Foto: © Archivo EFE/Keystone
Creo que no resulta comparable la reseña
escrita por alguien que tiene formación literaria profunda con la pergeñada por
alguien que solo lee y escribe por placer. Me encuentro en este último grupo, aunque
puedo asegurarles que mis reseñas despiertan en mí interés real a la hora de
escribirlas. El tiempo de su redacción se convierte en un período en el que
solo puedo estar agradecido a la existencia de las palabras y a los procesos
que hacen posible la escritura. Para mí resulta completamente misterioso el
mecanismo por el que las palabras se forman en la mente y el cerebro manda una
orden a los dedos para que se muevan sobre el teclado y opriman la tecla justa.
O para que la mano mueva el bolígrafo y este dibuje letras sobre el papel.
Luego, una vez escrita la reseña, pierdo interés por ella y no entiendo cómo
nadie puede tenerlo, pues mis textos, por muy inspirado que esté ese día, son
nada, solo aire, al lado de la peor de las novelas.
El filo de la navaja (1944),
de William Somerset Maugham (1874-1965), no es una obra maestra, ni Maugham fue
agraciado con el Nobel de Literatura. Pero esta novela tiene algo que te atrapa
desde el principio: su honestidad. El autor no juega con la credulidad del
lector ni con su atención, no le escamotea información. Desde la primera página
está poniendo en duda la pertinencia de escribir el libro y explica al lector
por qué la escribe. Si conoció o no realmente a las personas que aparecen en el
libro no es algo que en realidad nos importe. Nosotros, al abrir las novelas,
vamos buscando la narración de una historia con sentido, coherencia y
verosimilitud, y El filo de la navaja posee las tres. No es una obra que
aporte técnicas narrativas innovadoras, ni temáticas o tramas complejas, pero
llena esa necesidad que los humanos tenemos de escuchar historias. En sus
cuatrocientas páginas aparecen decenas de personajes secundarios, pero los que
de verdad importan al autor y al lector son solo tres: Larry, Elliott e Isabel.
Existe un cuarto, el mismo Maugham, que aparece con su nombre y su profesión de
escritor; a través de sus ojos lo vemos todo. La acción comienza en 1919 y
finaliza en los años cuarenta.
El nombre completo de Larry
es Laurence Darrell. (Llama la atención el parecido del nombre del personaje con
el del novelista británico Lawrence Durrell. En los años cuarenta Durrell aún
no había publicado El cuarteto de Alejandría, su famosa tetralogía, pero
contaba con más de treinta años y era relativamente conocido. Si la elección
del nombre del importante personaje de la novela de Maugham es o no un guiño a
Durrell es algo que no puedo determinar, aunque no parece descabellado que lo
sea por la relación que ambas personas —la real y la inventada— poseen con la India,
entonces colonia británica y siempre cuna de espiritualidad. En cualquier caso,
aviso al lector de la existencia de los libros de un hermano de Durrel, de
nombre Georges, que satisfarán a los que buscan el humor en las novelas, esa
señal de inteligencia que a menudo resulta tan escasa. De Georges Durrell cabe
recomendar Mi familia y otros animales y Bichos y demás parientes.
Y ahora volvamos con Larry). Según las descripciones del personaje que posee la
novela, muy generoso con ellas, es un muchacho de ojos negros y mirar muy
profundo, atractiva sonrisa, reservado y nada materialista. La conducta que se
espera de él debido a su cuna, su educación y sus medios sería la convencional,
pero él se rebela desde su infancia y busca sobre todo lo espiritual. No conoce
el egoísmo. Es un personaje que compensa el materialismo del resto de
personajes y muy atractivo en sí mismo. Viajero, trabaja en lo que sea
necesario para seguir su búsqueda de lo absoluto y se ocupa poco de su
apariencia exterior. Algunos episodios de su vida recuerdan otros de personas
notables, como el pintor Vincent van Gogh y la pensadora y escritora Simone
Weil, capaces de abandonar todas las comodidades que tenían a su alcance y ponerse
físicamente al lado de los que sufren, realizando los mismos penosos trabajos y
viviendo en las mismas miserables condiciones. A Larry no se le conocen vicios.
El nombre completo de Elliott
es Elliott Templeton. Al comienzo de la narración está en la cincuentena. Es un
hombre muy ambicioso y un esnob. Solo parece capaz de compartir su tiempo con
personas ricas o pertenecientes a la nobleza. Es un solterón que cuida su
aspecto exterior hasta extremos exquisitos, tanto que a algunos pueden parecer
ridículos. Posee un patrimonio muy saneado, un capital que ha conseguido reunir
gracias a su intermediación en operaciones de compraventa de arte y en
inversiones afortunadas. Ama y conoce la pintura hasta la irrupción de las
vanguardias, poseyendo como límite aceptado y aplaudido la pintura
impresionista. Vive entre Paris, Londres, Chicago y la Riviera Francesa, como
muchos de los personajes de la novela, aunque es Larry quien ve más mundo.
Elliott cumple la función de protector de los personajes más jóvenes, a los que
intenta aconsejar e introducir en sociedad. Cree estar en posesión de la verdad
y ser el único capaz de saber cómo hay que hacer las cosas. De apariencia soberbia,
en el fondo resulta amable y generoso.
Isabel es sobrina de Elliott,
hija de una hermana, viuda a la sazón de un diplomático. Al comienzo de la
novela ella y Larry son novios, pero Isabel será incapaz de seguir a Larry en
su búsqueda de lo espiritual porque ama el lujo y no está dispuesta a
prescindir de las comodidades que le proporcionaría su matrimonio con un
pretendiente trabajador y adinerado. Larry, y este dato es importante, pretende
emplear su tiempo en lo que él llama holgazanear —esto es: no tener jefe ni
trabajo convencional—, algo que escandaliza a Elliott y a su hermana y
desconcierta a Isabel, que solo puede entender la vida de un norteamericano
como la de una persona activa dedicada a ganar más y más dinero. Finalmente, y
como era previsible, Isabel opta por el pretendiente adinerado y se pasa la
vida enamorada hasta los huesos de Larry. La misoginia de Maugham crea en
Isabel un personaje memorable por su carácter ambicioso, calculador y malvado:
Isabel no duda en estorbar de la manera que sea necesaria cualquier relación seria
que Larry vaya a emprender con otra mujer. Isabel gana atractivo físico con el
paso de los años, pues compensa con disciplina y artificio las carencias propias
de su naturaleza.
En el capítulo de mujeres de la vida
de Larry y del mismo Maugham —la introducción del escritor como personaje
de la novela resulta llamativa—, destaca Suzanne Rouvier. Gracias a ella
la novela se adentra en la vida de los pintores en Montmartre y vivimos el
nacimiento de la vocación por la pintura de muchas de las modelos de aquellos
famosos cuadros. Después de haber pasado tanto años como colaboradoras y
amantes de los pintores, conocían a los marchantes y los dueños de galerías. También
conocían las técnicas pictóricas y se atrevían a pintar, algunas con éxito. La
vida de Suzanne, con sus altibajos y la pérdida de facultades como modelo que
traen las enfermedades y la edad, debió ser muy parecida a las de personas
reales del París comprendido entre 1870 y el comienzo de la Segunda Guerra
Mundial.
Para concluir, solo agregar que el El filo de la navaja resulta una novela recomendable, inspirada
por buenos propósitos y creadora de un personaje que debía figurar —ya lo hace,
me imagino— en la galería de personajes célebres por su atractivo. Me refiero a
Larry, por supuesto.
De la vida de W. Somerset Maugham
habría mucho que escribir por las limitaciones que tuvo que vencer y la fuerza
de su carácter, que le llevo a realizar el sueño de convertirse en escritor
célebre. Existe una novela suya, en parte autobiográfica, que me apunto para
leer pronto, Servidumbre humana, llevada al cine, como muchas otras de
sus narraciones.
William
Somerset Maugham, El filo de la navaja, Barcelona, Penguin Random House
(Debolsillo), 2024. [The Razor’s Edge, 1944; traducción de Fernando
Calleja].
Víctor Espuny.