viernes, 29 de noviembre de 2024

Interpretación de una inscripción de Osuna maltratada por el tiempo

 

 Fotografía de Isabel Dugo Cobacho

El paseante curioso intenta descifrar las inscripciones antiguas que encuentra en los muros de los edificios. Algunas fueron escritas en muy buena piedra y no han recibido a lo largo de la historia agresiones en épocas tumultuarias; son las afortunadas: su contenido puede ser entendido. Existen otras, sin embargo, que han corrido peor suerte y han llegado a nuestros días gravemente deterioradas. Este último es el caso de la inscripción más antigua de las dos situadas en la fachada principal del edificio de la Audiencia de Osuna. Me refiero a esa bella construcción que mira desde hace más de doscientos años a la calle de la Cilla desde la Carrera. Fue levantada según traza de Pedro Manuel Godoy. Las obras, dirigidas por el maestro alarife Antonio Martín, concluyeron en 1779.

Como puede apreciarse en la fotografía de Isabel Dugo Cobacho que acompaña este texto, la inscripción se encuentra en un estado que hace muy difícil su lectura. Aun así, y gracias a la conservación de la fecha, resulta posible rellenar sin excesivos problemas algunos de los huecos, los situados en las líneas superiores; el contenido de las líneas inferiores parece irrecuperable, sobre todo el del ángulo inferior izquierdo. Le estaré muy agradecido a cualquier lector que me haga llegar su hipótesis de lectura, a ver si entre todos conseguimos reconstruirla en su totalidad. La finalidad de esta inscripción es recordatoria, como suele ser la de un gran porcentaje de ellas. Sirven para dejar constancia de las personas que ocupaban los principales cargos públicos en el momento de la construcción del edificio. A pesar de ser una muestra más de la vanidad humana, resultan de gran utilidad para la datación de edificios antiguos.

Este es el texto visible:  

 

OSSVNA

GOVERNANDOLANAVEÐLAYGLESIA

N.M.---PIO VI----------------PAÑAN.C.MONARCHA

ELS.D.---ARLOS----------SENDODUQUEÐESTEES

TADOELEXMSR.D.-------------TELLESGRONSECON

C---------------------------------------EXMSR.D.MANVEL

DE--------------------------------DEGRACIAYIVSTICIA

------------------------GENERALDELOSÐLREYNO.

AÑO 1779

 

 

            Y este el comentario:

Línea 1ª: Como sabrán los lectores, la reduplicación de la letra S en posición intervocálica fue muy común en la lengua castellana durante varios siglos. La forma OSSUNA era la más habitual para designar a esta localidad sevillana. En cuanto a la aparición de la grafía V en lugar de la U, era algo muy común en los textos epigráficos de tradición latina.


Línea 2ª: En esta línea encontramos muestras de la confusión de las grafías B y V y de Y e I, fenómenos muy comunes en textos de la época. En cuanto al significado de la expresión gobernar la nave de la iglesia, alude a la primera ocupación de San Pedro, pescador a bordo de una barca. De esta forma, gobernar vale por dirigir, guiar —‘gobernalle’ es sinónimo de timón— y nave por el conjunto de los seguidores del catolicismo.


Línea 3ª: El nombre pontificio de Pío VI corresponde a Giovanni Angelico Braschi, miembro de la nobleza de Emilia-Romaña nacido en 1717 en Cesena, población de la provincia de Forlí situada a unos veinte kilómetros de la capital en el camino que lleva a Rímini. Elegido Papa en 1775, vivió la época del primer exilio de los miembros de la Compañía de Jesús —precisamente en Cesena vivieron durante ese exilio los jesuitas ursaonenses—, la Revolución Francesa y la invasión de Italia por las tropas napoleónicas, las cuales se anexionaron los Estados Pontificios en 1797 y Roma en 1798. Murió al año siguiente en Valence, población situada al sur de Lyon, adonde había sido conducido por las tropas francesas. A su muerte le sucedió Barnaba Niccolò Maria Luigi Chiaramonti, Pío VII, nacido también en Cesena y miembro de la misma familia.

El segundo de los huecos de esta línea parece estar ocupado por las palabras REYNANDO EN y la primera sílaba de la palabra España. Las iniciales N.C. deben corresponder a las palabras Nuestro Católico. En relación a la introducción de una H entre la letra C y la vocal siguiente, era corriente hasta cierto punto en la época, sobre todo cuando la C iba seguida de O o A y representaba un sonido velar.

 

Línea 4ª: Según la fecha de la inscripción, este rey no puede ser otro que Carlos III (1716-1788), rey de España desde 1759. Con anterioridad, desde 1734 hasta 1759, había reinado en Nápoles y Sicilia como Carlos VII. Heredó el trono español tras la muerte de Fernando VI, su hermanastro, circunstancia que posibilitó la vuelta a la corte de la segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos, Isabel de Farnesio. Esta señora, muy amante del arte y las antigüedades —aficiones que inculcó a su hijo—, pertenecía a una poderosa familia italiana que había dado a la iglesia un papa, Pablo III, mecenas de artistas de la talla de Sangallo, Vignola y Miguel Ángel, y padre del primer Duque de Parma, título que también ostentaría Carlos III.   

En el hueco que hay tras el nombre del Rey debían figurar más palabras además del numeral pero su lectura es casi imposible. En cuanto a las particularidades gráficas, las letras A y R de la palabra CARLOS están aglutinadas en un solo signo, la I de la palabra S[I]ENDO aparece representada por un · colocado encima del trazo vertical de la E, y las letras T y E de ESTE también están aglutinadas en un solo signo.

 

Línea 5ª: Siempre de acuerdo con la fecha de la última línea de la inscripción, el miembro de la familia Téllez-Girón al que se alude debe ser Pedro Zoilo Téllez-Girón Pérez de Guzmán el Bueno, XII conde de Ureña, VIII duque de Osuna y VIII marqués de Peñafiel. Entre otros muchos importantes cargos palaciegos, fue embajador extraordinario cerca del emperador de Alemania y en las cortes de Nápoles, Parma y Turín. Nacido en 1728, heredó la titularidad del ducado de Osuna con tan solo cinco años, en 1733, fecha del fallecimiento del anterior duque, José Téllez-Girón y Benavides, aunque durante la minoría de edad vivió bajo la protección de su madre, doña Francisca Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno. En 1753 contrajo matrimonio con doña María Vicenta Pacheco Téllez-Girón, hija del duque de Uceda. Falleció en 1787. Este duque de Osuna fue, por tanto, abuelo paterno del príncipe de Anglona, un Téllez-Girón cuya biografía fue presentada el 13 de noviembre de 2021.

Cubierta, lomo y contracubierta del libro 

            En lo que atañe a Osuna y a su patrimonio artístico, durante el gobierno del VIII duque de Osuna fueron realizadas diversas reformas en la Colegiata. Entre otras, cabe mencionar la instalación del retablo que preside la Capilla de la Inmaculada (1771), la terminación del Retablo Mayor (1770), la instalación de los dos púlpitos de mármol rojo (1775) y la construcción el órgano (1782), ampliado y cambiado de lugar con posterioridad. Entre 1768 y 1775 se reconstruyó la iglesia de la Merced y se construyeron su torre y la casa del Cabildo Colegial de la calle de San Pedro. También datan de esta época algunas de las más bellas construcciones civiles, como la fachada del Palacio del Marqués de la Gomera. De todas formas, y abriendo una puerta a una concepción más igualitaria de la historiografía local, la gran mayoría de los ursaonenses debía contemplar todas estas lujosas construcciones con escepticismo en relación a su seguridad material, pues Osuna, como pueblo de señorío, se ha caracterizado históricamente por unas agudas diferencias sociales. A Carlos III y su reinado, de bonanza en muchos sentidos, le siguió el nefasto de Carlos IV, con su valido Godoy, y el catastrófico de Fernando VII, cuyas consecuencias políticas —la gran polarización del país— aún sufrimos.

            Volviendo al contenido de la inscripción, el nombre del Duque podía aparecer con la forma PEDRO ZOYLO, así lo hace en sus capitulaciones matrimoniales, conservadas en el Archivo Histórico Nacional, o, más bien, como PEDRO SOILO, de manera semejante a como aparece en la inscripción fechada en 1753 situada en el interior del Arquillo de la Cárcel de la Puebla de Cazalla, junto al Museo de Arte Contemporáneo José María Moreno Galván. La I de la palabra G[I]RON aparece representada por un · situado encima del trazo vertical de la R. En cuanto a las dos sílabas finales de la línea, SECON, no veo qué puedan significar.

 

Líneas 6ª, 7ª y 8ª: Dada la dificultad de lectura de estas tres líneas, muy poco es lo que puedo decir de ellas. Si acaso mencionar la ortografía de IVSTICIA y la aglutinación de las tres letras de DEL en un solo signo.

 

La fecha está claramente indicada en la última línea.

 

 

 

Bibliografía.

 

Ignacio Atienza Hernández, Aristocracia, poder y riqueza en la España moderna. La Casa de Osuna, siglos XVI-XIX, Madrid, 1987.

 

Manuel Rodríguez-Buzón Calle, Guía artística de Osuna, Osuna, 1986.

 

Página web del Excelentísimo Ayuntamiento de Osuna.

 

Página web del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

 

 

(Este artículo vio la luz en El sendero perdidomi otro blogen marzo de 2019. Ha sido levemente reformado).

 

Víctor Espuny.

 

jueves, 28 de noviembre de 2024

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens

 

Dickens (elespanol.com)

Historia de dos ciudades (1859) es una novela histórica de muy fácil lectura, de extensión justa,  amena, a ratos muy divertida, a ratos trágica y violenta, y quizá inspiradora de alguna manera de Los miserables (1862), del también imprescindible Victor Hugo. Existe un personaje en la novela de Dickens que recuerda por su altruismo al célebre Jan Valjean: Sydney Carton. De la misma manera que el personaje del novelista francés sufre una revelación que le hace cambiar de vida y volverse una persona generosa y honesta —tan voluntarioso, y a pesar de los años, como para cargar con el cuerpo del joven Marius herido y cruzar París por las alcantarillas—, Sidney Carton es capaz de renunciar a toda su vida anterior de placeres egoístas e incluso dar su vida para hacer feliz a la mujer que quiere. Victor Hugo afirmó que su personaje estaba tomado de la vida real, puede ser, pero la duda queda ahí. En cualquier caso, parece que en aquella época los literatos y su público valoraban los actos desinteresados, les atraían de la misma manera que hoy los lectores parecen inclinados a los relatos de crímenes y corrupción. Como todas las novelas que he leído del escritor inglés, en esta destacan sus buenos sentimientos. Dickens, de manera semejante a su colega francés, está empeñado en denunciar abusos y en defender a los débiles, que en el caso de Historia de dos ciudades son precisamente los miembros de la clase alta y cualquier inocente que fuera perseguido por los revolucionarios franceses para ser encarcelado y ajusticiado. Es el Periodo el Terror. La ficción recoge numerosos hechos reales, como las masacres de septiembre de 1792. Obsesionados por no dejar con vida a nadie relacionado con los antiguos privilegiados, los revolucionarios, personas de extracción muy humilde, víctimas de terribles abusos cometidos por los señores más crueles antes de 1789, se toman la justicia por su mano y, en una borrachera de sangre que parecía crearles adicción, asesinaron con facilidad a infinidad de inocentes. Nadie los defendía. Dickens, generalmente situado del lado de los desheredados, en este caso los critica con fuerza, pues nadie medianamente humano puede dejar de escandalizarse ante hechos como los recogidos en la novela. Es cierto que en ese periodo de la revolución, el más radical, se realizan importantes avances sociales, pero estos quedaron ensombrecidos y olvidados por la brutalidad represiva que los acompañó.

La novela comprende el periodo de tiempo comprendido entre 1775 y 1793. La acción transcurre de forma alterna en Londres, París y las localidades de paso y embarque.

 

(Aquellos interesados en el conocimiento de las matanzas durante la revolución —no es asunto agradable—, tienen a su disposición una amplia bibliografía. Pinchando aquí pueden leer un artículo titulado “Notas sobre un martirologio de la Revolución Francesa conservado en un museo vigués”, publicado en Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, N.º 25, 2023, pp. 109-112).

             

Víctor Espuny.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Notas sobre un martirologio de la Revolución Francesa conservado en un museo vigués

 

1. El óleo de Roehn. (Museo Quiñones de León).

 

           Vigo ha sido inicio de incontables travesías oceánicas. De sus muelles partieron hacia América miles de gallegos con la ilusión como única pertenencia. Uno de ellos fue José Policarpo Sanz y Soto (1841-1889), hijo de un humilde barbero. Nacido en Marín pero criado en la ciudad viguesa, abandonó su tierra muy joven y viajó a La Habana, donde trabajó a las órdenes de varios hombres de negocios, el último de los cuales, de apellido Baró, le dejó al morir una fortuna. Convertido en importante hombre de negocios, Policarpo conoció en Nueva York a una mujer con la que se comprometió y contrajo matrimonio, Irene de Ceballos y Sánchez, hija de otro rico emigrado de Cuba. Juntáronse, pues, dos patrimonios muy importantes. El matrimonio era amante de la pintura y no tuvo hijos. Así que compraron cuadros. Durante los años que aún vivió Policarpo, apenas once, mantuvieron residencias a los dos lados del Atlántico, siendo París la ciudad europea elegida. Y en ella falleció Sanz. Un año antes, en 1888, y sabiéndose mortalmente enfermo, había hecho testamento en Nueva York. En él nombraba heredera de todos sus bienes a la ciudad de Vigo. El relato de los pormenores de su testamento resultaría muy prolijo. Basta saber que «a realización de todas as cláusulas non foron inmediatas a súa norte, porque, como dispuxo na súa Cláusula Décima e Undécima, a súa muller sería ata o seu pasamento usufructuaria vitalicia de todos os seus bens. Enton Vigo entraría en posesión do legado» (Estévez, 2001; 16). Tras el fallecimiento de Policarpo, Irene de Ceballos se estableció en Madrid y le sobrevivió cuarenta y seis años. Durante ellos no solo conservó el legado artístico recibido, sino que vino a acrecentarlo (Ballesta, 2001; 8). A su muerte, acaecida en 1935, se inició el proceso de transporte a Vigo de la colección de objetos de arte del matrimonio desde Madrid y Nueva York, dándose por finalizada la operación en 1941. A pesar de lo convulso de aquellos años, el proceso se completó sin tener que lamentar pérdidas. La ciudad de Vigo disponía entonces de otras donaciones provenientes de particulares. Entre ellas se contaba el legado Quiñones de León, que comprendía una finca de recreo compuesta de un parque de más de veinte hectáreas —el actual parque de Castrelos— y un pazo, construido en uno de los extremos del parque y rodeado por jardines de diversos estilos. La finca está situada al sur de la parte principal del casco urbano vigués. Había sido donada a la ciudad de Vigo en 1924 con la condición de que el parque fuera abierto al público y el pazo dedicado a museo. La donación provenía del I marqués de Alcedo, que iba a fallecer sin hijos ni nietos que le heredaran. De esta manera, como si —rotas las barreras sociales— el marqués y el hijo del barbero se hubieran puesto de acuerdo y coordinado sus iniciativas filantrópicas, cuando los cuadros llegaron a la ciudad les estaba esperando una sede perfecta para ellos.

Las obras pictóricas comprendidas en el legado de Policarpo Sanz y hoy expuestas en el Museo Quiñones de León superan el centenar. Se encuentran repartidas por las paredes de las estancias del piso superior del pazo y expuestas siguiendo estrictos criterios museísticos. Hay pinturas de artistas italianos, españoles, holandeses, flamencos, franceses y de otras escuelas o países. El marco cronológico de la colección abarca desde el siglo xvi hasta comienzos del siglo xx; las pinturas más recientes ingresaron en la colección gracias a compras realizadas por doña Irene de Ceballos. El pazo alberga obras de célebres nombres de la pintura, como Francisco de Goya o Annibale Carraci, y de otros menos populares pero grandes artistas, de aquellos que pueblan el segundo grado en la excelencia del mundo artístico. Tal es el caso de los amsterdameses Anthoine Beerstraten (1622-1666) y Cornelis Troost (1697-1750), del amberino Jacobus Andreas Beschey (1710-1786) o del parisino Jean François de Troy (1679-1752).

También parisino fue Adolphe Eugène Gabriel Roenh (1780-1867), cuyo apellido aparece a veces como Rohen. Lo traigo a colación porque dos de sus obras, integradas en el legado Sanz, merecen una atención especial por formar parte de lo que podría denominarse martirologio de la Revolución Francesa. Se trata de aquellas inventariadas en el museo con los números 51 y 49. La primera de ellas es un óleo sobre lienzo de 86’5 x 114 cm; la segunda, un dibujo a pluma de 30’5 x 107 cm. Ambas fueron realizadas en 1814 y pasaron a formar parte del museo vigués en 1941, provenientes de Nueva York. El óleo (imagen 1) representa un locus amoenus, tópico retórico de larga tradición reproducido por un paraje seguro, apacible y deleitoso. En este caso se trata del claro de un bosque donde crecen las flores y corre el agua pura y limpia. En primer plano, y bordeando un pequeño estanque, crecen arbustos bajos, de flores rosadas, que recuerdan las adelfas, y a la izquierda, cerca del primer término, destaca el tronco blanquecino de un árbol que semeja un abedul. El bosque crece en un terreno suavemente ondulado iluminado en algunos lugares por la luz directa del sol. Por toda su extensión, y señaladamente en el prado central, justo detrás del pequeño estanque, se ven personas (imagen 2). 


2. Detalle del óleo de Roehn comprensivo de los personajes  identificados en el artículo. 

Museo Quiñones de León. (Fotografía de Mari Carmen Ureña).


Van vestidas según las modas de finales del siglo xviii y comienzos del xix y departen mientras pasean o están tranquilamente sentadas. Las situadas en primer término están dibujadas con intención realista; las más alejadas poseen una fisionomía menos detallada. Según se lee en la correspondiente cartela del museo, escrita en letra mayúscula, el cuadro se titula «LOUÍS XVI RECIBINDO AO DUQUE D’ENGHEIN NA MANSIÓN DOS BENAVENTURADOS». La obra fue objeto de atención por la sociedad gala del siglo xix hasta el punto de ser copiada y versionada. El Museo Carnavalet, de historia de París, conserva una estampa de Jean-Pierre-Marie Jazet que reproduce un grabado del cuadro, creación del mismo Roehn. En él simplifica el último término de la composición y coloca en el lateral derecho una alusión a la laguna Estigia, con su Caronte incluido (imagen 3). En el museo parisino la estampa está inventariada como G.22439-1.


3. Versión del óleo de Roehn, en forma de estampa de grabado, 

custodiada en el Museo Carnavalet de París.


En el dibujo a pluma sobre papel, inventariado con el número 49 en el Quiñones de León (imagen 4), se advierten dos zonas claramente diferenciadas. En la mitad superior aparecen dibujas las cabezas de aquellas personas del primer término del cuadro. Las cabezas están numeradas de la uno a la veintiocho según la importancia que les concede el pintor (se puede ver un detalle en la imagen 5). En la mitad inferior aparecen los números acompañados de un nombre. Esta composición, según la cartela correspondiente, se titula «EXPLICACIÓN DA OBRA LOUÍS XVI RECIBINDO AO DUQUE D’ENGHEIN NA MANSIÓN DOS BENAVENTURADOS». La contemplación de ambos cuadros no ayuda a situar a Roehn entre los mejores pintores de la historia, es cierto —fue autodidacta—, pero traslada al visitante del museo a los mitológicos Campos Elíseos y le ayuda a reflexionar sobre los horrores de la Revolución Francesa, cuando París y otras ciudades galas —señaladamente la capital— quedaron durante años en manos de elementos muy extremistas.


4. Dibujo-explicación del óleo de Roehn. Museo Quiñones 

de León (Fotografía de Mari Carmen Ureña).


 ¿Quiénes son los retratados en el cuadro? Ya el título de la obra nos orienta sobre algunos de ellos. La ejecución del joven e inofensivo Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé, duque de Enghien (nº 5 de la EXPLICACIÓN), detenido por orden de Napoleón Bonaparte en 1804 —el corso intentó descargar, sin éxito, la responsabilidad del asesinato del duque en el responsable de la policía, el taimado Joseph Fouché (Zweig, 2011; 168)—, fue quizá la más célebre de las ocasionadas por los excesos revolucionarios tras las de Luis XVI, su esposa y algunos miembros de la familia real. Tuvo la particularidad, además, de producirse cuando ya se suponían superados les desmanes y las ejecuciones arbitrarias, y su muerte supuso para Napoleón —hasta entonces admirado por muchos— un importante giro de la opinión pública hacia el rechazo.

La lista de ejecutados que aparece en la EXPLIACIÓN, y copiada lo más fielmente posible, es la siguiente: 1 Louis XVI; 2 Marie Antoinette; 3 Louis XVII; 4 Mme Elisabeth; 5 Mgr le Duc d’enghien; 6 Mme la presse Lamballe; 7 Mr de Malesherbes; 8 Mr de Cossé Brissac; 9 Mr le Mal de Mouchy; 10 Mme l’abbesse de Montmartre; 11 Mgr l’évêque de Sainte; 12 Mgr l’évêque de Beauvais; 13 Mr Durozoi; 14 Mr Cazotte;15 Mr de Chabot;16 Mr Chapt de Rastignac; 17 Mr de Ville Davray;18 Mr La Borde;19 Mr Papillon de la Ferté; 20 Mr Bertier; 21 Mr Foulon; 22 Mr Delaunay; 23 Les jeunes selles de Verdun; 24 Mr labbe bebert; 25 Mr de Zimmerman; 26 les parens du peintre; 27 Mr de Loiserolles; 28 Mr Lavoisier. Como vemos, el pintor Roehn dio prioridad en la lista, y en la mejor zona del cuadro —la más central e iluminada—, a las personas de mayor relevancia social y situó en lugares menos visibles a literatos (nos 13 y 14) y científicos, alguno, como Lavoisier (nº 28), de capital importancia para el desarrollo posterior de la ciencia. Varias de estas ejecuciones, más bien asesinatos, fueron muy sonados en París e impusieron métodos expeditivos y baratos de llevar a cabo los crímenes. Tal es el caso de las ejecuciones á la lanterne, esto es, ahorcamiento en una farola. Parece que se puso en práctica por primera vez en el asesinato del nº 21, Mr Foulon. Se trata de Joseph-François Foullon de Doué, inspector general de finanzas, fallecido el 22 de julio de 1789, en los primeros compases de la Revolución. Muy odiado por el pueblo, que se encontraba pauperizado por las malas cosechas y el egoísmo de las clases altas, su muerte llevaba anunciada varios meses y fue lógica en la mecánica revolucionaria. Lo mismo podría decirse del fallecimiento de su yerno, Louis Bénigne François Berthier de Sauvigny (nº 20, Mr Bertier), intendente de París, producida el mismo día y en circunstancias similares. Algunos de los asesinados partieron de esta vida de forma edificante. Tal es el caso de Jean-Simon d’Aveld, Chevalier, señor de Loiserolles-sur-Onches (nº 27 Mr de Loiserolles), fallecido el 26 de julio de 1794. Según cuenta en sus memorias la marquesa de Créquy, muy crítica con la falta de rigor de los procesos revolucionarios, «je vous dirai que M. de Loiserolles était détenu dans la prison de St-Lazare avec son fils âgé de 22 ans, lequel était le meilleur et le plus beau jeune homme de la terre. Je me souviens qu’en le voyant passer dans la grande allée des Tuileries, les jeunes femmes de la ville et les jeunes gens se demandaient toujours qui ce pouvait être? M. de Loiserolles entendit qu’on venait chercher son fils qui dormait et qu’on avait dénoncé comme ayant pris part à la prétendue conspiration des prisonniers, il se présente à sa place, on l’emmène au tribunal, on l’envoie à la guillotine, et l’on substitue tout uniment son âge a celui de son fils dans l’acte de condamnation» (CRÉQUY, 1860; t.8, 159). Tras la lectura de este y otros textos semejantes da la impresión de que los revolucionarios, impulsados por un odio ciego, se entregaron a la eliminación de una clase social entera, sin tener en cuenta consideración alguna; no resulta difícil imaginar la inquietud, el miedo, que invadiría en aquella época la mente de tantas personas indefensas. 


5.  Detalle del dibujo-explicación del óleo de Roehn. Museo 

Quiñones de León. (Fotografía de Mari Carmen Ureña).


Otro de los casos comprendidos en la lista de Roehn que llama la atención es el nº 23 (Les jeunes selles de Verdun). Se trata de Les jeunes demoiselles de Verdun, también conocidas como les Vierges de Verdun. Fueron guillotinadas el 23 de abril de 1794 por haber dado la bienvenida al duque de Brusnwick en Verdún después de la rendición de la ciudad en septiembre de 1792. Esta estaba siendo asediada por las tropas prusianas que hacían la guerra a la Francia revolucionaria a las órdenes de Brusnwick. Cuando, apenas dos meses después, la ciudad fue recuperada se acusó a estas mujeres de traición y fueron ajusticiadas después de un largo proceso. Más de quince mujeres de Verdún de edades comprendidas entre los diecisiete y los sesenta años perdieron la vida a mano del verdugo el mismo día. En el cuadro aparecen representadas por cuatro mujeres vestidas de blanco, tres de ellas sentadas al pie del árbol más cercano al espectador y la cuarta, corona floral en mano, en el momento de correr hacia el centro de la composición con la intención, imaginable, de coronar como héroe al duque de Enghein. El centro de la composición se encuentra ocupado por los personajes numerados del 1 al 6, exactamente por aquellos más iluminados, la mayoría mujeres. Los más destacados son la reina María Antonieta (nº 2); su hijo Luis (nº 3), de diez años, rey nominal de Francia durante un bienio, sentado junto a ella; Mme Elisabeth (nº 4), hermana menor de Luis XVI y firme apoyo suyo, y una amiga de la reina, María-Teresa-Luisa de Savoya-Carignan, princesa de Lamballe —Mme la presse Lamballe (nº 6)—, las dos últimas en pie y también vestidas de blanco, el color elegido en el cuadro para las mujeres que no perteneciesen al monacato. Las biografías de estos personajes son bien conocidas y no voy a detenerme en ellas. Lo mismo puede decirse de la gran mayoría de los integrantes de la lista.

Algunos otros han presentado problemas de identificación. Tales han sido los casos de los números 24, 25 y 26. Mr labbe bebert (nº 24) debe tratarse de François-Louis Hébert, confesor de Louis XVI tras la renuncia del anterior, que se había avenido a jurar la Constitución Civil del Clero. Hébert fue una de las primeras víctimas de la matanza de los días 2 y 3 de septiembre de 1792, cuando fueron asesinados de manera brutal 115 sacerdotes y religiosos en el couvent des Carmes, (convento de las Carmelitas), en el centro de París, 191 en total en distintos enclaves de la ciudad. Se trataba de aquellos que no habían querido renunciar a sus votos y jurar la constitución mencionada. La masacre de esos dos días fue alentada por el miedo que producía la cercanía de los prusianos a París y el apoyo que pudieran recibir de los prisioneros. De las veintiocho personas identificadas en el cuadro, ocho fueron asesinadas en septiembre de 1792, de las cuales seis (los nºs 11, 12, 16, 17, 24 y 25) lo fueron durante los días 2 y 3. Hébert no debe ser identificado como Jacques-René Hébert, guillotinado en 1794, de condición secular; no cabe confusión porque la persona numerada como 24 va vestida de clérigo en el cuadro: se encuentra en pie, en el extremo derecho del grupo, ataviada con el hábito de los eudistas (imagen 5).

La inclusión de Mr de Zimmerman (nº 25) puede ser una confusión del pintor. Se trata de un militar de casaca roja situado justo a la derecha del tronco del árbol del primer término; tiene el brazo izquierdo extendido. El día de la masacre de la Guardia Suiza en las Tullerías —el 10 de agosto de 1792— se hallaba en su interior un teniente de apellido Zimmermann, pero este sobrevivió a la matanza, no fue juzgado y llegó a ser oficial de las tropas napoleónicas. Hubo, sin embargo, un oficial llamado Karl Josef von Bachmann que sobrevivió a la carnicería, fue juzgado, condenado a muerte y guillotinado el 3 de septiembre siguiente. El tiempo transcurrido desde los hechos y el origen germano de los dos apellidos, de igual terminación, pudo ayudar al error.

La última de las atribuciones problemáticas es, no obstante, la más amable de todas. En el cuadro de la explicación, junto al número 26 leemos les paren[t]s du peintre. Una vez obviado el error ortográfico, parece claro que nos encontramos ante un homenaje del pintor a sus padres o a unos parientes cercanos, aunque el uso del artículo determinado parece indicar la primera posibilidad. Los datos que he podido localizar de la vida de Adolphe Eugène Gabriel Roenh son muy escasos y ninguno de ellos relativo a la forma en que sus padres murieron. No obstante, si consideramos el apego de Roehn a la causa de los Borbones, la nobleza y el orden, es muy posible que sus padres tuvieran la misma manera de pensar y murieran de manera violenta durante aquellos años, tan oscuros para los miembros de la alta sociedad.

Poco más voy a añadir. Policarpo Sanz era también miembro de esa clase privilegiada y debió sentirse atraído desde el primer momento por el cuadro de Roehn. Investigaciones posteriores arrojarán más luz sobre la vida y la personalidad de todos estos personajes, hoy poco recordados. Su memoria es la nuestra. 

 

Personajes de la lista acompañados de su nombre completo, el año de su nacimiento y la fecha de su muerte.

1 Louis XVI [Louis-Auguste de Francia], (1754-21/1/1793). 2 Marie Antoinette [Marie-Antoinette Josèphe Jeanne de Habsbourg-Lorraine], (1755-16/10/1793). 3 Louis XVII [Louis-Charles de Francia], (1785-8/6/1795). 4 Mme Elisabeth [Élisabeth Philippe Marie Hélène de Francia], (1764-10/5/1794). 5 Mgr le Duc d’enghien [Louis-Antoine-Henri de Bourbon-Condé], (1772-21/3/1804). 6 Mme la presse Lamballe [Marie-Thérèse-Louise de Savoie-Carignan, princesa de Lamballe, llamada «Mademoiselle de Carignan» o «Madame de Lamballe»], (1749-3/11/1792). 7 Mr de Malesherbes [Guillaume-Chrétien de Lamoignon de Malesherbes], (1721-23/4/1794). 8 Mr de Cossé Brissac [Louis Hercule Timoléon de Cossé-Brissac, duque de Brissac], (1734-9/9/1792). 9 Mr le Mal de Mouchy [Philippe de Noailles, conde de Noailles, príncipe de Poix, duque de Mouchy, mariscal de Francia], (1715-27/6/1794). 10 Mme l’abbesse de Montmartre [Marie-Louise de Laval-Montmorency], (1723-24/7/1794). 11 Mgr l’évêque de Sainte[s] [Pierre-Louis de La Rochefoucauld-Bayers], (1744-2/9/1792). 12 Mgr l’évêque de Beauvais [François-Joseph de La Rochefoucauld-Bayers, hermano del anterior; murieron juntos], (1737-2/9/1792). 13 Mr Durozoi [Barnabé Farmian Durosoy, escrito también Du Rozoy], (1745-25/8/1792).14 Mr Cazotte [Jacques Cazotte], (1719-25/9/1792). 15 Mr de Chabot [François Chabot], (1756-5/4/1794).16 Mr Chapt de Rastignac [Armand Anne Auguste Antoine Saicaire Chapt de Rastignac], (1727-3/9/1792).17 Mr de Ville Davray [Marc-Antoine Thierry, barón de Ville-d'Avray], (1732-2/9/1792). 18 Mr La Borde [Jean-Benjamin de La Borde], (1734-22/7/1794). 19 Mr Papillon de la Ferté [Denis Pierre Jean Papillon de La Ferté], (1727-7/7/1794). 20 Mr Bertier [Louis Bénigne François Berthier de Sauvigny], (1737-22/7/1789). 21 Mr Foulon [Joseph-François Foullon de Doué o Foulon de Doué], (1715-22/7/1789). 22 Mr Delaunay [Bernard-René Jordan de Launay], (1740-14/7/1789). 23 Les jeunes selles de Verdun [Las señoritas de Verdún, también conocidas como las Vírgenes de Verdún], (23/4/1794). 24 Mr labbe bebert [François-Louis Hébert], (1735-2/9/1792). 25 Mr de Zimmerman [posiblemente, Karl Josef von Bachmann, (1734-3/9/1792). 26 les parens du peintre [los padres del pintor], (s/f). 27 Mr de Loiserolles [Jean-Simon d’Aveld, Chevalier, Seigneur de Loiserolles-sur-Onches, en Bourgogne], (1733-26/7/1794). 28 Mr Lavoisier [Antoine Lavoisier], (1743-8/5/1794).

 

 

Bibliografía.

BALLESTA DE DIEGO, José (2001), «Perfil vigués de Policarpo Sanz», en VARIOS AUTORES: O legado Policarpo Sanz. A Colección de Pintura. Vigo: Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Vigo, pp. 7 y 8.

ESTÉVEZ CARIDE, Manuel (2001), «O legado de Policarpo Sanz», en VARIOS AUTORES: O legado Policarpo Sanz. A Colección de Pintura. Vigo: Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Vigo, pp. 15-18.

FROULLAY DE TESSÉ, Renée-Caroline-Victoire de, Marquesa de Créquy (1860): Souvenirs de la Marquise de Créquy de 1710 à 1803. Paris: Garnier Frères.


ZWEIG, Stefan (2011): Fouché. Retrato de un hombre político. Barcelona: Acantilado. Traducido del alemán por Carlos Fortea.


Distintas obras de referencia sobre la Francia revolucionaria.

 

(El número completo de la revista donde está comprendido este artículo se encuentra pendiente de publicación en DIALNET. Una vez publicado, pondré el enlace aquí).

 

Víctor Espuny.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Una declaración imperial

 

Lutero en la Dieta de Worms (Anton von Werner, 1877) 

            Hoy les traigo un documento imprescindible para el conocimiento de la historia mundial, y no solo de las religiones. Se trata de la declaración que Carlos V realizó en abril de 1521 en la reunión de mandatarios germánicos conocida como Dieta de Worms. Dicha reunión tuvo lugar en la ciudad mencionada, una antigua y bien conservada población alemana situada a orillas del Rin. Su nombre castellanizado era Bormes a comienzos del siglo XVI. En esta Dieta Imperial —reunión que se realizaba de forma más o menos periódica para aunar pareceres de los dirigentes de los estados alemanes, tanto laicos como seglares— se había citado a Martín Lutero, a quien el Emperador deseaba escuchar retractarse de sus famosas tesis, algo que no sucedió. Se trata de uno de los hitos principales del nacimiento del protestantismo y todas sus variedades, que ayudó a conformar el mundo tal y como lo conocemos. Significó también el comienzo de la lucha por la ortodoxia religiosa, que supuso el debilitamiento crónico de las arcas peninsulares, exigidas continuamente por los gastos de guerra, y, sobre todo, la división de la sociedad europea entre católicos y protestantes, la distinción entre dos formas distintas de entender el mensaje evangélico y, en general, la vida en todas sus manifestaciones, ya sean sociales, económicas, culturales y hasta afectivas. Amén, por supuesto, de la lamentable pérdida de vidas que entraña cada guerra. El despegue económico, y el logro de la hegemonía política y, finalmente, cultural de territorios como la actual Alemania, Inglaterra y los Países Bajos sentaba en ese momento sus principales bases. A partir de ahí, y hasta llegar a la Revolución Industrial, nacida en países protestantes y muy autoexigidos, obsesionados con la laboriosidad, el norte y el sur de Europa —grosso modo— seguirán caminos, y mantendrán posturas, difícilmente reconciliables.  

Escuchemos ahora al Emperador:

«Vosotros sabéis que Yo desciendo de los emperadores cristianísimos de la noble nación de Alemania, y de los reyes católicos de España, y de los archiduques de Austria y duques de Borgoña; los cuales fueron hasta la muerte hijos fieles de la Santa Iglesia Romana, y han sido todos ellos defensores de la Fe católica y sacros cánones, decretos y ordenamientos y loables costumbres, para la honra de Dios y aumento de la Fe católica y salud de las almas. Después de la muerte, por derecho natural y hereditario, nos han dejado las dichas santas observancias católicas, para vivir y morir en ellas a su ejemplo. Las cuales, como verdadero imitador de los dichos nuestros predecesores, habemos por la gracia de Dios, guardado hasta agora. Y a esta causa, Yo estoy determinado de las guardar, según que mis predecesores y Yo las habemos guardado hasta este tiempo; especialmente, lo que ha sido ordenado por los dichos mis predecesores, ansi en el Concilio de Constancia, como en otros.

Las cuales son ciertas, y gran vergüenza y afrenta nuestra es, que un sólo fraile [Lutero], contra Dios, errado en su opinión contra toda la Cristiandad, así del tiempo pasado de mil años ha, y más como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer, según su opinión, que toda la dicha Cristiandad sería y habría estado todas horas en error. Por lo cual, Yo estoy determinado de emplear mis Reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma; porque sería gran vergüenza a mí y a vosotros, que sois la noble y muy nombrada nación de Alemania, y que somos por privilegio y preeminencia singular instituidos defensores y protectores de la Fe católica, que en nuestros tiempos no solamente herejía, mas ni suposición de ella, ni disminución [de] la Religión cristiana, por nuestra negligencia, en nosotros se sintiese, y que después de Nos quedase en los corazones de los hombres para nuestra perpetua deshonra y daño y de nuestros sucesores. Ya oísteis la respuesta pertinaz que Lutero dio ayer en presencia de todos vosotros. Yo os digo, que me arrepiento de haber tanto dilatado de proceder contra el dicho Lutero y su falsa doctrina. Estoy deliberado de no le oir hablar más, y entiendo juntamente dar forma en mandar que sea tomado, guardando el tenor de su salvoconducto, sin le preguntar ni amonestar más de su malvada doctrina, y sin procurar que algún mandamiento se haga de como suso es dicho; e soy deliberado de me conducir y procurar contra él como contra notorio hereje. Y requiero que vosotros os declaréis en este hecho como buenos cristianos, y que sois tenidos de lo hacer como lo habéis prometido. Hecho en Bormes a 19 de abril de 1521, de mi mano. Yo el Rey». (Texto tomado de Prudencio de Sandoval, Historia del emperador Carlos V, Pamplona: 1614-18, lib. 10, cap. 10; ed. 1846, III, pp. 322-24. Debo su conocimiento a la doctora María Luisa Álvarez y Cañas, investigadora y docente en la Universidad de Alicante).

Lutero, finalmente, no fue encarcelado, ni siquiera detenido. Tras la declaración imperial del 19 de abril, que comprometía gravemente su libertad, fue protegido secretamente por Federico de Sajonia, uno de los príncipes electores del Imperio. Este señor, de amplia cultura, había votado a Carlos como Emperador y era de religión católica, pero también estaba fascinado por la personalidad del fraile agustino, de quien fue un auténtico mecenas a partir de entonces. Los lectores de novelas interesados en estos asuntos tienen a su disposición El caballero de Sajonia, de don Juan Benet, uno de los escritores españoles más citados y menos leídos, a menudo por la complejidad de sus textos, aunque la novela mencionada es ciertamente accesible. Hechos de tanta trascendencia merecen el conocimiento de todos.

 

Víctor Espuny.

jueves, 21 de noviembre de 2024

La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes

 

Ávila y los Cuatro Postes (efeverde.com).

Estos últimos días he estado absorbido por la lectura de la primera novela que publicó don Miguel Delibes (1920-2010). Fue cuando tenía veintiocho años. He leído que en alguna entrevista declaró que en aquella época no leía novelas. Puede ser. Así se explicarían algunas características del libro. En cualquier caso, parece imposible que alguien que no lea buenos textos sea capaz de escribir así. Puede que su estilo, como el de la mayoría de los jóvenes novelistas, sea demasiado «literario», rebuscado en la elección del léxico en algunos pasajes, pero la obra, a pesar de sus carencias, es sólida y proporciona ese placer que los lectores de novelas buscamos en ellas.

La sombra del ciprés es alargada se encuentra dividida en dos partes. Las dos poseen características comunes, pero también muchas diferencias entre sí. Ambas están protagonizadas por un personaje masculino, solitario y doliente llamado Pedro. Él se yergue como protagonista y narrador, su punto de vista es el único admitido: las vidas de los otros personajes nos llegan filtradas por su mirada, en general muy pendiente siempre de su yo interior. Hasta ahí las similitudes. Las diferencias son más numerosas. En la primera parte del libro, la más lograda, Pedro vive en una ciudad pequeña —Ávila— de la que no sale en los seis años que dura la narración. Esta comienza más o menos con el siglo, alrededor de 1900. Huérfano, de padres desconocidos, su tiempo pasa en compañía de un educador y su familia, que lo acogen en su casa a cambio de un pago mensual, del que se encarga un misterioso tutor, personaje poco definido. El chiquillo tiene diez años. Nada se sabe de los primeros años de vida de Pedro, que quedan explicados en dos líneas. Todas las influencias que contribuyen a la formación de su carácter provienen de esa familia, principalmente del padre, don Mateo. Este tiene la visión de la existencia más apocada que puede imaginarse. Piensa que siempre va a ser mejor no lograr nada para no perderlo después, idea que Pedro extiende al mundo de los sentimientos y las relaciones humanas. La amistad que entabla con un condiscípulo —Alfredo— viene a confirmarle esta teoría por la temprana muerte de este, hecho desgraciado que solo sirve para afianzar aún más su idea, que él llama del desasimiento, noción bien explicada en «El concepto de desasimiento en La sombra del ciprés es alargada», de María José Talavera Muñoz. Todos los hechos de esta primera parte transcurren en la población abulense, ciudad que sorprende al visitante por su profunda espiritualidad. Todo encaja. Estos años de su vida están narrados de forma armónica y ágil.

En la segunda parte del libro Pedro sigue estudios superiores de navegación y vive durante un lapso de años no bien precisado viajando por el mundo, sobre todo entre la costa cantábrica y el Reino Unido y los Estados Unidos. La base habitual de los barcos de su compañía es Santander. Pedro vive de cerca la Primera Guerra Mundial por el peligro que corre su barco y el auxilio que los tripulantes tienen que proporcionar a náufragos de embarcaciones atacadas. La guerra acaba. Pedro asciende a capitán e inicia viajes de ida y vuelta entre Santander y Providence (EE. UU.). Puede que la elección de esta población no sea casual —no creo que haya nada casual en una novela—, sobre todo por la inclinación religiosa del fundador de la ciudad, Roger Williams (1603-1683), puritano y librepensador; a Delibes parecen haber impresionado desde siempre los heterodoxos, pues de todos es conocida su última y genial novela, El hereje. En estos viajes Pedro conoce por fin, cuando ya es un mozo más que hecho, el amor, pero circunstancias que no voy contar aquí para no desvelar demasiado frustran su intento de socialización más logrado desde la época en la que compartía habitación con Alfredo en casa de don Mateo. Esta segunda parte del libro, y a pesar de tantos viajes, se hace un poco pesada por la cantidad de explicaciones que el narrador da de casi todo, sobre todo de lo concerniente a él mismo. La novela acaba en Ávila, donde empezó, dejando la puerta abierta a un amor que el lector intuye desde el final de la primera parte. La última frase está dedicada a Dios.

Muchas de las reflexiones parecen propias, vividas, resultado de lo experimentado: es muy posible que el autor de la novela pasara por los mismos dolores del alma que pasa Pedro. El joven Miguel Delibes tuvo que ser por fuerza alguien muy sensible y espiritual, y quizá buscase en la soledad y en la proximidad de los altares consuelo para su aflicción. 

 

 Víctor Espuny.

viernes, 15 de noviembre de 2024

La dama de las camelias, de Alejandro Dumas, hijo

 

Detalle del cartel de Alfons Mucha reproducido al final

Hoy vengo a intentar ordenar algunas reflexiones sobre La dama de las camelias, de Alejandro Dumas, hijo (1824-1895). Doy por sentado que el lector conoce su argumento y la repercusión que la novela tuvo en la vida cultural y social de la segunda mitad del siglo XIX. De hecho, en su forma teatral y de la mano de la celebérrima actriz Sarah Bernhardt, fue representada en todos los teatros de renombre. El drama de esa mujer que se deja morir para mantener íntegros el honor y la dignidad de la familia de su amado, en particular de la hermana de este, caló muy hondo en el corazón del público de la época, sobre todo del público de clase acomodada, a quien va dirigida la obra. Quiero decir, también, aunque suene a excusa o preparación del terreno, que escribo de memoria intentando recordar el texto que redacté hace un par de días y ha desparecido de mi ordenador de forma misteriosa. Comenzamos.

               Alejandro Dumas, hijo, presenta un perfil peculiar y reconocible. Se trata del hijo responsable, de moral que quiere ser intachable, de vida ordenada —lo intenta al menos—, hijo, decía, de un padre que fue todo lo contrario. Alejandro Dumas (1802-1870), el grande, el autor de El conde de Montecristo, llevó una vida mucho más divertida, irresponsable y despendolada, vital. El progenitor era de ese carácter que podemos llamar desabrochado. Y el hijo reaccionó yéndose, en verdad, al extremo contrario. La dama de las camelias es la obra de su vida. La versión teatral funciona mejor porque está aligerada de las reflexiones morales que retrasan la acción en la novela. Creo que no es difícil deducir que Alejandro Dumas, hijo, escribió su obra inmortal porque no tenía la conciencia tranquila, como expiación de una culpa. A menudo ocurre así en la literatura: la obra posee un trasfondo autobiográfico, en su caso muy marcado. La vida de Margarita Gautier está inspirada de forma directa y clara en la de Marie Duplessis (1824-1847), célebre cortesana —entendiendo por tal a una mujer que vive de su cuerpo en ambientes refinados, cultivados y lujosos—, con quien Dumas, hijo, mantuvo una relación apasionada y a la que el novelista puso fin por miedo, pero no al compromiso ni al qué dirán, sino a contraer la enfermedad que Marie padecía: la misma tuberculosis que mata a Margarita cada vez que leemos el libro o contemplamos la obra, mató a Marie Duplessis en su momento. Los paralelismos entre las dos mujeres, la verdadera y la ficticia, son constantes. Cuando Armando Duval, el amante de Margarita, alterego  de Dumas, hijo, la abandona despechado al final de la novela para viajar a Constantinopla, Dumas, hijo, no hace sino novelar el viaje que realizó con su padre a España en 1846 para realizar un reportaje de la boda del duque de Montpensier, viaje continuado después por Argelia, desarrollado en varios meses. El inicio de la novela, cuando el narrador innominado conoce por un cartel la almoneda de los muebles, las joyas y el resto de objetos preciosos de Margarita, puede estar también basado en la realidad, pues esa era una forma habitual de cobro entre los acreedores de un finado. La obra de Dumas intenta ser elegante y está aligerada de pormenores de la vida de Marie Duplessis ciertamente sórdidos y desgraciados, como el hecho de que empezara a ser prostituida por su padre a los doce años. Parece que realice una idealización del personaje para no herir los sentimientos de las personas a las que va dirigida la obra, quienes no disfrutarían de una representación de la realidad en toda su crudeza. Todo parece encajar con la vida de Marie Duplessis, hasta la fecha de publicación de la obra, justo un año después de su fallecimiento.


Cartel realizado en 1896.

 

Víctor Espuny.