sábado, 16 de noviembre de 2019

Xilften


Cartelera de El irlandés invertida

Los que hemos vivido desde pequeños el cine en pantalla grande no podemos dejar de escandalizarnos por lo que está pasando. Gracias a las nuevas tecnologías caminamos a marchas forzadas hacia una limitación de los contenidos culturales a los que podemos tener acceso (lo digo usando la jerga actual), precisamente lo contrario de lo que se suponía que iba a pasar. Les pongo un ejemplo que todos tienen ya presente: Netflix. Ya se ha escrito mucho acerca de la dictadura de los gustos que Netflix impone sobre aquellos que se contentan con lo que se les sirve para la manipulación de su mundo estético e intelectual. Las series, ese engendro nacido en la prensa con las novelas de folletín en el siglo XIX, que servía para fidelizar lectores y asegurar contenidos con los que llenar las interminables páginas de aquellos periódicos, pasaron a la radio en el siglo XX y a la televisión en abierto un poco más adelante para acabar siendo uno de los principales reclamos de la atención de incautos en plataformas como la anteriormente citada, monstruo industrial norteamericano que ha invadido la inmensa mayoría de los hogares y los teléfonos móviles. Nadie en su (¿)sano(?) juicio quiere quedarse excluido de ese mundo, de esas visualizaciones. Todos quieren decir que han visto tal o cual serie que solo se pone allí. Son «series imperdibles». Todos uniformados, receptores de los mismos mensajes. Pero, bueno, si Netflix se quedara solo en las casas, con las televisiones de los demás, no sería tan grave. Lo peor es que ahora invade los cines. Y lo hace con unas estrategias de mercado que impresionan por su maquiavelismo. Produce y distribuye una película supuestamente magistral, que los días antes de su estreno es apoyada en los grandes medios por la opinión de los principales críticos, y se estrena en salas cinematográficas, sí, pero en muy pocas y de aforo muy pequeño, de manera que la sensación de éxito por el llenado de las salas sea absoluto y la inmensa mayoría de los esnobs culturales, que quieren verla para poder hablar de ella y demostrar estar a la última, y de los verdaderos cinéfilos, que siguen, por ejemplo, a Scorsese desde el inicio de su carrera, se queden con las ganas y no les quede más remedio que ver la película en casa de alguien que esté abducido por los netflixianos. Y en pantalla pequeña. Hay que fastidiarse.

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