viernes, 26 de julio de 2019

Riesgos de los viajes en el tiempo, de Joyce Carol Oates


(Foto: lithub.com)

            Apasionante novela de la autora norteamericana, que a sus ochenta y un años sigue poseyendo una vitalidad creativa realmente envidiable. En esta ocasión se trata de un relato distópico vivido en dos épocas distintas, una de ellas cerca del 2040 y otra alrededor de 1960. Los lugares son de los Estados Unidos. La protagonista-narradora tiene unos veinte años, más o menos la edad de la autora en 1960. Este personaje, central, absorbente por ser su punto de vista el único del que dispone el lector, vive atormentado desde el principio hasta el final del relato, transmitiendo al lector una opinión amarga pero realista de los gestores de lo que nos rodea, de la clase política —¡quién no la tiene a estas alturas!—, y una muy buena impresión de ciertos individuos aislados. El relato intenta abrirnos los ojos acerca de lo que nos espera en una sociedad hiperconectada y, por tanto, supervigilada y finalmente sometida, donde la posibilidad real de expresar pensamientos propios y originales no existe, donde todo individuo capaz de crear dudas en la mente del resto será, simplemente, eliminado, vaporizado, quizá exiliado a otro lugar y a otro tiempo.
Algunos de los críticos que escriben sobre esta novela de Oates la consideran una distopía feminista y la comparan con El cuento de la criada, de Margaret Atwood, relato convertido en serie y deglutido por todos aquellos que consideran ese subgénero fílmico fuente de conocimientos y sacian en él su sed de narraciones. No puedo estar menos de acuerdo. El relato de Oates no pone el foco en el uso del cuerpo de mujeres jóvenes y fértiles, que son tratadas como simples hembras de cría, sino sobre la falta de libertad que va a existir en la sociedad futura, que ya está empezando a existir en la nuestra, a causa de las diversas tendencias de pensamiento institucionalizadas de las que uno no puede salirse si no quiere llamar la atención de los que se han arrogado la propiedad de lo correcto. Se persigue, y se perseguirá —sobre todo en 2040—, tanto a hombres como a mujeres, a cualquiera que sea capaz de pensar por sí mismo y sea tan osado, o tan ingenuo, como para expresarlo. Una novela necesaria.

Joyce Carol Oates, Riesgos de los viajes en el tiempo, Barcelona, Alfaguara, 2019. (Hazards of Time Travel, 2018). Traducción de José Luis López Muñoz.

sábado, 29 de junio de 2019

Jop, de Jim Dodge


Fotografía de Miguel Emele
           
Entretenida, sorprendente y a ratos descacharrante novela corta. Escrita con un estilo sencillo y muy directo, llega desde el primero momento a conectar con el ánimo del lector, que asiste divertido y preocupado a las peripecias vitales de Jake, el incansable protagonista. Jim Dodge (estado de California, 1945) nos regala una narración que constituye un homenaje a las personas independientes que desean vivir al margen de las normas más aburridas de la sociedad. El protagonista parece inspirado en ese tipo humano tan propio de la historia de los Estados Unidos, sobre todo de los pioneros que ocuparon el Oeste, una persona fuerte que prefiere vivir en soledad en un pequeño rancho del cual es dueño y señor, rechazando cualquier intento de imposición de una autoridad externa, sea la que sea. La imaginación del autor, como tuve ocasión de comprobar en Stone Junction, es portentosa, capaz de introducir en la narración continuos giros para mantener la atención del lector.  
            Una lectura perfecta para una larga tarde de verano.

Jim Dodge, Jop. Una fábula moderna, Madrid, Capitán Swing, 2011. [Fup, a modern fable, 1983]. Traducción de Alicia Frieyro. La edición va acompañada de sesudo y analítico material adicional.

jueves, 27 de junio de 2019

Tierra de chacales, de Amos Oz


El autor (Foto: palestinalibre.org)

            Se trata de una colección de diez relatos. Fueron escritos entre 1962 y 1966, cuando Amos Oz (Jerusalén, 1939 – Tel Aviv, 2018) tenía poco más de veinte años. La mayoría de ellos fueron publicados en 1965 con el título de Where the Jackals Howl. Hay uno, En esta mala tierra —una impresionante recreación de la historia bíblica de Jefté (Libro de los Jueces, 11)—, que por su fecha de redacción (1966) debió ser añadido en la revisión de los cuentos que Oz llevó a cabo entre 1974 y 1975. Parece que este texto revisado de los relatos ha sido el empleado por Raquel García Lozano para realizar su traducción desde el hebreo, traducción publicada por Siruela en 2017. Todos estos avatares sufridos por los textos son de imprescindible conocimiento para adentrarnos con rigor en la comprensión de una obra, sea cual sea, y más si cabe en el caso de una tan importante.
            Exceptuada la recreación, el embellecimiento poetizado, de la historia de Jefté, Tierra de chacales relata diversos episodios, algo así como cuadros, de la vida en los kibutzs. Amos Oz era hijo de europeos emigrados a Palestina a comienzos de los años treinta y estuvo integrado desde la adolescencia en esas comunidades creadas siguiendo el mismo espíritu de las colectividades de origen socialista primitivo. Creo que todos los lectores saben ya lo que es un kibutz. Fueron precisamente en esos lugares, de producción y consumo comunitarios, donde se llevaron a cabo importantes adelantos en técnicas de cultivo moderno, las mismas técnicas que después han sido exportadas al resto del mundo, señaladamente las relacionadas con el riego llamado por goteo. De esa forma fueron capaces de convertir en fértiles tierras que antes formaban parte del desierto, el mismo que rodea los kibutz de los cuentos de Oz y donde los chacales siguen viviendo a sus anchas.
            Resulta increíble, envidiable y por supuesto admirable la madurez y la capacidad de expresión verbal que poseía Oz con poco más de veinte años. Dramáticas circunstancias personales le llevaron a crecer muy pronto. Esa misma madurez, unida a un importante atractivo personal debido en parte a su físico y en parte a su sensibilidad, debieron hacer de él una persona importantes dentro su comunidad y, a la larga, en la escena internacional. Durante toda su vida obtuvo muchos e importantes premios literarios y, sobre todo, destacó por ser un gran defensor del diálogo entre árabes e israelíes. Uno de los relatos de Tierra de chacales —Nómadas y víbora— nos habla de esa difícil convivencia, empeorada en los últimos años por la existencia en Israel de gobiernos demasiado intransigentes con sus vecinos pobres. Otro, La inocencia del viento, trata de una cuestión universal: la relación entre un padre demasiado severo y un hijo que solo quiere complacerle; este es estremecedor. La piedra hueca posee inesperadas resonancias de la Guerra Civil española (1936-39): uno de sus personajes acude a España para luchar del lado de la República.
            La lectura de este libro es una ocasión única de integrarse durante unos días en la vida en aquellas comunidades israelíes primitivas, hoy ya muy transformadas, donde no existían jerarquías, posesiones materiales ni afán de lucro. Muy recomendable.

Amos Oz, Tierra de chacales, Madrid Siruela, 2017. Traducción de Raquel García Lozano.

jueves, 20 de junio de 2019

Yann Andrea Steiner, de Marguerite Duras


Playa de Trouville-sur-Mer (Foto: Svend Olling)

            Novela lírica producto de un corazón agradecido. Fue uno de los últimos libros de la gran escritora francesa Marguerite Duras (1914-1996). En él quedó testimonio de la manera en que se inició la relación entre Duras y la última persona que convivió con ella, un admirador suyo, también escritor, llamado Yann Lemée (1952-2014). Lemée, de fuerte influencia durasiana, firmaba sus libros como Yann Andréa. Se llevaban treinta y ocho años. Después de una larga relación epistolar unilateral —Duras no contestaba a las cartas—, en 1980 la escritora accedió a entrevistarse con él, a recibirlo en su casa de Trouville-sur-Mer, y ya no se separaron hasta la muerte de la escritora. Lemée fue su compañero y su secretario por el resto de sus días. En su testamento Duras lo nombró su albacea literario.
            La devoción profesada por Lemée, tan preciosamente humana, tuvo su recompensa. No debió ser fácil convivir con una persona como Duras, no suele ser fácil la convivencia con personas de carácter fuerte amantes de la soledad, pero la admiración que sentía por ella debió ayudarle a superar esos malos momentos, a justificar sus desplantes o su mal humor. Lemée era homosexual, más sensible, por tanto, que la media masculina, y quizá ese detalle ayudó a que la convivencia prosperara. En fin, son elucubraciones mías.
            Yann Andréa Steiner cuenta en sus primeras páginas los pormenores del encuentro de los dos y pasa luego a relatar cómo ambos imaginan historias. Dos son las principales, ambas relacionadas con el Holocausto. En la primera, que ocupa menos páginas, se describe, idealizando y poetizando la situación, a una mujer joven y elegante vestida completamente de blanco que espera en una estación el tren que la llevará a Auschwitz. La segunda, más impactante y efectiva desde el punto de vista literario, es la historia que pasa ante sus ojos soñadores en la playa de Trouville-sur-Mer. Es verano. Una colonia de niños pobres llena con sus gritos y sus risas la playa cada día. Los acompañan las monitoras, que les cuentan historias para entretenerlos. Entre los niños hay uno de seis años, Samuel Steiner, que perdió a sus padres y a su hermanita durante la guerra, la niña asesinada ante sus ojos. Samuel, de ojos grises, permanece mudo y no sonríe como los otros niños. Una monitora, Jeanne Goldberg, se apiada de él, intenta protegerlo y acaba sintiendo por él una atracción especial. Nunca se separan. Aunque en ningún momento de la novela se manifiesta de manera explícita, el paralelismo entre las dos historias —Duras/Lemée y Goldberg/Steiner— es claro. Como en otros libros de Duras, existe una visión llena de ternura del mundo infantil y un emotivo lirismo en las descripciones de los actos. La playa con la marea baja aparece como una inmensidad en la que sólo tiene cabida la belleza.
Europa, sin embargo, vivió una  larga y terrible noche y aún se lame las heridas. Libros como este ayudan a no olvidarlo.
           
Marguerite Duras, Yann Andréa Steiner, Madrid, Alianza Editorial, 2019. (Yann Andréa Steiner, 1992). Traducción de Manuel de Lope Rebollo.

martes, 18 de junio de 2019

El hacha y la estopa, de Emilio Mansera


Emilio Mansera 
(Foto: Poetas de Osuna, 1982)

Hay novelas de influencia pasajera en el ánimo del lector o inhábiles para crear esa influencia. Son aquellas engendradas con ánimo de entretener y poco más. Y luego están las otras.
El hacha y la estopa, de Emilio Mansera, no entretiene: subyuga. Dada la densidad de esta novela de análisis psicológico, el lector tiene que estar desde las primeras páginas provisto de la dosis de empatía y la pizca de fe necesarias para no cerrar el libro y escoger otro. Luego se verá recompensado. Un lector que debe ser maduro y poseer, a ser posible, cultura católica, al menos bíblica, para poder disfrutar de la lectura.
Emilio Mansera Conde (1929-1980) nació en Osuna en una familia de madre severa y muy lectora. Empezó a escribir en la adolescencia influenciado por profesores de literatura, principalmente don Alfredo Malo Zarco, que supieron ver en él aptitudes especiales para tan sacrificada y absorbente ocupación. No estuvo dedicado a la escritura a tiempo completo, tenía que vivir. Desde muy joven empezó a trabajar en la banca. Su futuro en ese mundo de intereses se vio truncado por su carácter, impulsivo, y su sensibilidad social. A principios de los años setenta, cuando ya tenía escritas varias novelas de éxito crítico, muy premiadas, abrió un bar en Madrid. Fue allí, según sus declaraciones, donde escribió La crisopa (1977), su novela más conocida. Falleció en 1980 en Madrid de forma prematura. No dejó hijos ni pareja conocida. Su hermano Juan María, también escritor, había fallecido en Granada «en extrañas circunstancias» —son palabras del poeta Enrique Soria Medina, amigo de ambos— ocho años antes.
El principal atractivo de El hacha y la estopa estriba en su sinceridad. Emilio Mansera, hijo de una señora culta de carácter obsesivo, usa esta novela para retratarla, para intentar entender su forma de ser, decisiva, sin duda, en la formación de la personalidad de los hijos. Mansera psicoanaliza a la madre.
Los personajes principales de la novela son doña Lucía, don Edmundo Carrión y Pablo, Magdalena y Edmundo, los hijos. Se trata de una familia de terratenientes de la Andalucía de los años cuarenta o cincuenta. El lugar concreto no aparece nombrado en ningún momento. Se habla de cortijos, ciudades y pueblos innominados, como si Mansera quisiera disfrazar su biografía o referirse a una historia localizable en casi cualquier lugar de la Andalucía señorial. Como excepción, son perfectamente reconocibles los lugares descritos en un pasaje inspirado en la necrópolis romana, las Canteras y la Vía Sacra de Osuna (págs. 165 y 166). Los narradores principales son Pablo y Edmundo. Ambos hablan desde un punto de vista estrictamente personal. El primero, el mayor de los hermanos, estudiante de medicina, logra finalmente un diagnóstico de la dolencia psíquica de la madre, que padece «delirios de santidad», y se esfuerza en psicoanalizarla, logrando Mansera de esa manera en la ficción la estabilidad y la seguridad que la vida le negó. La sexualidad aparece a los ojos de la madre como algo sucio, deleznable, que aleja de la deseada santidad. Doña Lucía intenta por todos los medios que sus hijos repriman esos sanos y naturales impulsos creando en ellos conflictos casi irresolubles ya en edad adulta. En El hacha y la estopa destaca también el personaje de Pablo por su apatía, su pereza, caracterización que une esta novela con otras como El extranjero (1942), de Camus, o Los indiferentes (1929), de Moravia. La de Mansera, además, hace especial hincapié en las malformaciones anímicas que podemos crear en los hijos.
Muy recomendable. 


Emilio Mansera Conde, El hacha y la estopa, Barcelona, Círculo de Lectores, 1966. La primera edición, en Plaza y Janés, es de 1964.