con lo que se espera de nosotros. Pero Daniel, hombre pensante y muy voluntarioso, es consciente de que el camino trazado por el padre para él no es el que él hubiera elegido, y uno acaba la novela con la seguridad casi absoluta de que finalmente seguirá uno propio. Sin duda, Delibes nos está hablando aquí de la vocación, entendida esta como la asunción de un camino propio y, a menudo, inesperado para los que nos rodean. También, y esta sigue siendo una apreciación mía muy personal y discutible, en esa alusión tan poco velada del párroco a la predestinación puede leerse una inclinación del autor hacia pensamientos de índole calvinista, algo, ya digo, que solo puede afirmarse de manera muy arriesgada, pues los censores de novelas en la España de los años cincuenta debían ser personas con abundantes lecturas. En cualquier caso, ya conocemos la inclinación de Delibes por las personas que sacaban los pies del tiesto, y ahí se encuentran los considerados herejes.

            Escrita en un castellano terso y sencillo, rico, eso sí, en palabras de la zona de Molledo (Cantabria), Delibes se recrea en la naturaleza y en los recuerdos de sus veraneos de la infancia para gestar una infinidad de personajes, entrañables, unos, detestables, otros, pero todos muy reales. El trío formado por Daniel, el Mochuelo; Germán, el Tiñoso; y Roque, el Moñigo queda grabado en la imaginación del lector por muchos años, así como la presencia de otros personajes, muchos de ellos, seguramente, tomados de la realidad. Siendo una novela de Delibes, hubiera resultado extraño que faltaran acciones cinegéticas, escenas de caza, que hoy un lector presentista censurará llevado por su ignorancia de la historia de los pueblos.

Si quiere pasar buenos ratos, si quiere emocionarse y reír a carcajadas, lea El camino, y vuelva a ser, por unas horas, el niño que fue.

 

Miguel Delibes, El camino, Barcelona, Destino, 1988. (Ejemplar desechado por una biblioteca pública alicantina e incorporado con presteza a mi biblioteca, llena de lamentables lagunas).

 

Víctor Espuny.

jueves, 8 de agosto de 2024

Clarissa, de Stefan Zweig

 

Detalle de la cubierta

 

Novela del genio austriaco Stefan Zweig, muerto prematuramente, y por decisión propia, en 1942, a los sesenta y un años, cuando su compresión del mundo, casi omnisciente, le hizo perder cualquier esperanza de supervivencia de lo humano en el tiempo que le había tocado vivir. Ya conocen su biografía, y si no lo hacen léanla, entenderán muchos aspectos de su obra y su manera de pensar, sobre todo el porqué de su pacifismo y su bonhomía.

            Clarissa, narración inacabada y publicada de manera póstuma, cuenta los avatares de la vida de una mujer joven e instruida que intenta sobrevivir en aquella realidad tan sumamente cambiante y tan atractiva desde los puntos de vista intelectual y artístico que fue la Centroeuropa de las tres primeras décadas del siglo XX. Destaca en ella la presencia de personajes contemporáneos a la acción de la novela como Freud y María Montessori, ambos determinantes en el devenir de la sociedad occidental, aunque las enseñanzas de Montessori hayan sido olvidadas por muchos docentes (y las de Freud por muchos psicoterapeutas). No voy a adelantarles cuestiones del argumento, pero puedo asegurarles que la forma de vivir de la protagonista se encuentra bastante más cercana a la de las jóvenes de hoy de lo que pueda pensarse. Léanla antes de cualquier best seller de grosor de ladrillo de los que llenan los escaparates.

Stefan Zweig, no olviden ese nombre.

 

Stefan Zweig, Clarissa, Barcelona, Acantilado, 2017. Traducción de Marina Bornas Montaña.

 

Víctor Espuny.