Valladolid según Civitates Orbis Terrarum (1572)
El texto que comienzo a escribir
está pensado para todos los lectores, pero aquellos que aún no han leído la
novela, y encuentran un particular placer en la trama de las narraciones, en saber
qué pasará con el protagonista, deben evitar leerlo.
El hereje (1998), novela del
escritor castellano y vallisoletano Miguel Delibes (1920-1010), puede colmar
distintas inclinaciones. Por un lado, la histórica. El hereje cuenta la
vida de Cipriano Salcedo (1517-1559), personaje de ficción, y sus relaciones
con personajes reales, todos, finalmente víctimas del auto de fe inquisitorial
que tuvo lugar en Valladolid en mayo de 1559. Cipriano nace el mismo día que
Lutero fija sus tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg, hecho
considerado, en general, como acto fundacional de la reforma protestante y
condicionante de la vida de Cipriano. La sacudida que supuso para las
sociedades centroeuropeas la irrupción de esa nueva corriente religiosa llegó
en forma de ondas a España, principalmente, según parece, a Castilla, donde se
crearon dos centros de difusión más vitales por ser residencia de personas
viajeras e ilustradas: Valladolid y Sevilla. Ambos centros de propagación de
las ideas protestantes serán fulminados el mismo año —1559— por medio de autos
de fe en los que fallecieron individuos de las más altas clases sociales,
incluso miembros importantes de la Iglesia. Fueron quemados en la hoguera vivos
aquellos que no habían abjurado públicamente de la «falsa religión», y muertos,
ejecutados por garrote vil instantes antes de darlos a la pira, aquellos que sí
lo habían hecho. El escarmiento tenía que ser ejemplar. Ya no se trataba de
moriscos o judaizantes, personas con poco relieve social, sino de miembros
conspicuos de la sociedad. Según Marcel Bataillon en su magna obra Erasmo y
España, medidas tan bárbaras se tomaron con la anuencia del papado, que
veía en esos focos españoles un claro peligro de propagación de la falsa
religión en la siempre fiel España, reserva de la fe. Los lectores saben como
yo que en aquellos años finales del reinado de Carlos I se truncó el
esplendoroso camino que llevaba nuestro país en el campo intelectual, cuando
aún era posible la celebración de conferencias como la que tuvo lugar en
Valladolid en 1527, el mismo año del lamentable saco de Roma, para dilucidar
quiénes tenían razón, si los partidarios de las ideas de Erasmo o aquellos
defensores de las doctrinas apostólicas y romanas, las más tradicionales, valedores
a ultranza de las indulgencias, la confesión oral y todo el aparato ceremonial
de la Iglesia de Roma. También por esas fechas, aunque más avanzado el siglo —en
1550—, se celebró en la ciudad del Pisuerga una junta de teólogos y pensadores
donde se dilucidó la naturaleza de los indios de América, pues había una
corriente contraria a considerarlos como personas y, por tanto, tan respetables
como el resto de ellas, todos lo respetables, eso sí, que podía ser en aquella
época cualquiera que no perteneciera al alto clero o a la nobleza, poco, la
verdad. Cabe recordar también que en aquellos primeros prometedores años del
reinado, Carlos I tenía cerca de él al
lingüista Juan de Valdés y aún más cerca a su hermano Alfonso de Valdés —secretario del Emperador—, que dio a la imprenta
obras tan definitivas en la crítica del papado romano como el Diálogo de
Mercurio y Carón. Los dos hermanos eran entusiastas erasmistas, defensores
de instaurar aires nuevos en la Iglesia, y el mismo Emperador, en su juventud,
estuvo muy influenciado por las ideas de Erasmo. Luego todo se torció.
Pero la inclinación que más colma la
lectura de la novela es la literaria. Decía Miguel Delibes que él era narrador,
y por lo tanto constructor de hombres, paisajes y pasiones. También
decía que era hombre de palabras, no de letras. Aludía con esta frase al origen
oral de los relatos, contados por fabuladores —en la mayoría de los casos
ayunos completamente de letras, analfabetos— desde tiempo inmemorial. Estas
afirmaciones suyas, concentradas en un discurso de apenas seis minutos
pronunciado en un acto académico ya al final de su vida, son tan lúcidas y
exactas que no me he resistido a copiarlas aquí. Constructor de hombres,
paisajes y pasiones. Teodomira, Minervina y, sobre todo, el mismo Cipriano
Salcedo son creaciones que quedan impresas para siempre en el corazón de los
lectores de El hereje. Pero sobre todo Cipriano. Desde que nace uno lo
sabe en peligro. Su padre no lo quiere, lo detesta, lo llama asesino porque su
madre muere de sobreparto cuando él nace. Es ahí donde aparece un ama de cría,
Minervina, que va a estar toda la vida pendiente de él para protegerlo, y con
quien Cipriano consumará el amor de la forma más freudiana que imaginarse
pueda, uniéndose a una madre postiza que es su madre verdadera. Si esto lo añadimos
a que en el momento de la consumación Cipriano es apenas un adolescente que ha
pasado casi toda su infancia en una casa de expósitos por disposición de su
cruel padre, la acción misma de la unión sexual con la persona que le ha dado
el pecho y lo sacó adelante se vuelve más emotiva. Entre las actividades de los
expósitos se encontraba obtener limosnas gracias a la exposición de cadáveres
de supuestos familiares a los que era necesario enterrar. Esta costumbre, que
hoy nos parece muy lejana por insalubre, tuvo continuación al menos hasta la
segunda mitad del siglo XIX, cuando aún se practicaba incluso en Madrid. Decía
también Delibes que era constructor de pasiones, ya lo hemos visto, y de
paisajes. Es ahí, en el paisaje, en la descripción detallada que hace el autor
de la naturaleza, de los riscos, los páramos, los animales y los sembrados,
donde más pueden disfrutar las personas que viven en ciudades, alejados del
campo. Aquí encuentra uno también la descripción de prácticas cinegéticas, como
la caza de la perdiz con reclamo o del conejo con hurón, acciones que pueden
parecer poco aptas para personas sensibles, pero que los cazadores asumen como
naturales desde su infancia. Ambas han sido maneras de buscar el alimento desde
que existe la humanidad, forman parte de nuestra cultura y aparecen descritas
en los relatos fieles a la realidad, como este de Delibes, que ya sabemos lo
cazador que era.
Mas hay que poner un pero a la novela o,
mejor dicho, puede ponérsele un pero: el lenguaje de los diálogos. Este no
resulta fiel al de la época, el siglo XVI. Entonces nadie decía, por ejemplo,
«con escapadas frecuentes al entorno rural» ni «Wittenberg me sorprendió por su
actividad editorial» (ambas citas de la página 30). El uso de estructuras sintácticas y palabras
actuales está tan extendido en los diálogos de la novela que parece algo
intencionado, aunque no tenemos al autor con vida para consultarle. De todas
formas, pasadas las primeras páginas uno se sumerge de tal manera en la acción
y las descripciones que se relaja y olvida esas presuntas imperfecciones. No
voy a ponerle faltas a una obra monumental, como esta, escrita cuando don
Miguel tenía casi ochenta años, fruto de un gran trabajo de documentación y de
redacción tan esforzada que cobró al autor, como es sabido, el pago de su
salud.
Cipriano Salcedo y sus nobles compromisos
—consigo mismo, con sus compañeros de conventículo y con los olvidados por la
fortuna—, van a tener siempre un lugar de privilegio en nuestro compartimentado
corazón, cada vez más lleno de héroes literarios inolvidables.
Miguel
Delibes, El hereje, Barcelona, Ediciones Destino, 2023. Prólogo de
Víctor del Árbol. 441 páginas.
Víctor
Espuny.