miércoles, 23 de septiembre de 2020

El último día de un condenado a muerte, de Victor Hugo

 

El autor en 1875, por Walery 

 

Según datos de 2018, obtenidos en la web del Ministère de L’Europe et des affaires étrangères (diplomatie.gouv.fr), aún son más de cincuenta y cinco los estados y territorios donde se aplica la pena de muerte en el mundo. Cada año, eso sí, disminuyen las ejecuciones, seguramente debido a la toma de conciencia de la barbaridad que supone la aplicación de esta pena. Hace ya más de doscientos años existían voces que se alzaban contra ella, y lo hacían precisamente en Francia. El último día de un condenado a muerte (1829), novela breve de Victor Hugo (1802-1885), fue escrita con intención de lograr su abolición.

            La novela comienza con un corto prólogo en el que justifica la existencia del texto, publicado como anónimo para apoyar su veracidad. Hugo usa la técnica del manuscrito encontrado. Es un relato en primera persona escrito por un condenado a muerte innominado cuyo crimen permanece oculto durante toda la novela para conseguir dotar al relato de un alcance universal. Aunque el título aluda a un solo día, la narración comprende varios meses, tiempo durante el cual el acusado es sentenciado, condenado y trasladado a varias cárceles. Hacía falta la existencia de un espíritu tan sensible, humano y cultivado como el de Victor Hugo, dueño además del coraje necesario, para escribir una obra como esta, realmente efectiva y generadora de profundas reflexiones en el lector. Las imágenes de las calles por las que el condenado es trasladado hacia el patíbulo y de la plaza donde se alza el cadalso repletas de personas ansiosas por la contemplación del espectáculo desalientan, y mucho. ¿Cómo puede permitirse, hoy día aún ocurre, que una multitud, a la que hay que sumar el verdugo y sus acólitos, asesine de manera completamente premeditada a un individuo solo, atado, indefenso, y todo este espectáculo sea permitido por el resto de la sociedad? ¿Cómo pueden seguir existiendo ejecuciones, la mayoría en países muy atrasados en cuestión de derechos humanos, como Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán, pero también en un país como Estados Unidos, supuestamente democrático y avanzado? Hugo escribió esta novela para evitarlo, pero hay muchos que no leen.

            La efectividad del texto a la hora de transmitir el mensaje viene potenciada por su carácter artístico. No es un ensayo, donde se allegarían de forma explícita, quizá fría y cerebral, argumentos contra la pena de muerte, sino una novela, un texto creado con la intención de lograr que el lector pueda situarse en el lugar del condenado, mirar con sus ojos, sentir como él. La narración viene acompañada, como epílogo, del prólogo que escribió Hugo para la tercera edición, Una comedia a propósito de una tragedia (1832), pieza teatral breve en la que realiza una sátira mordaz, y merecida, de las personas que criticaban su obra tachándola de imperfecta, mal trabada e ininteligible. Una vez más, un genio se adelantaba a su tiempo abriendo nuevos caminos, desconcertantes para muchos.  

 

Victor Hugo, El último día de un condenado a muerte, Madrid, Akal, 2018. Traducción de Martín García González.

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