lunes, 30 de septiembre de 2024

Novela de ajefrez, de Stefan Zweig

 

Fotografía de Louis Gardella. Nueva York en 1968.

El Queen Elizabeth en el plano medio.

 

               Obra del autor austriaco publicada de forma póstuma —fue la última que escribió—, posee un comienzo tan visual que resulta modélico. Son los minutos previos a la salida de un transatlántico que hace la travesía entre Nueva York y Buenos Aires. Estamos a comienzos de los años cuarenta o a finales de los treinta. El lector va recorriendo con la mirada las distintas partes del buque y la bulliciosa agitación que se vive en cada una de ellas. Hay emoción, nervios, despedidas, niños que corren por todos lados y acompañantes que apuran los últimos instantes antes de tener que abandonar el barco. Esos momentos previos al inicio del viaje están tan bien descritos que el lector se introduce de manera suave y complacida en la historia, sin advertir disonancias ni exigencias lingüísticas excepcionales. Es un comienzo propiciatorio. La historia, relatada en primera persona por un narrador homodiegético —presente en la acción—, parece centrarse en la figura de un campeón mundial de ajedrez, pero acaba dedicada, con absoluta brillantez, a un rival en el juego que el campeón encuentra en el buque, el señor B., un personaje que se ha visto obligado a salir de Austria por motivos políticos, impelido por la necesidad de salvar su vida ante el avance de los nazis. Creo que este personaje tan lúcido, tan atormentado, refleja muchas de las preocupaciones y algunas de las vivencias de Zweig, que se suicidó poco después de redactar esta novela. Aunque parece muy centrada en el mundo del ajedrez, la obra, muy corta y envolvente —se lee en una tarde—, puede ser disfrutada por cualquiera, aunque no haya movido una pieza de ajedrez en su vida. Ojalá Zweig no hubiera puesto fin a su existencia y nos hubiera dejado unos cuantos libros más: se fue con solo sesenta y un años y en un estado de forma intelectual tan bueno como para ser capaz de escribir una obra así. La suya fue una gran pérdida para el mundo de las letras.


Stefan Zweig, Novela de ajedrez, Barcelona, Acantilado, 2023; vigésima reimpresión de la primera edición, del año 2000. [Schachnovelle, 1942; traducción de Manuel Lobo Sierra].


Víctor Espuny.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Miedo, de Stefan Zweig

Postal de la Praterstrasse en 1913 (ansichtskarten-design-kunst.de).

            Se trata de una novela corta muy intensa y atractiva. La narración está concebida en tercera persona y desde el punto de vista de la protagonista, de lo que ella ve y cree saber. Ella es Irene Wagner, una mujer joven, apenas treinta años, de clase acomodada, que reside en Viena con su marido y sus hijos pero sin implicarse en la vida familiar, como si fueran personas extrañas. Vive un romance fuera del matrimonio, y a pesar de la angustia que sufre por sus sentimientos de culpabilidad, parece que sea ella la que maneje los hilos de su vida, la que sabe cómo salir de un importante aprieto en el que se ha metido, aunque en las paginas finales el argumento da un vuelco que convierte la narración en modélica.

            Miedo refleja el ambiente de Viena durante los últimos años del Imperio Austro-Húngaro, justo antes de la Gran Guerra. Posee un comienzo ejemplar, in media res: «Al bajar por la escalera de la casa de vecindad donde vivía su amante, doña Irene volvió a sentir cómo se apoderaba de ella, en un instante, aquel absurdo miedo». No hay descripción aparente alguna, pero no necesitamos saber más de la escalera ni de Irene por el momento para que nuestra atención se quede prendada del relato, porque la fórmula de tratamiento usada para Irene y el calificativo «de vecindad» evidencian ya una oposición, un conflicto. La novela fue escrita en 1913, cuando Sigmund Freud había publicado muchas de sus principales obras y era muy conocido en Viena, donde vivió el autor de Miedo hasta cumplir la treintena. Zweig debía haber leído sus obras, y seguramente conocía al propio Freud, y estos conocimientos propiciarían su interés por la psicología de los personajes, por su análisis, su centro de atención en esta novela, la mente de Irene Wagner. Zweig saca a la luz los pensamientos de la protagonista, sus mecanismos mentales, y estos se convierten en los verdaderos protagonistas de la narración.

            Novela muy recomendable: aunque se lee en una tarde te deja impresionado para mucho tiempo.


Stefan Zweig, Miedo, Barcelona, Acantilado, 2018 [Angst, 1925, aunque fue escrita una década antes; traducción de Roberto Bravo de la Varga].


Víctor Espuny.

 

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Pequeño Teatro, de Ana María Matute

 

Una soleada imagen de Pasajes, Guipúzcoa (surfingtheplanet.com). 

            Se trata de la primera novela de la autora barcelonesa. Fue escrita, según propio testimonio, con diecisiete años, aunque no vio la luz hasta una década más tarde, cuando ya le habían publicado Los Abel. Para comprender la precocidad de Matute como creadora de mundos novelescos tan bien perfilados, conviene conocer algunos rasgos de su biografía. Durante su infancia le fue diagnosticada una grave enfermedad. Para su curación —vivió ochenta y nueve años— abandonó Barcelona y viajó al hogar de sus abuelos, en un pueblecito de La Rioja, donde debió pasar una gran temporada que incluiría largos ratos de reposo y, sobre todo, lectura. Resultaría interesante realizar un estudio comparado de las biografías de grandes escritores como ella: muchos sufrieron en su infancia o adolescencia una grave enfermedad cuya convalecencia requirió abundantes ratos de soledad en los que buscaron la lectura, enfermedades que ayudarían, además, a afinar su sensibilidad.

            En Pequeño teatro nos encontramos en un mundo cerrado. La acción transcurre en Oiquixa —un lugar imaginario de la costa vascuence— y en un momento no bien determinado, seguramente a propósito, que puede situarse a últimos del siglo XIX o principios del XX. De los personajes principales destaca Andereia, un hombres sencillo, lúcido y bondadoso que posee un teatro de marionetas. El pueblo de Oiquixa, construido en la ladera de una montaña situada junto al mar, es, en realidad, y también, el escenario de un teatro, un escenario amplio, aunque constreñido entre el bravío mar norteño y las verdes montañas. El destino mueve los hilos que accionan a las marionetas, en este caso personajes de una extraordinaria complejidad para haber sido creados por una escritora de solo diecisiete años. Uno de estos personajes, Illé Eroriak, abre y cierra la novela y sirve de nexo de unión de los demás, pues con todos tiene trato. Hablo de un personaje de mente alterada, de esos que tanta tradición tienen en la historia de la literatura clásica contemporánea. Escritores como Dostoyevski, Faulkner o Steinbeck dan lugares relevantes en sus narraciones a este tipo de personajes, que hasta entonces habían ocupado poco espacio en la literatura, sobre todo en aquella de gusto más pacato y tradicional. En este caso, además, el personaje, Illé Eroriak, es esencialmente bueno, ingenuo, quizá infantil, y esto lo hace aún más atrayente al encontrarse atrapado en un temporal de humanas malquerencias. Otro de los elementos de interés de la novela es la melancolía, la nostalgia, la bruma, la oscuridad que impregnan el paisaje, sombrío, muy acorde con las pasiones que se desarrollan en esta obra de la gran autora española.

 

Ana María Matute, Pequeño teatro, Barcelona, Bibliotex, 2001. [Lo he leído en un ejemplar de la colección Las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX que acompañó hace unas décadas al diario El Mundo].

 

Víctor Espuny.

           

domingo, 15 de septiembre de 2024

La cultura del narcisismo, de Christopher Lasch

 

Narciso mirándose en el agua. Firma ilegible.

            Se trata de un ensayo de poco más de trescientas páginas, pero de lectura ardua en algunos pasajes al sobrentender en el lector conocimientos muy variados. Christopher Lasch (1932-1994) fue profesor universitario de historia, sociólogo y una persona muy culta a juzgar por todas las referencias cruzadas que aparecen en sus páginas. En su traducción al español han jugado de manera un tanto innoble con el lector al escamotear el adjetivo «americana». El texto está dirigido en todo momento a los lectores de aquel influyente país, aunque no tanto como para haber trasplantado a Europa deportes como el beisbol y el hockey sobre hielo, disciplinas de las que habla en extenso en el capítulo V, titulado «La degradación del deporte». Así mismo, la bibliografía que cita proviene en su mayor parte también de su país, hecho en este caso comprensible por ser los Estados Unidos el modelo de la sociedad capitalista, el país, por tanto, donde mejor y más tempranamente se han observado y se han estudiado los cambios sociales habidos durante los siglos XIX y XX. Estas críticas no deben desanimar al lector. Aunque el libro fue escrito en los años setenta, lo hizo con un conocimiento de la sociedad modelo, la suya, tan profundo, y una visión de futuro tan acertada, que la mayoría de sus juicios sobre el comportamiento narcisista de los miembros de la sociedad siguen hoy absolutamente vigentes. Además, esos comportamientos parecen haberse agudizado gracias a la tecnología, de evolución difícil de prever en los años setenta. Voy a copiar algunas frases antológicas:


«Estamos perdiendo de forma vertiginosa un sentido de la continuidad histórica, el sentido de pertenencia a una secuencia de generaciones originada en el pasado y que habrá de prolongarse en el futuro» (p. 22).

«Puesto que la sociedad no tiene futuro [debido a la destrucción del planeta y a la falta de descendientes], tiene sentido vivir solo el momento, fijar la mirada en nuestro “desempeño particular”, transformarnos en expertos en nuestra propia decadencia, cultivar una “autoatención trascendental» (pp. 22-23 citando a Jim Hougan, Decadence: Radical Nostalgia, Narcissism, and Decline in the Seventies, 1975).

«El clima dominante en la sociedad contemporánea es terapéutico, no religioso. La gente de hoy no se muestra ávida de salvación personal, y no digamos ya de una época dorada anterior, sino de un sentimiento, de una ilusión momentánea de bienestar personal, de salud y seguridad psíquicas» (p. 24).

«La atrofia de antiguas tradiciones de autosustento ha erosionado la competencia en una esfera tras otra de lo cotidiano y ha convertido al individuo en dependiente del Estado, de las grandes corporaciones y otras burocracias. El narcisismo representa la dimensión psicológica de esa dependencia. Pese a sus ocasionales ilusiones de omnipotencia, la autoestima del narcisista depende de otros. No puede vivir sin una audiencia que lo admire» (p. 27); parece estar describiendo a la persona obsesionada con el aplauso en las redes sociales.

«Nada tiene más éxito que la apariencia de éxito» (p. 87).

«Los expertos escriben manuales tácticos sobre el arte de la supervivencia social, aconsejando que el asiduo a las fiestas en busca de estatus se sitúe en una postura de predominio en la habitación del caso, que se rodee de una facción leal de adherentes y evite dar la espalda al campo de batalla» (p. 95).

En las páginas 99 a 101 se puede leer un interesante y descorazonador comentario sobre la correspondencia entre las obras del marqués de Sade y la sociedad actual. En esta, como en la sociedad más cruelmente capitalista, «los seres humanos son reducibles en última instancia a la condición de objetos intercambiables» (p. 100).

«La publicidad […] proclama el consumo como la respuesta a las penurias consuetudinarias de la soledad, la enfermedad, la fatiga, la insatisfacción sexual; al mismo tiempo, crea nuevas formas de insatisfacción, típicas de la era moderna. […]. El consumo [se ha convertido en] una alternativa a la protesta o a la rebelión. […]. El trabajador cansado, en vez de intentar modificar sus condiciones de trabajo, busca renovarse dando brillo a su entorno inmediato con nuevos bienes y servicios» (p. 105).

«La “educación” de las masas ha alterado el equilibrio de fuerzas dentro de la familia, debilitando la autoridad del marido en relación con la esposa y de los padres en relación con sus hijos. Emancipa a las mujeres y a los hijos de la autoridad patriarcal solo para someterlos al nuevo paternalismo de la industria de la publicidad, de las corporaciones industriales y el Estado» (p. 107).

«La experimentación continua en las artes ha provocado tal confusión en los criterios de validación que las únicas medidas de excelencia que perviven son la novedad y el valor de sorprender, aptitud que, en una época donde campea el tedio, reside a menudo en la fealdad y la trivialidad extremas de una obra» (p. 146).

«Los deportes competitivos han hecho de Estados Unidos una nación de militaristas, fascistas y predadores egotistas, que alienta una “deportividad mediocre” en todos los vínculos sociales y propicia la extinción de la cooperación y de toda forma de compasión» (p. 160).

«El deterioro del matrimonio contribuye en sí mismo al deterioro del cuidado de los hijos» (p. 246).

«La tradición de la galantería enmascaraba, y hasta cierto punto mitigaba, la opresión estructural de la mujer. […]; esa ficción empalagosa pero útil limitaba su capacidad [del hombre] de explotar a la mujer mediante la fuerza física» (p. 248).

«Antes los hombres se quejaban de la falta de respuesta sexual de las mujeres; ahora esa misma respuesta les intimida y se atormentan pensando en su capacidad de satisfacerla» (pp. 252-253).

«El capitalismo moderno desechó la hegemonía del clero y de la monarquía solo para sustituirla por la hegemonía de las grandes corporaciones, de la clase gerencial y profesional que opera el sistema corporativo y el Estado corporativo» (p. 283).


            Como supondrá el lector, estas citas son solo algunas de las muchas que podrían extraerse del libro, realmente aconsejable. En cuanto a las referencias bibliográficas del autor, llama la atención la cantidad de libros fundamentales citados que no están traducidos al español. Valga un solo ejemplo. En 1929, Williard Waller, eminente sociólogo, publicó un ensayo revolucionario —The Old Love and the New: Divorce and Readjustment— que aún espera traductor al español. Y ha pasado casi un siglo.

  

Christopher Lasch, La cultura del narcisismo. La vida en una era de expectativas decrecientes. Madrid, Capitán Swing, 2023. [The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations (1979); traducción de Jaime Collyer]

 

Víctor Espuny.

 

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Crónica sin héroes, de Guillermo A. R. Carrizo

 

Imagen de vostv, El canal del orgullo nicaragüense

            El destino, la suerte, llámenlo como quieran, puso en mis manos esta novela. Nadie me la recomendó, simplemente llegó a mí, sola, de manera inesperada, como una de las hojas de los plátanos de sombra que el otoño pronto empezará a desnudar.

Crónica sin héroes cuenta cómo fue la vida para los habitantes de Managua durante los días siguientes al terremoto que sufrió la ciudad el 23 de diciembre de 1972, seísmo que produjo más de 20.000 víctimas mortales y casi 300.000 damnificados. Su autor es una persona misteriosa, al menos para mí. Se llamó, o se llama, Guillermo Ariel Ramón Carrizo, aunque firma como Guillermo A. R. Carrizo. Después de buscar en internet y en distintas historias de la literatura hispanoamericana —las de Jean Franco (1973), Giuseppe Bellini (1986) y Cedemil Goic (1988)—, solo he podido sacar en claro sobre él que nació en Buenos Aires el 6 de abril de 1948 y escribió otras dos novelas: La vida ausente y Volver la espalda. Con Volver la espalda ganó el premio de novela corta «Ciudad de Barbastro» en 1973 y con Crónica sin héroes quedó finalista del Nadal en 1974. No sé si ha fallecido, ni tampoco si se publicaron más novelas suyas. El olvido de un autor de esta valía, no por los premios que ganó, sino por la calidad de su obra, nos recuerda una vez más cómo pasar a la posteridad en el mundo de la literatura es a menudo cuestión de suerte y de padrinos poderosos, de caer bien y de estar en el lugar adecuado.

Crónica sin héroes es una novela coral. Sus personajes son muy variados, de todas las clases sociales, de todos los niveles culturales. Resulta sintomático que el más preparado de todos sea un corresponsal extranjero, Clyde, ya conocedor del país, un hombre humanitario, dominado por la compasión que produce tamaña desgracia colectiva. Porque en situaciones así imagino que uno tiene dos extremos a los que aproximarse: el pensar exclusivamente en uno mismo y su supervivencia, el más corriente, el egoísta, o volcarse en ayudar a los demás. En medio de esas dos posturas están todas las otras, señaladamente, por el baldón que supone para la condición humana, la de las personas que buscan enriquecerse con la desgracia ajena. A lo largo de las páginas de Crónica sin héroes se cuenta cómo (no) se reparte la ayuda internacional, que suele llegar generosamente a los aeropuertos practicables en desgracias como esta. Se habla también, por supuesto, de los Somoza, de cómo ellos y sus amigos sobrevivieron sin problemas a aquella desgracia por habitar edificios de calidad, realizados siguiendo las más avanzadas técnicas constructivas antisísmicas, y de cómo encontraron en el terremoto y las labores de ayuda y reconstrucción una nueva vía de afianzar su posición social y económica. Se habla de cómo era la vida de los niños y las mujeres del pueblo en la Nicaragua de entonces, imagínense, un maltrato y un abuso continuos, para echarse a llorar.

Varios días he pasado en compañía de esta novela, de apenas doscientas páginas y escrita en capítulos cortos, pero densa por la humanidad y la profundidad de su contenido, salpicada de agudas, aunque sombrías, reflexiones sobre la condición humana. Vista la brillantez de la novela extraña aún más que no se conozca nada de la vida de su autor, cuando cualquier medianía de escritor, llevado por su patética vanidad, inunda internet de datos personales. Imagino que Carrizo murió joven y, quizá, fue corresponsal de algún periódico bonaerense, pero estas son solo suposiciones. 

Agradecería al lector cualquier aportación sobre él, aportación documentada con enlaces o referencias bibliográficas. Muchas gracias.


Guillermo A. R. Carrizo, Crónica sin héroes, Barcelona, Destino, 1975.

 

Víctor Espuny.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá

 

Imagen de congreso.es

            Llevaba años pensando en leer este libro, quizá desde la infancia, y sin yo saberlo. Mi tío Mauricio tenía un perro al que había puesto Foxá y siempre me intrigó ese nombre. Luego, cuando me hice mayor y descubrí la existencia de un escritor llamado Agustín de Foxá (1906-1959), supe que había escrito una novela —Madrid de corte a checa—, y aquí me tienen con la novela leída. Fue redactada, según parece en Salamanca, seguramente inspirándose para la última parte en el relato de los huidos de Madrid, pues el autor, según leo en su biografía, había conseguido salir de la capital en agosto de 1936.

No puedo decirles que lo haya pasado bien leyéndola. Dividida en tres partes —que ocupan los últimos años del reinado de Alfonso XIII, la II República y el primer año de guerra en Madrid— es en esta última donde uno lo pasa mal. Acostumbrado a leer siempre sobre las atrocidades cometidas por los nacionales, al descubrir las cometidas por los republicanos en las personas de los miembros del clero, la aristocracia y la alta burguesía que no habían podido huir de Madrid, uno se da cuenta de que nuestro conocimiento del pasado está siempre determinado por la ideología de las personas que dominan el relato público de la historia. Todos fueron crueles, daba igual el color del carnet de su partido.

Al ser medianamente autobiográfica, la novela contiene descripciones de las tertulias literarias que Foxá frecuentaba y, por lo tanto, alude con conocimiento personal a escritores y artistas como García Lorca, Valle-Inclán, Manuel Altolaguirre, Antonio Machado, Manuel Machado y otros muchos destacados de aquellos años. También habla de los políticos. A los de izquierdas los trata muy mal, sobre todo a Largo Caballero y a Azaña, y a los de derecha los ensalza, sobre todo a José Antonio, cuya fuerte personalidad, basada en amplias dosis de seguridad en sí mismo, parecía admirar. Así lo hace el protagonista, llamado José Félix Carrillo. Este, joven y de ideas en principio abiertas al cambio, aunque pronto transformadas en conservadoras, vive una historia de amor que atraviesa la novela y da calidez a los ambientes lóbregos y oscuros generados por la represión y la existencia de las checas, dirigidas por individuos como Agapito García Atadell, que también tiene su lugar en la novela.

            Se trata de una lectura solo apta para mentes abiertas, capaces de enfrentarse al horror, aunque sea en las partes dedicadas a la represión donde la obra pierde interés desde el punto literario. Toda ella está atravesada por la nostalgia de un mundo y unas maneras perdidas.


Agustín de Foxá, Madrid de corte a checa, Barcelona, Planeta, 1993.


 Víctor Espuny.