sábado, 11 de julio de 2020

De la Magdalena al Duque


Llegué a Sevilla una mañana de finales del siglo XIX. El río Guadalquivir, pasada la Torre del Oro, era un bosque de mástiles salpicado de humeantes y modernos vapores. Desembarcamos y tomé un coche de caballos. El cochero, un hombre hablador y dispuesto, me llevó diligente al Hotel Madrid, en la plaza de la Magdalena. Instalado en la antigua residencia de los condes de Gelves, el edificio, cómodo, fresco y espacioso, conservaba los artesonados, los azulejos y los mármoles antiguos. Nada más llegar a la habitación abrí el balcón y me asomé a la plaza.


Era mediodía. La mayoría de los cocheros esperaban clientes sentados a la sombra. El caserío, la plaza, los árboles, bañados por la intensa luz meridional, parecían hijos de la proporción y la armonía. Se respiraba paz. En ese momento llamaron a la puerta. Acudí a abrir y entró el botones con mi baúl mundo. Era de edad inusual, mayor para un trabajo generalmente reservado a los jóvenes. Le di su propina y me volví a la ventana. Él se acercó y, tras disculparse por su comportamiento, me dijo que tenía sueños premonitorios, que necesitaba hablarme. Era un hombre extraño pero parecía inofensivo. Dejé que se acercara aún más y se asomara conmigo al balcón. Me aseguró que todo lo que veíamos desde allí, salvo aquella plaza espuria, creada por franceses, iba a ser destruido y sustituido por edificios de aspecto muy distinto. «En la esquina de la calle O’Donnell, esa que se ve al fondo a la derecha, donde está el Hotel París, va a ir una gran tienda, y donde nosotros estamos también. Gente de Madrid, de la calle Preciados, vendrá a construir los edificios». Lo miré despacio. Era un hombre como de cuarenta años, de manos grandes, bien afeitado. Olía ligeramente a loción para después del afeitado y a limpieza. «¿Y tiene muchos sueños así?». Me aseguró que sí, muy a menudo. Se llamaba Eduardo, «Eduardo Tárrega, para servirle». Le invité a dar un paseo, a veces me da por ahí. Parecía una persona interesante.


            Una vez localizado su sustituto para el trabajo en el hotel salimos a la calle. El tiempo había cambiado, hacía frío. Los coches de caballos competían ahora con los taxis. Enfrente del hotel vimos un solar y le pregunté a mi acompañante qué iban a hacer allí. «Van a construir un edificio que dará mucho que hablar, incluso intentarán derribarlo. Se llamará cabo persianas». Caminábamos con precaución, nuestros papeles preparados, dispuestos a realizar el saludo fascista si nos cruzábamos con alguno de aquellos coches repletos de jóvenes vestidos de oscuro. «¿Y cómo será?». «Tendrá esquinas redondeadas y una planta baja retranqueada en relación a los pisos superiores. Recordará vagamente un barco. Y tendrá muchas persianas». Cuando Eduardo leía el futuro entornaba los ojos y levantaba un poco la barbilla, como si esa postura le ayudara a recordar sus sueños. Poco después, al llegar al otro extremo de la plaza, me pidió que nos detuviésemos y nos volviéramos hacia el hotel.


 «Ahí lo tiene». Me quedé admirado. Era verdad. El edificio cabo persianas estaba allí, y era como él decía. De todas formas no pudimos verlo bien porque tuvimos que apartarnos de mitad de la calle para evitar ser atropellados por uno de los incontables vehículos a motor que llenaban la calzada. «Y esto no es nada», dijo premonitorio al observar en mí gestos de enojo. «Dentro de unos años el tráfico será muchos más denso y el aire se hará irrespirable. La gente deseará que llegue el fin de semana para huir de la ciudad». «¿Y ese edificio que está vallado?». «Ese edificio es el antiguo palacio del marqués de Aracena. Mírelo bien: están a punto de derribarlo». Yo había estado hacía poco en Palermo, una gran ciudad, repleta de grandes casas e iglesias barrocas, y Sevilla me la recordaba, poseía ese aspecto histórico, señorial y palaciego. No quería creer todo lo que Eduardo me contaba.   
            Recorrimos la callé O’Donnell hasta su unión con Velázquez.


            No sé si era por estar acompañado de aquel hombre de supuestos poderes singulares, pero el paseo parecía transcurrir por un tiempo ingobernable. Dábamos pasos adelante y atrás en las décadas sin previo aviso, como si pasáramos sin esfuerzo de una generación a otra por una puerta secreta. «Todo este tráfico que ve aquí desaparecerá. Se podrá pasear estando solo atento a que nadie te robe la cartera. No habrá tranvías, ni niños intentando viajar gratis en ellos». «¿Y ese edificio de la esquina, el de la torre de reminiscencias orientales?». «Ese es el Gran café de París, obra de Aníbal González, el célebre arquitecto». Aquel edificio me pareció curioso, de gran belleza debido a su exotismo y pensé que nunca de destruiría.


            Eduardo andaba ligero, con pies de joven. «Ya no queda mucho para la plaza del Duque, donde quiero llevarle, la más bonita de Sevilla. Deténgase un momento». Nos detuvimos a tiempo de cruzarnos con dos jóvenes sevillanas que venían de la iglesia, veladas y con el rosario y el misal en la mano. «¿Qué le parece esta vista?». «Preciosas». «Me refiero a los edificios». «Preciosas edificaciones, decía». «Pues no va a quedar ni una en pie». A mi aquello me parecía tan increíble que ya no dudaba de la falta de razón de Eduardo. A pesar de eso seguí escuchándole, divertido con sus locuras. Llegamos a la esquina de la Farmacia Central y torcimos a la izquierda. Anduvimos unos metros y nos situamos en la esquina de la plaza.


            «Este hotel que vemos es uno de los mejores de la ciudad. La edificación será sustituida por uno de esos edificios funcionales y antiestéticos que llenarán la plaza entera. La calle de la derecha se llamará Alfonso XII». Seguimos pasando y nos colocamos en el centro de la plaza, a los pies de una estatua del pintor Velázquez que había venido a sustituir a una fuente y lucía perfectamente proporcionada en aquel espacio armónico.


            Eduardo parecía cansado y nos apoyamos un momento en el pedestal de la estatua. Al hacerlo advertí ante nosotros la fachada de otro palacio. Le pregunté por él, aunque ya adivinaba lo que me iba a decir. «Es la casa de los Sánchez-Dalp, ejemplo de proporción y respeto por el conjunto de los edificios de la plaza. En su construcción y decoración interior —azulejos, fuentes, puertas, muebles, rejas, lámparas— trabajarán los mejores artesanos sevillanos». Quise tantear el terreno. «Seguro que se conservará mucho tiempo». «Pues, no señor. Será derribada para levantar otro de esos feos edificios de empresas nacidas en la calle Preciados de Madrid, que esa calle parece nido de destructores de edificios artísticos». «¡Válgame Dios!» le contesté solidario e intentando ocultar mi incredulidad. Seguimos caminando hasta el final de la plaza.


            Ante nosotros se levantaba un edificio antiguo de torre mirador situada en la esquina y larga fachada coronada por cresterías góticas. La construcción poseía algo de italianizante y festiva. Me quedé alelado, mirándola. En su piso superior, un balcón de piedra al que se abrían las habitaciones más nobles de la casa, se adelantaba, poderoso, sobre la calle. Le pregunté a mi pesimista cicerone, seguro ya de lo que me diría. «Esto que ve usted aquí es el antiguo palacio de los duques de Medina Sidonia. También será destruido para levantar el gran edificio comercial de la gente de Madrid». Yo me reía, incrédulo, para mis adentros.


            De vuelta al hotel, con Eduardo callado y cabizbajo a mi lado, me dio por pensar. ¿Y si aquel hombre no estaba tan loco? ¿Y si realmente llegaban esos comerciantes de Madrid con la chequera preparada y un número incontable de ceros a su disposición? ¿Y si la gran mayoría, tan manipulable, pensara que los edificios antiguos eran señal de atraso y era necesario derribarlos para estar a la altura de un tiempo nuevo y, supuestamente, mejor? Antes de despedirnos, di las gracias efusivamente a Eduardo, que no quiso aceptar el dinero que le ofrecía. Luego contemplé cómo se alejaba entristecido, avejentado de repente. Esa noche dormí intranquilo pero a la mañana siguiente, después de mucho cavilar, quise pensar de nuevo, para despreocuparme, que Eduardo estaba trastornado. 
              No he vuelto a Sevilla desde entonces. No sé qué habrá pasado.


Fecha aproximada de cada fotografía:

Vista de la plaza de la Magdalena  (1880). Hotel Madrid y solar del edificio «cabo persianas» (1937). Palacio del marqués de Aracena (1965). Confluencia de O’Donnell y Velázquez (1920). Confluencia de O’Donnell y La Campana (1920). Gran Fonda de Roma (1920). Casa de los Sánchez Dalp (1965). Palacio de los duques de Medina Sidonia (1965). Vista de la Plaza de la Magdalena con palmeras (1890).


Fuentes:

Archivo del diario ABC.

Fototeca del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla.

Grupos de redes sociales donde estas fotografías circulan de forma libre.

Distintos blogs (elpasadodesevilla.com y sevillaentusxanos.blogspot.com principalmente).
               

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