domingo, 20 de diciembre de 2020

El amor del último magnate, de F. S. Fitzgerald

 

            Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) conoció la época más vitalista de su país, la de los rascacielos y los grandes inventos. Fue aquella en la que EE UU se convirtió en la potencia que es hoy, pero entonces el país poseía el encanto de las cosas primeras, la ilusión de la juventud. El escritor falleció justo al inició de la Segunda Guerra Mundial y se ahorró todos las desgracias que trajo esta, entre ellas, y con la llegada la guerra fría, el desembarco de una especie de cruzada de la moralidad, en realidad llena de hipocresía, que aún está vigente. Fitzgerald conoció el nacimiento del cine en libertad, vivió con intensidad los años veinte, la llegada del cine sonoro y la creación y la consolidación de los grandes estudios cinematográficos en la costa oeste. «Ya en 1930 tuve la corazonada de que el cine sonoro convertiría incluso al novelista que más vendiera en algo tan arcaico como las películas mudas». Esta afirmación de Fitzgerald contenida en Encólese, artículo de 1936 recogido en El Crack-Up, da idea de hasta qué punto llegaba la admiración del escritor norteamericano por el cine, un mundo que conoció bien y refleja en El amor del último magnate. La novela, dejada sin terminar a la muerte de Fitzgerald, está ambientada a mediados de los años treinta. Entones Bel Air era un lugar apartado y Malibú un aldea de pescadores y de pobres casas pintadas de colores. El protagonista, Stahr Monroe, es un hombre de cine, un ejecutivo de gran capacidad, cuyas decisiones son muy respetadas por todos, tanto por guionistas —tratados con muy poca consideración—, como por directores, actores, actrices, etc. La narradora del relato, a veces de voz inconsistente porque la novela quedó sin terminar, es hija de otro magnate del cine, que sueña con estar con él, con poder amarlo, conseguir que él se deje amar. Pero Stahr esconde una herida sentimental muy difícil de curar.

            Lo mejor del relato está en el primera parte, cuando se recrea la actividad de los estudios, en especial cómo transcurrían los pases de los rushes, esto es, la copia de lo grabado durante el día en los distintos platós o escenarios para ser revisado y criticado por un equipo de expertos encabezado por el mismo Stahr. Para la creación de su protagonista Fitzgerald debió inspirarse con toda seguridad en alguien real, según parece en Irving Thalberg, jefe de producción de la Metro-Goldwyn-Mayer durante la última parte de los años veinte y la primera mitad de los treinta, hasta su prematura muerte. El autor describe con mirada crítica el tratamiento que se daba a los escritores que se llevaban a los estudios para que ideasen guiones a marchas forzadas —él, como Faulkner y muchos más, había pasado por la experiencia— pero deja bien clara su admiración por la industria del cine en general. A pesar de ello, y como persona inteligente, pone en boca de Stahr estas palabras dirigidas a un guionista al que intenta aleccionar sobre cómo hacer su trabajo: «Nuestras condiciones son los deseos de la gente, lo único que nos exigen es que tomemos sus sueños favoritos y los disfracemos con todo tipo de aderezos para devolvérselos después». (pág. 265). Creo que resulta imposible describir mejor lo que es el cine comercial. Para los amantes de las estrellas, la novela, inacabada, insisto, está repleta de ellas: Cary Grant, Douglas Fairbanks, Gary Cooper, Spencer Tracy, Carole Lombard, etc., todos jóvenes, vivitos y coleando. Aparece nombrado hasta Un perro andaluz, la inquietante película de Buñuel y Dalí, que Fitzgerald atribuye únicamente a Dalí. El imaginario, desde luego, pertenece al pintor de Figueras.

 

F. Scott Fitzgerald, El amor del último magnate, edición y traducción de María Lozano, Madrid, Cátedra, 1997.

 

Imagen: De izquierda a derecha, Jean Harlow, Irving Thalberg y Norma Shearer, esposa de Thalberg (citizendamepot.com).

 

Víctor Espuny.

No hay comentarios:

Publicar un comentario