domingo, 27 de octubre de 2019

Cara de pan, de Sara Mesa


Petirrojo europeo (blogdeaves.com)

Si uno estuviera atento solo a ficciones comerciales, redes sociales, periódicos y televisiones podría pensar que la ternura no existe. Según estos únicamente ocurren actos violentos y hechos desgraciados, manifestantes o policías heridos, agresiones, mujeres violadas, mujeres asesinadas, hombres asesinados, niños abusados sexualmente. Pero el mundo, por suerte, es mucho más que eso. 
Sara Mesa (Madrid, 1976) nos cuenta en Cara de pan la historia de la amistad entablada entre personas muy distintas, tanto que esa relación de amistad puede ser malinterpretada por los adultos, incapaces, por esa percepción deformada —siempre negativa— de la realidad, de verla de forma sana.  Mesa logra en la novela la creación de dos personajes que pueden resultar inolvidables para el lector: Casi, una preadolescente que busca en la soledad de los parques, y más concretamente de un escondido rincón —circunstancia que la acerca, casualmente o no, a la protagonista del absorbente relato de Andrés Barba titulado Debilitamiento—, un espacio propio donde no ser herida, y Viejo, un cincuentón que ha pasado su vida, tan distinta a lo moralmente establecido como bueno, intentando huir de policías y siquiatras y busca también refugio. Los dos son ejemplos de personajes frágiles, necesitados de protección, pero sobre todo Viejo resulta de un especial atractivo por el lirismo con el que ha sido concebido y por la delicadeza y la madurez que demuestra frente a la impulsividad de Casi, cuya personalidad, y capacidad de empatía, están aún en proceso de formación. Viejo ama todo lo espiritual, lo etéreo, los pájaros que vuelan eternamente, el canto del petirrojo, las canciones y la biografía de Nina Simone, tan perseguida e incomprendida como lo es él mismo. A partir de un primer encuentro fortuito, entre los dos van formando un espacio en el que no cabe nadie más pero que el lector sabe amenazado desde su nacimiento. Y, en una Sevilla otoñal, asiste impotente al desarrollo de una historia en la que estaría encantado de participar. Imposibilitado de hacer nada por la misma naturaleza de su posición, alejada del texto y su proceso creativo, se bebe el texto a grandes buches, con el corazón en vilo, deseando y temiendo llegar al final. Y una vez acabada la lectura desea no haber leído Cara de pan para leerla de nuevo por vez primera.  

Sara Mesa, Cara de pan, Barcelona, Anagrama, 2018.

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