miércoles, 23 de octubre de 2024

Los europeos, de Henry James

Residencia solariega en Boston (Foto: Maxwell Hamilton). 

            Se trata de una novela de juventud del influyente novelista norteamericano, nacido en Nueva York en 1843 y fallecido en Londres en 1916. Fue publicada en 1878, cuando James tenía treinta y cinco años. Puede parecer una edad avanzada para hablar de obra de juventud, pero teniendo en cuenta lo fértil que fue la pluma de este autor, puede considerarse así: solo después de ella, sobre todo a partir de 1881, escribió James sus grandes novelas. Autor con el corazón y el alma escindida entre América y Estados Unidos, debido a su educación y a los tempranos viajes que realizó al viejo continente —viajes que, como pueden suponer, no eran como los nuestros, de apenas unos días, sino que consistían en estancias de años—, en Los europeos deja aflorar de nuevo ese contraste entre dos continentes y dos formas de entender la existencia que caracterizó su vida y caracteriza su obra. En Los europeos lleva el contraste casi al punto de la caricatura. Los europeos, los principales protagonistas, son dos hermanos, Eugenia y Félix, que han llegado a Boston desde Alemania para encontrar unos familiares que tienen allí. Son personas muy sofisticadas. En su conversación intercalan continuamente expresiones en francés y han viajado por toda Europa. Félix es un pintor notable, muy apuesto y bienhumorado, y Eugenia posee el título de baronesa y una educación y una belleza admirables. Sus parientes norteamericanos viven en el campo, en una casa grande pero decorada de forma austera. No han viajado a ningún sitio —solo uno de ellos, el más inteligente, que ha pasado una temporada en China— y son dueños, y sufridores, de unos límites de conducta muy estrictos debido al carácter puritano de la religión que profesan. La llegada, y la prolongada estancia entre ellos, de sus parientes europeos va revolucionar la vida de esta acomodada familia. El carácter de timadores que aflora en los europeos desde el principio, de vividores cazafortunas, se atenúa poco a poco al ser ganados por la simple ingenuidad de los americanos, que viven en una mítica Edad de Oro, uno de los tópicos de la literatura europea sobre América desde su mismo nacimiento. Para los viajeros europeos, la simplicidad, la bondad, con la que se conducían los nativos del nuevo continente es una constante desde los primeros testimonios de los exploradores españoles y, como vemos, alcanza al menos hasta la época en la que Henry James escribía, cuando los americanos con los que trataban eran descendientes de europeos, como era el caso del novelista neoyorkino, que descendía de irlandeses y escoceses por las dos ramas familiares. La ficción, contada en tercera persona por un narrador cálido y cercano al oyente, usuario de fórmulas de la literatura oral, posee grandes visos de teatralidad debido a los largos diálogos, en los que resalta sobre todo el afán por entender y analizar qué ocurre en la mente de los personajes. Posiblemente haya sido adaptada al teatro alguna vez, incluso por el mismo James, extremo que desconozco por no conocer bien su producción, de gran extensión y profundidad. Los interesados pueden visitar esta otra reseña sobre una obra del escritor norteamericano, que vio la luz hace ocho años en El sendero perdido, mi otro blog. Igualmente, tienen a su disposición innumerables páginas de internet sobre James y sus obras.   

 

Henry James, Los europeos, Barcelona, Ediciones Orbis, 1982. Traducción de José Luis López Muñoz. [The Europeans, 1878].

 

Víctor Espuny.

viernes, 18 de octubre de 2024

La buena reputación, de Ignacio Martínez de Pisón

 

La sinagoga principal de Melilla (acuarela de Enrique Ordoñez).

            Novela que cuenta la vida de una familia muy condicionada por la necesidad de estar libre de las murmuraciones y del ostracismo social. No he disfrutado mucho con el libro, pero su lectura tampoco ha supuesto un sacrificio. Me explico. No he encontrado en sus páginas hallazgos lingüísticos, metáforas enternecedoras, joyas léxicas, rarezas que te hagan usar el diccionario con el placer de quien se sabe a punto de entender y encajar una palabra nueva en su vocabulario, pero sí me he dejado llevar por la narración, por el qué pasará después, por las ganas de saber en qué quedarán las cosas, adoptando la postura del lector de novela de todos los tiempos, que quiere que atrapen su atención con una historia de pasiones humanas. La acción recorre un arco temporal de unos treinta años, desde los cincuenta hasta los ochenta del siglo XX, y se desarrolla principalmente en tres poblaciones: Melilla, Málaga y Zaragoza. Las páginas del texto se dividen en un prólogo y cinco grandes apartados, encabezado cada uno con las palabras «La novela de [Samuel o Mercedes o Miriam o Elías o Daniel]». Al final figuran un par de páginas dedicadas a agradecimientos y bibliografía. El prólogo comprende la única parte de la narración que no se encuentra exactamente en el orden cronológico que guardan las demás, en general bastante predecible.

            Desde el punto de vista del hallazgo cultural, la parte más atractiva del libro es aquella titulada «La novela de Samuel», la primera después del prólogo. En ella se cuentan el auge y la caída de la ciudad de Melilla con el nacimiento y la desaparición del Protectorado Español de Marruecos. Samuel, padre de la familia Caro Campillo, es de origen sefardí y religión hebrea, aunque poco practicante en un principio, y miembro muy destacado de la comunidad israelita melillense por los contactos que posee con los funcionarios de la administración española, sobre todo con los militares, entonces determinantes. Samuel está casado con Mercedes Campillo, una gentil, zaragozana y católica, y cada miembro del matrimonio vive su religión con libertad. Tienen dos hijas, Miriam y Sara, entonces pequeñas. La desaparición del protectorado, el nacimiento del Marruecos moderno, crecido y fortalecido a partir de finales de los años cincuenta, va a suponer la necesaria emigración, por estar perseguidos, de los judíos establecidos en la zona marroquí del protectorado, y en esa emigración, clandestina, Samuel va a jugar un papel principal, caritativo y bienhechor. Esta parte de la novela parece bien documentada, es la que requirió un mayor esfuerzo de investigación por parte del autor, y posee, como ya he señalado, interés para el amante de la historia de nuestro país. Alcanza su punto culminante con el naufragio del Pisces, que tuvo lugar en febrero de 1961. Tiene un colofón en el último de los capítulos —«La novela de Daniel»—, que viene a responder algunas de las preguntas que habían quedado sin respuesta y a completar la historia de la rama melillense de la familia. El segundo gran capítulo —«La novela de Mercedes»— posee el atractivo de contar el nacimiento y el desarrollo del malacitano barrio de la Malagueta, en especial de su zona residencial más antigua, aquella nacida frente al mar en el Paseo Ciudad de Melilla, en concreto en aquellos bloques comprendidos entre el paseo mencionado y las calles Reding, Magallanes y Pintor Martínez Virel. Parece fácil imaginar que muchos de los compradores iniciales de los pisos de aquellos bloques fueron españoles —militares de alta graduación retirados y comerciantes enriquecidos— que previeron el ocaso de la ciudad de Melilla y cruzaron el mar para establecerse en la Península. En aquella época, cuando el fin del protectorado, existía además la creencia entre los melillense de que la ciudad iba a ser pronto absorbida por Marruecos, lo que, unido a un claro declive económico, produjo una nutrida emigración. A estas alturas de la novela se han producido ya dos de las grandes crisis contenidas en su argumento: el naufragio del Pisces y la fuga de una de las hijas con su novio. Estas crisis —más adelante aparecerán otras dos (el incendio del Hotel Corona de Aragón y un accidente de moto)— son fundamentales para impulsar la historia, en ocasiones demasiado demorada en narraciones detalladas de acciones inocuas y previsibles, rasgos que acercan la novela a los más comerciales superventas. El final de la novela —muy parecido al usado por Martínez de Pisón para la conclusión de su libro de memorias Ropa de casa, comentado en esta web hace unas semanas— es muy sugerente, espiritual, fruto de la imaginación de la convocatoria de personas ya fallecidas. Un personaje, Felisa, contratado por Mercedes en Zaragoza para el servicio doméstico, está muy logrado: su tierna rudeza y su inteligencia natural enamoran al lector. Y no es el único.   

 

Ignacio Martínez de Pisón, La buena reputación, Barcelona, Seix Barral, 2023 (10ª imp. de la 1ª ed., y esta de 2014); 636 págs.

 

Víctor Espuny.

lunes, 14 de octubre de 2024

Sí, hubo descubrimiento

 


David Alfaro Siqueiros, Autorretrato, 1945


Este año, como en todos los últimos meses de octubre, se han animado en los medios polémicas sobre el papel histórico de España en América. Quizá ha sido todo un poco menos traumático que en otras ocasiones, pues al menos no se han derribado o ensuciado con pintura estatuas de exploradores y frailes españoles, epidemia que ha surcado en las últimas décadas buena parte de la antigua América hispana, sur de los Estados Unidos incluido. Se trata de acciones llevadas a cabo por las mentes más agresivas y rudas, dispuestas a ejecutar visibles actos de vandalismo contra el patrimonio histórico artístico, como si de una violenta revolución se tratase. Este año algunos gobernantes de países centroamericanos fuertes, en particular México, exigen a nuestro país y a sus principales gobernantes testimonios públicos de solidaridad con ellos en la forma de petición de disculpas. Son gobiernos y gobernantes demagogos y populistas, que saben cómo tocar la fibra sensible del electorado, esa masa indistinta de personas fácilmente manipulables. Frente a Estados Unidos, potencia que, esa sí, y de verdad, influye en su vida económica y social, no se les ocurre levantar la voz, entre otras cosas por los intereses cruzados que los dos países poseen; con ellos no se atreven, no les interesa. Uno mira con nostalgia la época en la que México, país hermano nuestro —escribo en España—, estuvo gobernado por personas humanistas como Lázaro Cárdenas (1895-1970), que hizo posible, a finales de los años treinta y principios de los cuarenta, la acogida de decenas de miles de españoles que veían su vida en peligro si permanecían en España e, incluso, en Europa, y buscaban refugio por razones políticas. Gracias a los diplomáticos destinados en las legaciones y, en general, sedes diplomáticas mexicanas en Francia, pudo organizarse el viaje, y los exiliados españoles embarcaron desde puertos galos hacia puertos mexicanos. No olvidemos tampoco las labores humanitarias desarrolladas por personas también con nombres y apellidos, como Porfirio Smerdou (1905-2002), cónsul honorífico de México para Andalucía Oriental y el Protectorado Español, que desde su sede en Málaga, y dándoles acogida en su propia casa y en inmuebles que iba alquilando, logró salvar la vida de más de quinientas personas perseguidas por razones políticas durante la Guerra Civil, personas de uno y otro bando, sin distinción, pues cuando los nacionales entraron en Málaga Smerdou pasó a proteger a republicanos perseguidos. Uno de sus hijos, por cierto, casó con una sobrina del poeta y primoroso impresor malagueño Manuel Altolaguirre, dando por esa vía forma a la unión que debe haber entre nuestros países. Igual comportamiento tuvo el embajador de México en Madrid en 1936, Manuel Pérez Treviño (1890-1945), que logró dar refugio en las sedes diplomáticas del país azteca en la capital de España a más de setecientas personas, las cuales pudieron salir del país gracias a sus gestiones. Y todo esto a pesar de que el gobierno mexicano era claramente prorrepublicano: las consideraciones humanitarias debían estar —y estuvieron— por encima de cualquier otra, pues la situación de ciudades como Málaga y Madrid en los primeros meses de guerra fueron de un completo y peligroso desorden.

            Últimamente se está criticando en España el uso de la palabra descubrimiento para referirse a la llegada de los españoles al continente americano. Basan su crítica en el hecho de que en aquellas tierras ya vivían personas, había pueblos enteros, culturas florecientes, y argumentan contra el uso de la palabra descubrimiento que ya eran tierras conocidas. Y no se puede negar que lo eran, sí, pero solo por las personas que vivían allí, no por los europeos. De ahí que lo vea de otra forma y considere su uso adecuado. El empleo de la palabra descubrimiento se explica por considerarlo desde el punto de vista de los habitantes del viejo continente, pues para ellos sí fue un descubrimiento. Esta falsa apreciación de las cosas se deriva, como muchas otras, del llamado presentismo histórico, de la costumbre de aplicar juicios y costumbres actuales al examen de conductas del pasado. Entiendo que la historia está en continua revisión, que las formas de pensar cambian, algo en el fondo saludable, índice de vitalidad cultural, pero de ahí a juzgar con parámetros actuales conductas del pasado, a veces de cuatrocientos o quinientos años atrás, va un mundo. Un ciudadano de un país hispanoamericano debe mirar a los españoles como lo que somos, sus hermanos, y no echarnos en cara la conducta de sus antepasados, antepasados de ellos, no nuestros. Cualquier persona criolla es descendiente de aquellos que viajaron en su juventud a las antiguas colonias españolas, ellos tienen en su sangre la sangre que maldicen, fueron sus antepasados los que actuaron allí de tal o cual manera, no los nuestros. Piénsenlo: se están maldiciendo a sí mismos. Este viciado revisionismo de la historia podría llevarnos a los españoles a pretender que los actuales italianos nos pidan públicamente disculpas por haber combatido y vencido a los habitantes de la Península Ibérica de época prerromana, a pedirles satisfacciones por sucesos ocurridos hace milenios. O, sin ir tan lejos, a ver en los franceses a enemigos nuestros, pues los ejércitos napoleónicos hicieron aquí de las suyas, como hicieron en media Europa. Y así —hasta llegar casi al presente—, franceses, belgas, austriacos, polacos, etc. podrían estar enfrentados a los actuales alemanes por la locura destructiva e imperialista que animó a los gobernantes germanos de los años treinta y cuarenta a propiciar los más horribles crímenes.

            Todo es política. En ciertos países hispanoamericanos resulta posible obtener réditos electorales de estas reivindicaciones nacidas de los movimientos indigenistas, movimientos sanos, lógicos e ilustrativos, necesarios, pero que sacados de contexto y puestos al servicio de los astutos políticos se malean hasta perder su verdadera naturaleza. Enfrentándonos, nadie gana. El futuro nos espera: concedámosle una oportunidad.


Víctor Espuny.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Ropa de casa, de Ignacio Martínez de Pisón

Detalle de la cubierta del libro

Siguiendo con esa fiebre de letraherido que impide estar un día sin leer y escribir unas páginas, he terminado la lectura de Ropa de casa, el último libro de Ignacio Martínez de Pisón. Se trata de las memorias de sus primeros treinta años de vida. A tenor de lo leído, resulta un autor admirable por haber tenido claro desde muy pronto lo que quería y haber puesto todos los medios para conseguirlo. Digamos que no es una persona que dé puntada sin hilo. Huérfano de padre con solo nueve años, aunque miembro de una familia acomodada, sobre todo por parte de sus abuelos, se vio pronto obligado a espabilarse y luchar por sus sueños, entre ellos, y sobre todos, el de hacerse escritor. Muy jovencito, en casa de los abuelos, carlistas declarados, conoció la literatura en las novelas tradicionalistas de Ramón María del Valle-Inclán —Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño—, donde «como una revelación, se me hizo evidente que los escritores, seleccionando unas palabras y no otras, combinándolas de una forma y no de otra, podían generar belleza a la manera en que lo hacían los pintores, los escultores y los músicos». Había algo «que estaba por encima de las buenas narraciones», (p. 60). De la lectura de Ropa de casa uno deduce, además, que de Pisón es una persona muy equilibrada, muy centrada en lo que quiere, sabia, con el añadido de saber encontrar la suerte. Desde muy joven ha participado en concursos literarios y ha sido premiado en ellos. Tuvo el acierto de irse a vivir Barcelona muy pronto y el arrojo de presentarse en dos editoriales de prestigio con un manuscrito bajo el brazo siendo un completo desconocido. Parece todo poco menos que imposible, pero su manuscrito fue leído en ambas editoriales y de las dos lo llamaron para contactar con él y con idea de publicarle. Desde entonces no ha parado de publicar, primero en Anagrama y luego en Seix Barral. Gracias a los contactos establecidos por medio de ese mundillo, ha sido colega y más o menos amigo de todos los escritores españoles célebres de su generación y aún de la anterior, como Javier Marías. Cuenta anécdotas y virtudes, también defectos, de Carlos Barral, Jaume Vallcorba (creador de la editorial Acantilado), Juan José Arreola, Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Enrique Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas, Labordeta, Javier Tomeo, José Luis Melero, Bryce Echenique, Bioy Casares, Ana María Matute, Elvira Lindo, Muñoz Molina, Félix Romeo y un largo etcétera, actividad enumerativa y recopilatoria que acerca este libro a otro insigne, publicado también por Seix Barral, titulado Examen de ingenios, obra del llorado, inteligente y memorioso Caballero Bonald. (De Elvira Lindo, y ya que estamos, quiero decir unas palabras porque si no lo hago reviento. La semana pasada acudí a un coloquio que se iba a celebrar con ella en el Auditorio de la Diputación de Alicante. El acto debía comenzar a las siete y media. La entrada era libre con invitación, que te descargabas en Internet. A las siete y diez estaba ya en la cola, bien nutrida. Casi todos éramos gente mayor, el más joven tendría cincuenta años. A las siete y veinticinco se abrieron las puertas y la señora Lindo salió acompañada de otras personas. El grupo pasó al lado de la cola sin saludar, bajó los escalones que siguen a la plataforma donde estábamos y se alejó hacia un lugar no bien definido de la ciudad. Poco después la cola comenzó a moverse y entramos en el edificio. Una vez en el interior nos dirigieron a una sala encantadora, con forma de hemiciclo, que no conocía, toda ella forrada de una moqueta verdegrisácea cómoda para sentarse y para descansar la vista. Eso estaba muy bien, pero no tanto que no hubiera aire acondicionado ni ventilación alguna, y en Alicante a últimos de septiembre aún hace calor. La sala estaba atestada. Allí nos dieron las ocho menos veinte, menos cuarto y menos diez. A esa hora decidí salir al pasillo, a ver si descubría el porqué del retraso, y me veo a la señora Lindo hablando con las personas de su grupo junto al tenderete en el que se vendían sus libros. Esperé allí otros diez minutos, a ver si se decidía a entrar aunque solo fuera por respeto a su público. Pasaban las ocho y seguía allí, incólume, inasequible al desaliento, dando una impresión de todo menos amable. No esperé más y me fui antes de que empezara el acto y después de llevar una hora esperando. La decepción ha sido muy grande. No me imagino a Antonio Muñoz Molina haciendo lo mismo, pero, mira, uno ya no sabe si puede creer en alguien). Del libro de Martínez de Pisón lo que más me ha gustado han sido las páginas que dedica a sus amigos de Zaragoza como él, con inquietudes artísticas, páginas generosas de las que se deduce un cariño y una humanidad encomiables.

Ignacio Martínez de Pisón, Ropa de casa, Barcelona, Seix Barral (Planeta), 2024.

Víctor Espuny.

viernes, 4 de octubre de 2024

La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier

 

Melodía para fagot al inicio de La adoración de la tierra

            De Alejo Carpentier se ha escrito mucho, aunque creo que no lo suficiente. En una época en la que nos hemos acostumbrado a considerar autores eminentes a escribidores de tres al cuarto, de vocabulario e imaginario muy reducidos, una época en la que la publicidad de las editoriales se encarga de que consideremos genios homúnculos y mujercillas sin apenas preparación ni talla intelectual, volver a autores como el escritor cubano se convierte para algunos en una necesidad. De Carpentier no se sabe exactamente dónde nació, así que no voy a ser yo quién lo diga, aunque él se consideró siempre cubano y cubanas son su lengua y sus preocupaciones políticas y sociales. Vino al mundo en 1904. Miembro de la clase privilegiada e hijo de personas extraordinariamente preparadas para la Cuba de entonces, dominada por una burguesía provinciana e ignorante, de ideas muy conservadoras, creció en contacto con personas del pueblo, obreros, seres que no tenían dónde caerse muertos, la mayoría marginados negros, y eso agudizó su sensibilidad social. Fue educado en casa, por sus padres, que le crearon una base muy sólida de conocimientos humanísticos y artísticos, sobre todo literarios y musicales. Inició estudios de arquitectura, que no acabó, y escribió de manera constante sobre música, de la que fue un gran entendido. Durante su juventud pasó largas temporadas en Europa y en otros países sudamericanos, sobre todo en Venezuela. Volvió a Cuba tras la Revolución de Fidel y ocupó cargos importantes en la administración nacional, sobre todo en el cuerpo diplomático. Murió en Francia, en 1980, víctima de un cáncer.

            La consagración de la primavera fue la última de sus novelas. La he leído en su primera edición española, de la editorial Siglo XXI (diciembre de 1978); había visto la luz originalmente un mes antes y en México. En la edición de Siglo XXI ocupa 576 páginas de renglones apretadísimos, sin apenas puntos y aparte y con los pasajes dialogados diferenciados por guiones largos para indicar las distintas intervenciones, pero dispuestos a continuación, sin cambiar de renglón. A la vista de esto, y acostumbrados como estamos cada vez más a libros de capítulos cortos, letra grande e interlineado generoso, uno tarda en conseguir desplazarse gustosamente por esa prosa compacta, y no solo visualmente, pues el estilo de Carpentier bebe en la forma de escribir barroca, que él consideraba un rasgo esencial de la literatura hispanoamericana. En su momento, hace treinta años, había leído su portentosa novela El siglo de las luces, que hizo que me enamorara de su prosa, y últimamente había leído obras suyas más ligeras en la forma, aunque no en el contenido, como el célebre cuento «Viaje a la semilla», pero llevaba tiempo sin leer una novela suya de tanta profundidad e interés, obra a cuyo estilo uno tarda en habituarse pero que acaba echando de menos una vez terminada, como si dudara de poder leer a continuación un libro de tanta enjundia. De hecho, desde que lo acabé ayer por la tarde, he sido incapaz de disfrutar del siguiente, uno del «fenómeno» Ignacio Martínez de Pisón, que escribe como escribimos todos en la actualidad, para que nos entienda hasta el menos preparado de los lectores. En ese afán de no dejar a nadie atrás se ha producido un lamentable descenso de la calidad literaria.

            Resumir La consagración de la primavera resulta difícil, pero voy a aventurarme. Esta novela de Carpentier trata de los intentos de una coreógrafa y exbailarina azerbaiyana, de nombre Vera, de representar la obra homónima de Stravinsky, intentos de los que empieza a ser consciente en La Habana después de haber pasado por Bakú, Petrogrado, Londres, París, Valencia y Benicàssim, de haber vivido la Revolución soviética y la Guerra Civil española y haber sobrevivido a graves dolencias sentimentales. Esos intentos, y los avatares de la vida de Vera, están contados desde su punto de vista y desde el punto de vista de Enrique, cubano al que conoce en Valencia y con el que viajará a Cuba huyendo de la Europa tomada por el fascismo, Enrique, personaje claramente inspirado en el mismo Carpentier, que quizá tomó de su madre, de origen ruso, algunos de los rasgos que hacen posible el personaje de Vera. Son dos puntos de vista narrativos en cierta forma opuestos pero complementarios. Los dos, Vera y Enrique, se enamoran en principio de personas de carácter analítico e inclinaciones intelectuales —Vera conoce a Jean-Claude y Enrique a Ada en lugares donde se interpreta música y llaman sus respectivas atenciones por estar tomando notas de la actuación—, pero tanto Ada como Jean-Claude mueren o desaparecen en la maquinaria de destrucción de aquella época, tan violenta, ella en Alemania, él en España mientras lucha en las Brigadas Internacionales. Enrique va a Alemania a buscar a Ada y allí se traslada a la bella y literaria Weimar, donde le serán reveladas algunas de las crueles verdades de la sociedad nazi. Los dos, Vera y Enrique, quedan solos y se unen. Su relación, con los altibajos lógicos, se mantiene durante veinte años, desde finales de los treinta hasta inicios de los sesenta, cuando el nuevo régimen cubano se consolida tras la victoria de Playa Girón. Ahí acaba la novela.

            Se podrían destacar muchas facetas de la obra. Una de las más llamativas para mí es aquella referida al tratamiento de la actividad intelectual y artística de los protagonistas, que se codean con Hemingway, Picasso, los grandes muralistas mexicanos, Dalí, Buñuel, los músicos de jazz más influyentes, Pau Casals, Anna Pavlova, Nijinsky, Manuel de Falla y casi cualquier otro importante artista de la época que se le ocurra, época aquella tan llena de guerras y atrocidades como de irrepetibles personalidades creativas, sobre todo en el periodo de entreguerras. Toda la novela se ve atravesada por el compromiso político de Carpentier, que siempre estuvo del lado de los desfavorecidos.

 

Alejo Carpentier, La consagración de la primavera, Madrid, Siglo XXI Editores, 1978.

 

Víctor Espuny.